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Pulso Sindical N ° 343

¡¡Atención!! grita el de las ordenes. Los que sean nombrados levantan su mano y serán sacados hacía un costado.


Gonzalez,
Castro, Monsalves, Vivanco, Morales, todos los ferroviarios que suman
11, Viera – el flaco que habían llegado hace un par de días – Solar
Miranda el que quiere ver a su hijo pequeño, y otro , luego otro y otro
más. Han de haber sido entre 30 y 40 los que arrastran sus pies mientras
los sacan de la fila.


Son
los que van a soltar pienso, y me pongo a llorar, imperceptiblemente
para que no vayan a golpearme. Ellos se van y a nosotros nos matan. Otro
sollozo ahogado percibo a mí derecha, un cuerpo que cae al suelo aquí
cerca de donde estoy. Ahora sí que nos matan. 



Alguien
coloca un manojo de llaves en mis manos, las siento. “Manolito,
llévelas a la casa mijo”. Es la voz inconfundible del Conejo, Manuel
Gonzalez Vargas, mi maestro de perifoneo callejero, compa de marchas y
de casa a casa.


Un golpe seco – seguro en la cabeza – ¡¡a tu lugar mierda!! brama el
carcelero y lentamente los pasos se pierden hacía algún lado, junto con
las llaves de la casa de Manuel.




Al final de la tarde, la situación es algo distinta  para los no nombrados.
Nos
han sacado en calidad de bulto desde la pequeña sala, para tirarnos
sobre la hierba fresca de primavera que crece afuerita de la casa del
techo rojo.



El
último interrogatorio no ha tenido golpes, solo amenazas. Cuestiones
baladíes, nombre completo, domicilio, lugar de estudio. ¡¡Cuidado con
meterte en algo, siempre te estaremos vigilando, te vas solo porque no
hay pruebas, etc. etc.!! 



Después
vino la espera, el silencio roto solo por el sonido del viento, los
camiones, uno para la treintena de prisioneros, otro para los fusileros.
Desde el campo de prisioneros de Chena a la Panamericana hacía el sur.
Luego de algunos minutos los camiones se salen del camino hasta quedar a
unos 100 metros de la calle Ochagavía y nos ordenan caminar hacia ella.
La orden de quitarnos las vendas es dada a voz en cuello, Temerosos,
obedecemos. Unos y otros podemos ver las condiciones deplorables en que
estamos, algunos apenas se sostienen en pie. Resuena de nuevo la voz,
hay que cruzar la calle y apoyarse de espaldas en el muro. Cuando
estamos en eso comienza el tiroteo, balas que pasan sobre nuestra
cabezas, algunos caen de rodillas otros se desmayan. Los que disparan se
ríen, parten los camiones. Se van.




Ahí
quedamos, 30, quizás 40 seres humanos, sin un alma cerca porque el
toque de queda comenzó hace ya bastante rato, sin saber qué hacer ni
hacía donde ir. Solos en la noche apenas iluminada de la calle
Ochagavia.



Han
pasado algunos minutos y se percibe que se acerca un helicóptero,
mientras desde el lado sur de Ochagavia se acercan hacía nosotros 2
grandes focos que iluminan todo el espacio entre ellos y nosotros. No
hay una orden de refugiarse, solo corremos hacía todos lados, como lo
hacen  las hormigas cuando perciben peligro. Las ganas de vivir nos
llevan a donde guarecernos.




Tres
los que hemos caído en una acequia profunda de fétidas aguas. Los
camiones pasan, se escucha el sonido de los tiros, algunos gritos a lo
lejos – hacia la Avenida  Lo Espejo – y de nuevo el silencio. Salimos de
la zanja mojados y temerosos, esperamos casi sin respirar el termino
del toque de queda. Un guardia de una obra en construcción nos pasó una
manguera con agua y unos pesos para tomar el microbús hacia San
Bernardo.




44
años desde entonces. Una nueva vida que la he dedicado completa al
sindicalismo y con eso honrar el compromiso hecho con mis compas
ferroviarios ese 29 de septiembre de 1973. ¿Servirá de algo este
testimonio a las 2 compañeras que respondiendo al Pulso anterior se
limitaron a escribir “más de lo mismo”?.




Y
es que es cierto, más de lo mismo, y se debe hacer por siempre, año
tras año, porque si no hay castigo ejemplar, al menos la condena moral
perseguirá a los asesinos y sus cómplices por toda la vida.



Dije
al iniciar este Pulso que me abrumaba un poco escribir en primera
persona. Si lo hice es porque lo viví y nadie puede decir que exagero o
que miento. 



Allá
quedó el cerro, manchado con la sangre de ignorados héroes populares,
aquí estamos los que no hemos bajado las banderas, los que no negociamos
con los asesinos de nuestros hermanos, los que seguimos creyendo en que
la lucha contra el capital nos entregará alguna vez la victoria para
construir esa nueva sociedad, la misma que no alcanzaron a ver
concretada  nuestros hermanos. No hay perdón. No hay olvido.




MANUEL AHUMADA LILLO

Presidente C.G.T. CHILE
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