¿Siervas o “nanas”?

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“¿Qué puede hacer el siervo ante el amo sino esperar la pesada labor, y la sierva el derecho de pernada?” escribió Bernard Maris en su extraordinario libro Marx, Oh Marx, ¿porqué me abandonaste? Del mismo modo, la relación laboral -una relación de sumisión- comporta una insoportable violencia. Que no vemos, o no queremos ver. Un texto luminoso de Edmundo Moure.

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¿Siervas o “nanas”?


Un texto de Edmundo Moure


La servidumbre es una forma de contrato social y jurídico mediante la cual una persona queda sujeta al servicio y señorío de otra. Este brutal régimen de relación, propio del feudalismo, subsistió en Rusia hasta 1861. No debe confundirse con la esclavitud, pues tiene características que la diferencian de ésta, sobre todo porque la sujeción del siervo está imbuida de rasgos paternalistas y religiosos que atenuarían los abusos contra el cuerpo y el alma del siervo.

La abolición de la esclavitud en Chile data de 1824. En la patria de Lincoln se consolida en 1865, tras cruenta guerra civil. Veintitrés años más tarde, Brasil la proscribe en su vasto territorio. Pero ¿podemos afirmar hoy que la servidumbre y la esclavitud han sido erradicadas por el homo sapiens?

No. Aun existe la trata de esclavos en ciertos lugares de África del Norte y en las riberas del Mar Rojo. En cuanto a la servidumbre, ella campea por sus fueros en muchas regiones del planeta y bajo nuestras propias narices, en virtud de la dependencia perversa que el capitalismo salvaje establece entre propietarios y desposeídos, según el rango de oficios y la diversidad de situaciones que se da en cada país o estado. Hay dos gigantescos ejemplos a mano: la China “comunista” y la India “metafísica”, donde mujeres y niños –sobre todo– son expoliados como siervos de la gleba o eslabones de la industria, sometidos a horarios excesivos, sin otra paga que una mala comida y bajo agobiantes presiones.

En nuestro Chile “en vías de desarrollo”, apreciamos la notable extensión del servicio doméstico femenino, acentuada en las comunas y barrios de Santiago donde habitan familias de mayores recursos, esas que las encuestas clasifican como “clase media alta” y “clase alta”, categorías que tienen más que ver con la topografía adinerada que con resabios de equívoca o inexistente nobleza parental.

Si eres dichoso usuario del congestionado transporte público de esta ciudad-país, te toparás a diario con mujeres de “clase baja”, modestas y esforzadas, que consumen cinco o más horas del día para ir y venir, entre diez o más horas de agotadora jornada, como siervas del aseo y la cocina para familias cuyas mujeres cuidan de la apariencia física, evitando el estrago que en sus manos y otras partes del cuerpo provoca ese trabajo, rutinario y esclavizante, que las pone en riesgo de ser vetadas por sus cónyuges varones o sustituidas por féminas de atractivo impoluto.

Suelo escuchar, mientras observo sus gestos y ademanes, las conversaciones de estas siervas abnegadas, que el eufemismo cursi de las “dueñas de casa” chilenas, en su mayoría católicas asiduas a la caridad del cepillo dominical, llama “nanas”.

Casi todas ellas están provistas de teléfono celular, con el que se comunican con sus patronas, previendo inevitables atrasos en el cumplimiento de su horario, merced a la patética ineficacia del Transantiago. –“Señora, perdone, pero voy atrasada… Es que demoré mucho en tomar la micro… No, si ya voy cerquita… Yo creo que en diez minutos estoy allá”-. Enseguida, comentará con su colega cercana que la señora le descuenta los atrasos, aunque es buena persona y le obsequia ropa, como esta blusa chillona que luce cual prenda de última moda.

