Crónica de una jornada electoral

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Hace varias semanas que el periodista chileno Alejandro Kirk se encuentra en Venezuela, siguiendo los acontecimientos en el terreno. Kirk nos entrega una visión real, muy alejada de la propaganda interesada de los medios “internacionales”. Kirk entrevista gentes de uno y otro bando. Pone en escena a los “invisibles”, ese pueblo del que la prensa manipuladora no sabe nada, ni quiere saber. He aquí la Crónica de una jornada electoral.

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Crónica de la jornada electoral por la Asamblea Constituyente en Venezuela


Fueron más de ocho millones de personas las que, el domingo 30 de julio, participaron en el día en que la Asamblea Nacional Constituyente fue ratificada en las urnas. Ante el foco de la prensa internacional, que ha centrado la información en la protestas durante la jornada, el periodista Alejandro Kirk cuenta cómo fue el día en que el pueblo venezolano se acercó a las urnas para decidir su futuro. Aquí su reporte, en directo desde Venezuela.


Por Alejandro Kirk – Caracas, 31.07.2017


Arreciaba el domingo 30 la guarimba (especie de barricada o trinchera, que puede incluir automóviles y vehículos pesados ardiendo, así como casi invisibles alambres de acero, atravesando la calle, que hasta decapitaciones han provocado) opositora en Caurimare, vecindario elegante del este de Caracas, cuando apareció, de improviso, la figura de la ultraderecha venezolana: María Corina Machado, ‘Maricori’, caminando con decisión para el día de combate.

‘Maricori’ declaró que las elecciones a la Asamblea Constituyente, que se estaban realizando en ese instante, y que ella misma antes había prometido que jamás tendrían lugar, fueron, en realidad, una victoria para ella, la sepultura de Nicolás Maduro, un gran triunfo opositor y del “pueblo”.

Esta manifestación –unas tres mil personas– era lo que iba quedando de ímpetu tras cuatro meses de protestas, más de cien muertos –20 de ellos quemados vivos–, miles de heridos, decenas de edificios públicos y negocios destruidos, y la enésima gran marcha decisiva para ocupar Caracas y expulsar del poder al chavismo.

Alejandro, un “americano-venezolano”, montado en una gran motocicleta, me dijo que los manifestantes eran “a lot”, y contó que ellos se habían asegurado, edificio por edificio, cuadra por cuadra, que nadie de Caurimare se atreviera a salir a votar para la Asamblea Nacional Constituyente (ANC).

Y ahí se quedaron, encerrados y encerrando a sus vecinos con montañas de escombros y basura, en prácticamente cada salida del sector. A partir de ese momento, la jornada pasó a ser dominada por las elecciones, y con ellas la iniciativa política cambió de bando.

Para la oposición, el chavismo es una minoría inferior al 20%. Que nadie quería la ANC. Pero, hicieron una campaña de amenazas, establecieron sistemas de control en los edificios, bloquearon las avenidas, atacaron más de 200 centros electorales, varios de ellos incendiados, destruyeron las máquinas de votación, todo para evitar que la gente votara. ¿Por qué, si son tan pocos?

Ocho millones

Pues bien. Ya se sabe por qué: más de ocho millones de personas, 8.089.320 para ser precisos, votaron en las elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente en Venezuela. Menos del 50% del padrón electoral, es verdad, pero tres millones de votos más que los conseguidos por el chavismo en las elecciones parlamentarias de 2015, en que los partidos de la Derecha obtuvieron una victoria inapelable. Y, muy importante, un millón más de los que la oposición dice haber recogido en su ‘consulta’ o ‘plebiscito’ del 16 de julio, realizado sin padrón electoral, sin auditoría, sin voto secreto, y del que quemaron todas las actas, sin que nadie las revisara.

“Fraude”, dice la oposición, que ha dicho lo mismo en 18 de las 19 elecciones sostenidas en Venezuela desde 1998, salvo una: la que ganaron ellos. Contra toda la evidencia de un sistema y una tecnología electorales reconocidos en todo el planeta.

