México lindo y querido

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Elecciones en México. Un país dominado por el narcotráfico, que nunca ha molestado tanto a los EEUU como la soberanía y la independencia de un país cuyos gobernantes se han comportado durante largos años como lacayos del imperio del norte. La victoria de Andrés Manuel López Obrador parece cada día más cierta. Los multimillonarios mexicanos se movilizan en una campaña del terror que no hace olvidar el terror cotidiano. Decenas de miles de muertos cada año, asesinados por la corrupción, el narcotráfico y el caudillismo que prevalecen hasta ahora. Una nota de Jorge Volpi.

MEXICO

México lindo y querido


Escribe Jorge Volpi – Escritor, profesor de la UNAM – 02-06-2018


A menos que ocurra algo impredecible –y en México siempre puede suceder–, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) se convertirá en presidente electo de la República en cuatro semanas. Aun considerando a los indecisos, la última encuesta de Reforma no parecería dar espacio para la sorpresa: los 26 puntos de diferencia que le lleva a Ricardo Anaya acaso terminarán por ajustarse a la baja, pero, a menos de un mes –y contando quince días perdidos para la política por el Mundial de Futbol–, las cartas parecen echadas.

Es hora, pues, de comenzar a imaginar las consecuencias para el país del triunfo de AMLO, de Morena y sus aliados, y aún más si su victoria es igual de apabullante en el Congreso y los gobiernos estatales.

Lo primero que habría que aceptar es que, de confirmarse este escenario, resultaría el más lógico, el más natural si tomamos en cuenta las condiciones del país. Por más que les irrite a muchos: se trataría de la decisión más racional.

Tras doce catastróficos años de gobiernos del PAN y del PRI –o dieciocho, si se cuentan los seis mediocres de Vicente Fox–, marcados, no me canso de decirlo, por las 200 mil muertes derivadas de la guerra contra el narco, y por la corrupción y la impunidad endémicas que se han convertido en la marca de la administración del presidente Peña Nieto, nada más natural que una mayoría de ciudadanos decidida a castigar a los responsables de nuestra debacle y a concederle una oportunidad a la única fuerza política que se opone a la continuidad de manera decidida.

Solo por este motivo, cualquier demócrata debería celebrar un resultado semejante en las urnas: da cuenta de una ciudadanía cada vez más participativa, más informada, más decidida a ejercitar su derecho al voto, que no es otra cosa sino un instrumento para premiar o reprender a sus gobernantes. Y en este caso no hay duda de que el PRIAN merece ser desalojado de Palacio Nacional.

Pero en cuanto se agoten las celebraciones de unos y el duelo de otros, a partir del mismo 2 de julio se vuelve imperativo que la sociedad exija, en el largo periodo de interregno hasta el 1º de diciembre, que AMLO, así como la amplia y variopinta alianza que lo ha seguido, fijen sus posturas sobre los temas que resultan más relevantes para el país, dejando de lado las ocurrencias, los desplantes y las vaguedades que han prevalecido durante la campaña.

El primer tema a abordar –en otros artículos intentaré explorar algunos otros– debe ser el mismo que AMLO se ha empeñado con tanto ahínco en colocar en el centro del debate público: el combate a la corrupción.

Una vez en el poder, no podrá decir que su solo arribo a la silla presidencial bastará para limpiar milagrosamente la casa. Será el momento, por el contrario, de exigirle que establezca las instituciones y los mecanismos necesarios para erradicarla. Para entonces deberá tenerlo claro: si no presenta una agenda nítida y precisa sobre este punto, que resultaría medular para su triunfo, decepcionará inmediatamente a millones.

Para empezar, AMLO debería decantarse rotundamente por la creación de instituciones en verdad independientes: no basta con decir que nombrará figuras con perfiles morales intachables –no debemos permitir que el suyo sea un gobierno de hombres, sino de instituciones. Debe proponer cuerpos cuya arquitectura jurídica les permita distanciarse del gobierno en turno, realizar sus propias investigaciones con absoluta libertad y, por encima de todo, tener las facultades para acusar directamente en tribunales a los presuntos responsables de peculados, robos, desvíos o enriquecimiento ilícito.

No importa si conserva los nombres que existen hasta ahora o les confiere otros: lo crucial es que garantice su autonomía, que les confiera la fuerza necesaria para hacer valer sus investigaciones, que respete las decisiones que tomen sus miembros y que encuentre un mecanismo transparente y claro, no personalista, para nombrar a sus responsables.

Y es aquí donde AMLO se topará de pronto con nuestra realidad judicial (de la que hasta ahora apenas ha hablado): aun si logra crear estas sólidas instituciones anticorrupción, los casos pasarán entonces a nuestro endeble, caótico, turbio sistema de justicia. Será pues el momento en que al fin se decida a encarar otro tema que hasta ahora ha desdeñado: su necesaria y urgente reforma.

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