No traspasar la línea amarilla

0
95

Fuente: politika.cl

Este texto de Daniel Pizarro va de oficios modestos. Aparte, tal vez, el de conferencista, pero… ¿quién sabe? Lo cierto es que hay laburos que te marcan. Con una huella indeleble…

canillita

No traspasar la línea amarilla


Un texto de Daniel Pizarro


Muy buenas tardes.

Mi propósito en el día de hoy es hablar de algo, no sé muy bien de qué, pero estoy seguro de que podría hablarles sobre algún tema; me considero capaz. Aunque el silencio alrededor sea un poco embarazoso por las expectativas que despierta el hecho de pedir la palabra, pienso que al final no voy a defraudarlos.

Pienso que el objeto de esta conferencia podrían ser los periódicos, no la forma técnica en que se producen ni tampoco sus contenidos, que llamamos noticias. Mis ideas al respecto no difieren en lo sustantivo de todo lo que se ha escrito y opinado sobre los ellos, y tengo entendido que las conferencias deben aportar algo nuevo y no repetir lo mismo que viene diciéndose desde hace siglos.

Por esa razón mi idea es hablar de quienes leen los periódicos y también de quienes se encargan de venderlos; me refiero a los repartidores. Otro alcance necesario de establecer enseguida es que voy a hablar de personas muertas, pues por norma general prefiero referirme a quienes ya partieron de este mundo donde es tan fácil encandilarse; mi objeto son las vidas cerradas, que rara vez nos traen sorpresas. Digamos que así me acerco un poco más a la verdad o por lo menos afianzo la certeza de mis juicios. Demás está decir que esta decisión es prueba del valor que le concedo a los actos por sobre los pensamientos, y no digo que este punto de vista no vaya a estar completamente equivocado. Pero así son mis conferencias.

La primera de esas personas que ya no se encuentran entre nosotros se llamaba Eladio y era analfabeto. Y digo que su analfabetismo no era excepcional si tenemos en cuenta que las tasas de escolaridad durante sus años de infancia eran bastante bajas. No creo que haya asistido a la escuela después de los seis o siete años, pues de ahí en adelante se hizo vendedor callejero de diarios cuyos nombres aprendió a identificar por los colores y la tipografía de las portadas.

La otra persona a la cual me gustaría referirme se llamaba María Teresa. Y ahora me veo en la obligación de explicarles cuáles eran las relaciones entre Eladio y esta señora antigua.

Pero antes, si ustedes me lo permiten, quisiera decir que hasta hace un tiempo fui empleado del Metro y mi ocupación era advertir a los pasajeros que se encontraban en el andén que estaba prohibido traspasar la línea amarilla que corre a lo largo y cuyo fin es salvaguardar la integridad de los que esperan el tren o avanzan en alguna dirección. Esa línea de unos veinte centímetros de ancho que separa la plataforma del carril donde se acuestan los rieles electrificados. Particularmente en las horas punta era cuando más yo gritaba, a punto de convertirme en un energúmeno: ¡Detrás de la línea amarilla! ¡Detrás de la línea amarilla! Era tanta mi devoción por la tarea que a veces quedaba afónico y a veces, también, uno que otro pasajero me gritaba “¡Cállate!”, y para mis adentros yo les encontraba toda la razón. Hay que decir que mi voz venía acompañada de una grabación transmitida por los altoparlantes que repetía más o menos lo mismo: Se solicita a los señores pasajeros no traspasar la línea amarilla del andén. Y entonces yo arremetía detrás con más energía: ¡Detrás de la línea amarilla! ¡Detrás… Años oyendo y repitiendo lo mismo; años, por lo demás, en los cuales aprendí que las palabras pesan bastante menos que los hechos, pues no había nada más convincente para hacer cumplir ese mandato que la presencia de un tren ingresando a la estación. Todos se apartaban de la línea por instinto. Así es la vida, sin duda.

Este silencio alrededor me pone algo nervioso, debo confesarlo. No quisiera despertar ninguna expectativa. Quisiera que esta conferencia fuese una canción de cuna o una música ambiente como la de los supermercados o los grandes centros comerciales. Pero bueno, hay que hablar de Eladio y la señora María Teresa.

Eladio repartía El Mercurio y aquella señora lo leía.

Esa relación debe haberse extendido por unos veinte o treinta años, desde el momento en que Eladio pudo comprar con sus ahorros un furgón donde transportar los periódicos.

Sepan ustedes que Eladio pudo hacerse con algún perímetro de la comuna de Vitacura, en el corazón del Barrio Alto, y esa área de edificios prósperos y casas de veinte, treinta, cuarenta años o algo más se convirtió en su territorio exclusivo para el reparto a domicilio del diario El Mercurio.

Y como desconozco los pormenores de las negociaciones con el distribuidor mayorista para hacerse de esa porción de territorio, me remitiré a decir que Eladio cumplía su tarea trescientos sesenta y tres días al año, infaltablemente. Sólo para Año Nuevo y el Primero de Mayo no había distribución de El Mercurio; el resto del año sus clientes no le perdonaban el abandono de su deber, pues está visto que todo acto reiterativo genera su propio hábito y hasta su rito, y en la gran mayoría de esos domicilios había personas de edad muy aficionadas a leer El Mercurio, que de una u otra forma venía a ser el oráculo o el informe del tiempo para ellas. No es que, salvo excepciones, leyeran cada uno de sus cuerpos, sino que eran adictas a tal o cual sección, la Revista del Domingo, la de Vivienda y Decoración, el puzle tradicional o las editoriales del cuerpo A; de modo que si Eladio, por razones de fuerza mayor, no podía entregarles el diario estas personas sufrían algo que hacía pensar en un síndrome de abstinencia.