Pero, la Derecha y sus amigos internacionales cantaban fraude desde mucho antes. La propia elección fue para ellos una monumental estafa destinada a convertir a Venezuela en otra Cuba. “No puede ser”, me espetó Lajos Szaszdi, un analista portorriqueño de origen húngaro, en un debate en vivo por HISPANTV. “No puede ser que el chavismo aumente tres millones de votos con todo lo que ha sufrido el pueblo venezolano en estos tres años”, añadió.

Y mientras él decía eso, por esta cabeza de periodista pasaba como un torrente lo vivido en esta jornada, en estas semanas imborrables en Caracas.

Porque es verdad parte de lo que afirmó Szaszd, lo vimos con nuestros ojos: es el pueblo quien ha sufrido las privaciones, reducción de su calidad de vida, incertezas, amenazas, agresiones. La principal de todas, vía inflación y especulación sin freno. Porque los precios especulativos, las trabas para la distribución de alimentos, la escasez de medicinas golpean siempre a los más pobres, no a los sectores que invirtieron cuatro meses completos de su vida en esta enésima aventura insurreccional.

Y es que ese era, y es, exactamente el plan. Hacer sufrir, y al máximo. El mismo esquema aplicado en Chile entre 1970 y 1973, o en Nicaragua entre 1979 y 1990, y a Cuba desde 1959 a la fecha: doblegar por hambre y violencia a un pueblo, convencerlo, de ese modo, de que no vale la pena sublevarse. Es un plan que funciona, cómo no. Lo sabemos. El ciudadano o ciudadana de a pie no es propenso a disquisiciones sobre la guerra económica interna y externa, el sabotaje imperial o el bloqueo de las transnacionales farmacéuticas. No. El culpable inmediato, siempre, es el gobierno.

Por eso, el chavismo perdió las elecciones parlamentarias de 2015, sin duda alguna. No porque la Derecha aumentara significativamente su votación, sino porque el votante chavista mostró su rechazo a un modo de gobernar, a cierta distancia que algunos dirigentes tomaron de su base social, a la corrupción a veces flagrante, a la ineficiencia, el burocratismo, al abuso de poder de dirigentes medios o comunales y, en medida bastante significativa, a la falta de autoridad (irónico, de la “dictadura” o el “autoritario” de Nicolás Maduro). En fin, a que la revolución había sido negligente en un tema esencial: la participación y el protagonismo popular, que tan caros eran a Hugo Chávez.

Ese castigo electoral hizo que la dirigencia opositora diera este año por descontado que su alzamiento sería recogido como propio por una parte importante del pueblo. Tenía argumentos potentes, un descontento visible, una fuerte base institucional, el apoyo de los grandes medios de comunicación e importantes activos internacionales, entre ellos el más poderoso. ¿Cómo fallar, así? Con Estados Unidos contigo, ¿quién contra ti? Pero eso no aconteció. Los habitantes de los cerros nunca se sumaron a las manifestaciones opositoras, y en todo el país los más humildes hicieron esfuerzos, a veces indecibles –como cruzar ríos a pie–- para poder votar.

La Fuerza Armada

Contando con aquella parte importante del pueblo, los insurrectos contaban también con una división similar en la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB). Es lógico pensar así: los militares son parte del pueblo, especialmente en Venezuela. Se compenetraron de su propio relato: Maduro, un tiranuelo tropical, rodeado de una mafia de generales y almirantes corruptos a quienes los jóvenes oficiales despreciarían y ayudarían a tumbar.

Se multiplicaron los llamamientos abiertos –ni imagino cómo serían los encubiertos– al golpe de Estado. Tampoco funcionó: en los cuatro meses de la mayor insurrección desde 2002, y en medio de una brutal guerra económica, ni un solo oficial, ninguna unidad se manifestó o alzó contra el Gobierno. Todo lo contrario.

En la oposición atribuyen esto a los mitos de la contrainteligencia cubana, que suponen vigila estrechamente a todos los oficiales; pero, entre las muchas cosas que en este país rompen los esquemas grabados en la conciencia, están los militares: todos parecen cuadros políticos.

