Con la Iglesia hemos topado, Sancho…

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Autor Politika

Publicado en Politika

“De acuerdo a la tradición, cada 18 de septiembre, como parte de las celebraciones de la Independencia, hay una misa ecuménica en la Catedral Católica y Romana de Santiago. Dejemos de lado la curiosidad de una supuesta separación de la Iglesia y del Estado tratándose de un servicio religioso para el Día de la Independencia. Solía ser una misa católica, pero en el año 1971 Salvador Allende decidió que fuese ecuménica.
Años atrás, las cada vez más poderosas iglesias Evangélicas insistieron en que ellas también debían hacer su misa oficial, y se decidió complacerlas (después de todo representan un 20% del electorado) con otra misa en la Catedral Evangélica de Santiago. Uno podía pensar que el asunto estaba cerrado, hasta la semana pasada, cuando el Círculo Israelita de Santiago anunció que celebraría la inauguración de su nueva Sinagoga en Lo Barnechea con “una oración por Chile” al cual “serán invitadas las más altas autoridades”.
OK, hasta ahí nada que decir excepto que el mismo comunicado dice que “pretenden repetirla cada año, como las misas católica y evangélica”. La declaración no solo comete un error al describir el servicio ecuménico del 18 de septiembre como “católico”, sino que además es injusto con otros credos.
Si yo fuese chileno, insistiría para que haya también una misa Ortodoxa en la Catedral Ortodoxa Griega de Patronato, y para ser coherente, debiese haber también una ceremonia Islámica (aunque a priori estas están incluidas en la ceremonia Ecuménica).
Esta discriminación “positiva”, sumada a la ceremonia anual por el Holocausto (que excluye todas las demás masacres), que tiene lugar en el Ministerio de Relaciones Exteriores, nada menos, es un insulto a otras religiones.
Lo más fácil sería anular todas las misas y ceremonias, incluyendo la principal.”


Armen Kouyoumdjian

La Huevada de la Semana – 20 de agosto de 2010.


cruz

Con la Iglesia hemos topado, Sancho…


Escribe Edmundo Moure – Septiembre 12, 2017


El editor –que es mi amigo– me critica por mi proclividad a escribir “metaliteratura”, habiendo –dice– tanto problema contingente que exige el compromiso del escritor, aquello que Albert Camus describía como obligación de ser “testigo insobornable de su tiempo”. El editor no advierte, sumido como está en la cotidianeidad de lo político, que la literatura da cuenta, de manera insuperable, de la contingencia. Bien lo dejó establecido el genial Manco de Lepanto. Y si leemos hoy los diálogos entre Don Quijote y Sancho, podríamos transpolar con acierto, a nuestro presente, muchas de sus reflexiones.

Ocurre, apreciado lector, que en la noche del domingo 10 de septiembre, me enteré del virtual cuartelazo infligido a la Presidenta de la República por un grupo de los llamados “evangélicos” (vulgo, “canutos”), con la flagrante complicidad de Sebastián Piñera, candidato de la derecha recalcitrante al sillón de O’Higgins. Más allá del ultraje y consabido desagrado oficial, el hecho pone sobre el tapete de la cosa pública una situación que creíamos superada desde hace cien años: la injerencia directa de la Iglesia católica en los asuntos de Estado y en las políticas de educación pública, a lo que se agrega hoy el influjo reaccionario y oscurantista de estos “mensajeros de Dios”, vástagos criollos del protestantismo, que siguen mirando a la mujer como un ente descerebrado, sujeto a la voluntad y a los caprichos del varón. Esto no revestiría máxima gravedad, si los zafios “mediadores del Pulento” se limitaran a sus espacios de proselitismo comunal, pero no: ellos pretenden influir en la generación de las leyes –tanto como la católica Iglesia– y coartar las libertades legislativas que costaron sangre, sudor y pesares sin cuento al pueblo chileno. Vergonzoso, atrabiliario e inaceptable.

El manoseado lema “en defensa de la vida” muestra la incoherencia de este postulado, en apariencia loable, máxime viniendo de sectores que han apoyado en Chile, históricamente, todos los crímenes de lesa humanidad perpetrados contra su pueblo, comenzando, quizá, por el genocidio contra los mapuches, emprendido por el coronel Cornelio Saavedra y el “glorioso” ejército de Chile, a partir de 1861 y que culminó, en su expresión militar, en 1883. El expediente era uno solo: la defensa irrestricta de la propiedad privada (léase: despojo de los débiles por los más fuertes), en desmedro de la etnia originaria y en favor de colonos europeos.