Les voy a contar cómo repartía Eladio los periódicos. Tenía un método que exigía no poca destreza. Nunca detenía la camioneta sino que aminoraba un poco la velocidad acercándose a la vereda y arrojaba el periódico enrollado con un elástico por encima de las rejas. Tenía una habilidad notable para estimar el efecto de la velocidad de su vehículo en el vuelo que tomaba El Mercurio al salir de su mano (ya se sabe que las velocidades se suman). Y siempre acertaba. Estamos hablando de las casas, estimados auditores. Que eran cerca de trescientas. Con los edificios todo se volvía más simple, pues estacionaba la camioneta para dejar un atado de periódicos en la conserjería.

Una de las últimas casas en su recorrido era la de la señora María Teresa. Una casa grande de ladrillos, antigua, vegetal y demasiado sombría para el gusto luminoso de Eladio. Con unas rejas altas que lo obligaban a imprimir una fuerza adicional al momento de arrojar El Mercurio por arriba. Si Eladio se retrasaba unos diez minutos ya tenía a la señora en jardín, esperándolo. Nunca supo con qué cara lo estaba mirando. Entre el odio, el amor, la esperanza, la angustia, la desesperación hay diferencias brutales, pero el rostro de esta señora era como una piedra pulida por el mar.

Ella levantaba el periódico de las baldosas y le arrancaba enseguida el elástico, antes de entrar a la casa. Si era un día de lluvia o había llovido la noche anterior El Mercurio venía envuelto en una bolsa plástica y entonces tardaba algo más en abrirlo. Iba con el diario hasta la mesa del comedor y desplegaba las páginas del obituario para buscar a algún conocido. Pasaba el índice por los nombres y si daba con alguien lo subrayaba con un bolígrafo y luego seguía revisando. Rara vez daba con dos nombres, pero en treinta o cuarenta años de inveterada costumbre también esto le había sucedido, y no faltaban las tragedias familiares, un incendio, un accidente automovilístico o de avión, que hicieron aparecer hasta tres personas conocidas en la página. Cuatro había sido su récord, pero no vale la pena detenerse en el caso.

Luego hacía lo imposible por contactar a los familiares, mandaba comprar flores y una corona de caridad y partía a la iglesia donde sería el velorio. Si la cercanía con el muerto era mayor, entonces también asistía al funeral, pero esto no era tan frecuente pues la señora María Teresa tenía muchos conocidos y muy pocas amistades. Era viuda y vivía sola.

Algunos días no sólo recogía el diario sino que le hacía a Eladio un gesto imperativo y él entendía en el acto lo que eso significaba. Había una cañería rota, un enchufe por reparar, una poda de ligustrinas esperándolo, unas cerámicas para pegar, un mueble que sería bueno clavetear un poco.

En esos veinte o treinta años Eladio había aprendido casi todos los trabajos domésticos posibles. Quizás le faltaba coser o planchar pero ésas eran para él labores femeninas. Entonces a la ocupación de repartidor de El Mercurio había que agregar una lista de oficios que ofrecía a través de todo su territorio y le permitían ir sumando algo parecido a un sueldo, unos meses más, otros menos.

Pero bueno. Toda conferencia tiene su término y ya debería ir redondeando el objeto de mis palabras, y lo más fácil, se me ocurre, queridos auditores, es saltar hasta el momento en que estas personas se fueron del mundo. Pues se ha demostrado que las relaciones persisten mientras las personas permanecen vivas, y luego se transforman en meros soliloquios y fantasías.

Esta relación, la de Eladio y la señora antigua, no sólo se extendió por años sino que se mantuvo en los mismos términos, invariable, como si por altoparlante una voz estuviera recordándoles a cada rato: Se ruega no traspasar la línea amarilla del andén. Son cosas que se me ocurren cuando pienso en ellos. El hecho es que un día los periódicos comenzaron a acumularse en el jardín de esta señora y Eladio tardó algunos días en darse cuenta, y cuando lo advirtió e hizo algunas averiguaciones a la señora María Teresa ya la habían velado y enterrado y su nombre había aparecido dignamente en el obituario de El Mercurio, pero él no pudo enterarse pues ya se dijo que era analfabeto.

En cuanto a él, a los pocos meses enfermó de gravedad y algunos residentes de la zona por donde repartía el diario iniciaron una colecta para paliar los gastos del tratamiento y pegaron fotocopias con su cara en los postes de luz donde invitaban a hacer aportes en una cuenta bancaria, que es como la caridad se hace cargo de los más pobres.

Pero bueno. Eladio se murió igual. Pobre y endeudado, hay que decirlo. Pero al menos sus deudas se extinguieron con su partida del mundo, pues no hubo a quién traspasarlas, y en esto se ve también que las relaciones duran lo que duran los seres vivos en este planeta.

Por mi parte, de momento sigo vivo. Aquí me ven. A veces sueño con mi trabajo en el Metro, dicen que por las noches suelto unos gritos espantosos advirtiendo a pasajeros imaginarios que por nada del mundo se les ocurra traspasar una línea amarilla, ya no sé cuál, tampoco entiendo por qué. Quizás el pasado me encadena. Son cosas de los sueños, me digo, y tal vez haya gente que me esté gastando bromas pesadas. De todo hay en la viña del Señor. Es cuanto puedo decir por mi parte. Muchas gracias por su precioso tiempo y hasta la próxima.

No hay comentarios