Un joven teniente de policía nos pidió la credencial en la zona de Bellas Artes, cerca del centro de Caracas. Luego de verificar, nos habló media hora sobre la necesidad de romper el asedio mediático contra Venezuela y, sobre todo habló, del “modelo ucraniano”, que se estaría aplicando en Venezuela, para derribar al Gobierno.

Un sargento del Ejército y un grupo de soldados armados con fusiles AK-47 estaban apostados en la calle. Me acerco y le informo que los vamos a grabar para mostrar el despliegue del Plan República, de custodia de los centros electorales. Y dijo el sargento: “grabe si quiere, pero esto no es el Plan República, estamos custodiando un acto público”. Le respondo: “Pero, da lo mismo”. Respuesta: “No, porque estarías mintiendo, y no es la idea”. ¡Chan!

El coronel Bladimir Lugo es el encargado de la custodia del Palacio Legislativo. Comanda una unidad enclavada en el también llamado Capitolio, hasta donde, un día, llegaron algunos diputados de oposición, sin aviso, a tratar de inspeccionar. No los dejaron entrar, e intentaron hacerlo por la fuerza. Más tarde se apareció Julio Borges, líder parlamentario, exigiendo acceso. Tras un intercambio, Lugo lo hizo salir sin contemplaciones. Rápidamente, se convirtió en un héroe popular, con gente buscando saludarlo y tomarse selfies con él. Un día, que lo vi en la Academia Militar, me presenté y le pregunté quién ganaría en esta crisis: “El pueblo –dijo– con Chávez”, me dio un palmazo en el hombro y se fue.

Vladimir Padrino López, general en jefe y ministro de Defensa advirtió, en una ceremonia: “Este grupo de generales y almirantes tiene muy vivo el 11 de abril (el golpe de Estado militar-patronal contra Chávez), aquí (en el pecho) y aquí (en la mente). Pareciera que hay quienes quieren irrumpir de esa forma en el poder. No sé cómo lo van a hacer, no sé cómo lo van a hacer”.

Un analista local, que trabajó con Chávez, relata que tras el golpe de Estado de 2002, el Presidente decidió reorganizar las fuerzas militares. Se cambió su estructura de comando, para unificar el mando estratégico operacional y, también, la doctrina de defensa y el currículo de los institutos militares. “Chávez era militar, y se dedicó a hacer de la Fuerza Armada un partido político revolucionario. Unificó la formación de oficiales a través de la Universidad Militar, que agrupa a todas las escuelas. Se crearon universidades militares. Se le otorgó nivel académico a los graduados y, también, a los suboficiales técnicos. Dedicó a eso enormes esfuerzos personales y de ahí viene esta cohesión y conciencia de los oficiales, suboficiales y tropa”.

Padrino hizo un video informal, poco antes de la parada militar del 5 de julio, caminando por su oficina: “Hay algunos que andan buscando gorilitas por ahí. En esta Fuerza Armada no los van a encontrar”.

Los “barrios”

Estas semanas de trabajo conjunto entre HISPANTV y teleSUR nos permitieron recorrer esas áreas cerradas que los corresponsales extranjeros no se atreven, casi nunca, a visitar: los temidos barrios populares de los cerros. Territorios chavistas muchas veces, o de paramilitares colombianos, o de bandas delictuales. Esas especies de kashbas (palabra árabe, de origen bereber, que significa ciudadela, espacio fortificado) que rodean el valle caraqueño y que las clases media y alta siempre vieron con distancia, entre curiosidad y pavor. De lejos, se escuchan sus gritos, tiroteos, celebraciones, las interminables fiestas. Se les ve subiendo a o bajando de los jeeps Toyota. Lo claro para ellos es que ahí “no se puede entrar: no sales vivo”. Y, entonces, los corresponsales no van, no suben el cerro, y se quedan con la visión de los intelectuales –de izquierda o derecha–, siempre lejana, acerca de qué diablos ocurre ahí.