Preguntamos hoy: ¿Dónde estaban los dignatarios de la eclesia de Pedro cuando los mineros del salitre y del carbón eran forzados a trabajar dieciséis horas diarias, de lunes a sábado, en condiciones miserables? Individuos cuya “esperanza de vida” no sobrepasaba los treinta años, pues morían muy jóvenes, tuberculosos o víctimas de la letal silicosis. ¿Cuál fue la protesta de la Iglesia católica chilena luego de la masacre de la Escuela Santa María de Iquique?

Más de tres mil individuos, incluyendo a los mineros en huelga, que pedían rebajar la jornada a 12 horas; a muchas de sus mujeres e hijos y numerosos ancianos que los acompañaban… Aquellos viles oficiales que planearon y dirigieron la matanza, serían luego condecorados por las autoridades de la derecha propietaria, sin que ningún escrúpulo interrumpiera la fanfarria patriotera ni el beneplácito empresarial de los amos del salitre.

Es larga la secuencia de estos crímenes, que no ha mucho algunos estudiosos de la historia no oficial han ido develando. En estas fechas de luctuosas conmemoraciones, los “defensores de la vida” hacen mutis por el foro. Están más preocupados de mantener en ominoso silencio el Informe Valech o en procurar la amnistía para los criminales de Punta Peuco, que en reconocer sus culpas y conocidas complicidades. Son los fariseos de siempre.

Por otra parte, ha circulado en redes sociales un pasquín, digno de oligofrénicos, que pretende atribuir a los “soldados” (no hablan de militares; ya podían haber aplicado el sinónimo “guerreros”) el otorgamiento de las libertades ciudadanas en Chile. No entienden ni entenderán que los cuervos no engendran palomas ni los espinos hacen germinar las mieses. La milicia, en sus diversas formas institucionales, comparte con la Iglesia de Pedro (y con las otras) su carácter autoritario, hegemónico y piramidal; nada más alejado de los preceptos democráticos; por algo nuestro lema nacional y militarista es: “Por la razón o la fuerza”. ¿Puede haber algo más aberrante que este aserto brutal? La estructura de mandos piramidales lleva implícita –qué duda cabe- la humillación escalonada del subordinado, bajo otra premisa bárbara: “aprender a obedecer para aprender a mandar”; el pensamiento, la disidencia, el desacuerdo, pisoteados por la bota del que se ubica en un escalón superior.

Francisco Franco Bahamonde, el astuto dictador que gobernó treinta y ocho años la díscola España, paradigma reconocido por su émulo indiano, Augusto Pinochet, supo, con maquiavélica certeza, que podía gobernar la patria de Cervantes con mano de hierro, recurriendo a dos poderes de probada eficacia: la Iglesia y el Ejército (fuerzas armadas). Para ello, llenó de prebendas y privilegios a la curia española y a la nutrida oficialidad, asegurando con ello una lealtad a toda prueba. Tanto es así, que ya en 1945, seis años después de terminada la Guerra Civil, prescindió del brazo ideológico militante de Falange Española, neutralizando y deshaciéndose de sus líderes e “intelectuales”, mediante la distribución de cargos menores dentro de la burocracia estatal o alejándolos en colocaciones diplomáticas de poca monta. Así, el ideario enarbolado por José Antonio Primo de Rivera se volvía innecesario y aun molesto, porque la jerarquía eclesiástica desconfiaba del laicismo corporativista de aquel ideólogo que tanto admirara –ojo, paciente lector- ese gurú pechoño llamado Jaime Guzmán… Detrás de la curia y la milicia acechaba, como de costumbre, la derecha política, confiando el resguardo de sus intereses a los gendarmes entorchados y las llaves del paraíso a los representantes de Dios en la Tierra.

Por cierto, no podemos desconocer el papel crucial que representó la Iglesia católica chilena durante los años oscuros de la dictadura militar, encabezada por Raúl Silva Henríquez, pero no hay que olvidar que aquello constituye una honrosa excepción, como también lo fuera la heroica entrega del Pastor Helmut Frentz, que nos dejó dicho: “Soy del partido de los oprimidos y torturados”.

Es lamentable, pero las instituciones confesionales se desembarazan de estos líderes lúcidos para volver, inexorablemente, a sus carriles retardatarios.

Si Cervantes hubiese estado en Chile, como los hermanos de Teresa de Ávila, los Ahumada que otorgan el epónimo a nuestro concurrido y ahora popular paseo santiaguino, es probable que transformara, en plural, la temible advertencia que Don Quijote desliza a su escudero:

“Con las Iglesias hemos topado, Sancho”.

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