En nuestra prolífica tribu podemos encontrar un auténtico florilegio de escalones y expectativas sociales basado, ¡cómo si no!, en el poder que otorga el dinero, y algunos dudosos prestigios nominales de quienes han creído encontrar borrones aristocráticos en la tinta de su genealogía… En las casas de estos afortunados, que pueden pagar y endosar a otras (os) los odiosos servicios domésticos, las llamadas “nanas” constituyen una institución muy apreciada, ante la cual el “espíritu de clase” exhibe sus flagrantes contradicciones. La “nana” es imprescindible en su diario cometido, pero, al mismo tiempo, es un ser de segunda o tercera categoría, a quien se le mantiene al margen de toda consideración afectiva, segregándola mediante virtuales marcas sociales, para que ningún exceso de confianza lleve a confundir roles y estatus…

Así, cuando la “patrona”, enfrentada a situaciones conflictivas en su medio social, echa mano de algún filoso calificativo para denostar a su ocasional interlocutora o enemiga, empleará el término “nana”, como arma de eficaz ninguneo, endilgándoselo a quien percibe como inferior en esa escala de valores que ella misma se ha inventado, para ubicarse en una suerte de pedestal de absurda autoestima. La “nana” le sirve, hace lo que ella debiera haber hecho, la libera de una carga odiosa, pero a la vez recuerda a su subconsciente que esa miseria también es suya, sólo que ha logrado apartarla de sí merced al dinero que “su hombre” le provee, sometiéndola, claro, a otro tipo de servicios que no es del caso detallar… El asunto es que ella, la patrona, en lo más íntimo, se siente también como una “nana”, en riesgo permanente de ser “despedida” por el usuario mayor, con el consiguiente colapso social, moral y religioso de ese mundo de pura apariencia que ha instituido, aunque su propio Dios esté hecho también a su medida, como la “nana” sumisa que viste el delantal distintivo.

A la hora del regreso, cuando el sol se dirige a su reposo cósmico, estas mujeres-siervas, si logran un asiento en el atestado microbús, cabecean su agotamiento. Llegarán a sus humildes viviendas entre las nueve o las diez de la noche. Pero su tarea no ha concluido. Les esperan nuevos afanes domésticos en casa y, quizá, ayudar a sus hijos en deberes de escuela, mientras preparan sus bártulos y la vianda del marido para el día siguiente.

-“Ah- dicen los acérrimos defensores del sistema- pero están mejor que muchos otros trabajadores. Tienen comida asegurada, no les pagan mal, es un sector que no padece la cesantía (lacra que la economía social de mercado mantiene para consolidar el justo equilibrio en el precio de la mano de obra)… Y en la mayoría de las casas las tratan bien, les regalan cosas. No, la verdad es que no pueden quejarse; si hasta algunas ‘nanas’ tienen hijos en la universidad”-.

Yo solía contravenir, en la casa materna (todas las casas son maternas), aquellas disposiciones de guardar la distancia: cada oveja con su pareja, y comía con las empleadas, o con los empleados, compartiendo la mesa de la cocina, donde solía zamparme las mejores viandas y gustar vinos expropiados a la bodega de mi padre, escuchando historias que me han servido luego en el ejercicio de mi escritura… Y aunque no me guste la denominación, por su resabio siútico, si yo le digo “mi nana” a una mujer, es porque me estoy entregando a ella –o pretendo hacerlo– en cuerpo y alma, para recibir cuanto ella tiene de hospitalario, según el gran Antonio de Sevilla, y cantarle al oído las “Nanas de la Cebolla”, de Miguel Hernández, con su inigualable aroma campesino.

Extranjeros visitantes, sean de EE. UU., o de Europa en crisis, suelen admirarse de que exista tal especie de servidumbre en un remoto país como Chile, y que sea barata, lo que les lleva a envidiarnos como pueblo singular y esclarecido.

Después de todo, la servidumbre no parece tan mala. Por algo hay quienes se hacen llamar “siervos de Dios” y van por ahí felices y contentos. En mi caso, carezco de quien me sirva una taza de té, a cambio de un salario, pero soy dueño y señor de mi lugar en la mesa compartida; asimismo, en la cocina, donde a menudo me las ingenio para preparar alguna receta chilena o gallega, según el humor con que se levante cada día mi memoria.

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