Fue una suerte, por tanto. Estuvimos allí, caminando cerro arriba (y abajo) con candidatos a la Asamblea Constituyente. Los de base. Los que siendo chavistas, como una señora del Barrio 1 de Mayo, en la Parroquia Santa Rosalía, dicen que la Asamblea Nacional Constituyente tiene que servir para que “el poder popular sea del pueblo, que el poder sea de las comunidades de verdad y no que nos digan que lo tenemos cuando no es cierto”. Son los que sonríen, con sorna, sobre las candidaturas de esposas o hijos de altos dirigentes chavistas.

El “socialismo” para esa gente son los beneficios obtenidos en el proceso revolucionario y que ahora se ven amenazados por la Derecha o la crisis económica. El poder popular a que aspiran es la Comuna o el Consejo Comunal Autónomo. Eso fue lo que les ofreció Chávez, lo que quería Chávez.

La Revolución ha entregado, en cinco años, un millón 700 mil viviendas sociales a precios inferiores al costo. Un plan que se considera récord mundial. Es la Gran Misión Vivienda iniciada por Chávez después que unos aluviones dejaran a centenares de miles de familias sin hogar. Son departamentos de 70 metros cuadrados para arriba.

Son edificios construidos en toda la ciudad, no en la periferia. Millones de pobres viven ahora en el equivalente a Providencia o Ñuñoa, para el horror de aquella clase media habituada a tener a los pobres y sus malas costumbres allá lejos.

Las viviendas, los programas (misiones) de salud, educación, o alimentación, son los que ahora se aspira a encuadrar en el Estado, por vía constitucional. Que no llegue un gobierno y en 24 horas los elimine, como en la Villa San Luis de Las Condes, en Santiago, donde –tras el golpe de 1973– los pobretones fueron sacados en camiones de basura, para que dejaran de contaminar esa zona de “gente linda”.

No sabemos si la ANC fue convocada, como dicen la Derecha y el ‘chavismo crítico’, apenas para patear los problemas hacia adelante y ganar tiempo. O si salió de la manga como un recurso para evitar elecciones. El hecho es que en esos cerros –la retaguardia del chavismo– la ANC prendió. Entre otras cosas, porque los candidatos escogidos a dedo ya no eran los únicos, y se abrieron espacios a los territorios, las comunas, a los sectores sociales (sindicales, empresariales, estudiantiles, juveniles, adultos mayores, deportistas, cultura, etc.) y a la población indígena.

Puede ser que las esperanzas levantadas por la ANC sean desmedidas. Porque hay problemas como el capitalismo de Estado o la economía monoproductora y dependiente, la delincuencia organizada o la soberanía alimentaria, que no se pueden resolver con la urgencia que la situación amerita. Pero, como nos dijo el popular exministro de Comercio Eduardo Samán (también candidato independiente), “la ANC es la única salida, la gran oportunidad de dar un vuelco político: que los ciudadanos de a pie tengamos participación directa en el Alto Gobierno”.

Y, a partir de ahí, comenzar a reformular no sólo la forma de gobernar, sino el funcionamiento de toda la sociedad, sobre los principios originales y sencillos del chavismo: el buen vivir. Lo que parece ingenuo, pero es una empresa inmensa que demanda diversificación económica, emprendimientos sociales, científicos y una gran revolución cultural.

Quién sabe si Nicolás Maduro, al lanzar la propuesta de la ANC, pensó que parte significativa de la oposición se asociaría a ella, para construir un nuevo acuerdo social.

Como fuera, no ocurrió. Algunos de los opositores, tal vez la mayoría, confiaban en el éxito de su insurrección y algunos otros tuvieron miedo de aparecer demasiado tibios.

Muchos se preguntaron, con toda razón, si vale la pena hacer una Constituyente sin un sector importante de la sociedad. Esa pregunta sigue vigente, y la responderá la sociedad misma. Tras su derrota, la Derecha se encuentra en estado de shock, y de no conseguir la intervención armada de Estados Unidos (que claman sin rubor) tendrán que negociar, hablar, debatir. O surgirán otros líderes –menos contaminados por el odio y con mayor comprensión social y política– que sí estén dispuestos a hacerlo. Es la verdadera “salida”.

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