Aurora Roja Edición N°51: Especial Estudiantil

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EDITORIAL:
ORGANIZACIÓN ESTUDIANTIL PARA LAS LUCHAS DEL PUEBLO

Este 11 de abril marca el inicio de otro año en que el pueblo chileno mantiene vivo el impulso de radical transformación al actual sistema de educación mercantil. Han pasado más de diez años desde que las primeras movilizaciones estudiantiles llamaron la atención sobre las horribles consecuencias de un modelo hecho a la medida de unos pocos para favorecer su ambición y codicia: uno que les permitió engañar a miles de estudiantes con planes y programas fraudulentos; prometiéndoles una educación que resultó inútil para acceder a mejores condiciones de vida y trabajo, dejando en ellos y en sus familias gigantescas deudas con bancos y empresas de su misma propiedad.

Esta maquinaria de injusticia y miseria produjo el despertar de una conciencia de lucha inédita en el Chile dormido entre la dictadura pinochetista y la complicidad de la Concertación. Sobre el conflicto educacional se constituyeron asambleas estudiantiles por todo el territorio nacional, logrando la participación de miles de compañeros y compañeras desde sus distintos colegios y casas de estudio, quienes desarrollamos poco a poco nuestras propias herramientas de análisis, ampliando y profundizando nuestras críticas hacia las relaciones de género tanto en el contenido formal y en la práctica misma de la educación, afinando la precisión de las propuestas que aún siguen rebotando contra un muro que sólo devuelve intransigencia y violencia.

La movilización estudiantil logró cuestionar la estructura misma del entramado de explotación neoliberal. Apuntando directamente hacia uno de sus pilares, mostró las primeras fisuras en el consenso hegemónico impuesto por las clases dominantes. Con las armas de la movilización social, la necesidad de un cambio radical al sistema educativo se hizo evidente e imposible de ocultar por sus cómplices y defensores, hábiles operadores instalados en las estructuras políticas de la transición, los medios de comunicación tradicionales y los espacios de poder al interior de los centros educativos.

Este largo y continuado esfuerzo por obtener una educación pública, gratuita, democrática, feminista y de calidad transita hoy por un escenario adverso. El desarrollo mismo del movimiento estudiantil lo hizo vulnerable a la intervención de la Nueva Mayoría, coalición que pretendió contener la movilización social para asegurar pisos mínimos de gobernabilidad, ofreciendo a cambio una reforma estructural que vendría a resolver las necesidades planteadas por el estudiantado.

Este programa atacó las mismas bases de la organización estudiantil de dos formas: en primer lugar, desde el gobierno se implementó con éxito la táctica de dividir para gobernar, segmentando la discusión de la reforma en distintos sectores: reforma docente, educación secundaria y educación superior, asignándoles tiempos y momentos distintos. El resultado fue evitar cualquier posibilidad de obtener una nueva definición de los ejes centrales comunes del sistema educativo, separando además a los distintos actores del mundo educativo, debilitando el potencial transformador del movimiento social como una sola fuerza. En segundo lugar, las juventudes de los partidos en el poder lograron ser una herramienta de contención efectiva de la movilización estudiantil, conduciéndola hacia una salida de reforma parlamentaria que hoy nos tiene entrampados en un calendario que sólo nos adormece y dilata nuestra energía en debates infértiles sobre un proyecto fracasado.

La reforma que hoy en día se discute en el Congreso ha sido abiertamente rechazada por amplios sectores sociales en general y del mundo educacional en específico, ha sido identificada como una reforma simplemente estética al modelo actualmente vigente. No es posible sostener que este proyecto sea un avance cuando mantiene intacta la visión de la educación como una simple mercancía, y niega expresamente una visión de la misma como un derecho propio de los pueblos. Esta diferencia se traduce en que las instituciones se mantienen bajo las lógicas y reglas del mercado, de cobertura a una demanda más que a la solución de una necesidad social. En síntesis, lo que hizo la Nueva Mayoría fue tomar las consignas de nuestras demandas (educación gratuita, desmunicipalización), vaciarlas del contenido político que se le dio desde el movimiento social, y transformarlas en proyectos de ley que no cuestionan la lógica subsidiaria del régimen neoliberal.

Este escenario era, de cierto modo, previsible. El cambio a un sistema que está pensado y construido para el aprovechamiento y beneficio del empresariado no será impulsado ni producido por quienes actúan como representantes políticos de estos mismos. Basta con detenerse en la composición y la práctica misma de la Nueva Mayoría para darse cuenta que su proyecto fue un engaño y que las voces que pedían un tensionamiento ‘desde adentro’ son, por decir lo menos, ingenuas. Los últimos casos de corrupción y financiamiento irregular a las campañas de la ‘vieja política’ muestran con claridad cuáles son los reales intereses que hoy en día son defendidos en el Congreso.

Sin perjuicio de la facilidad con la que es posible llegar a la conclusión anterior, existen algunos sectores de la izquierda que observan en este escenario una oportunidad para la creación de un nuevo participante en este circo parlamentario. Las fuerzas que actualmente agrupa el Frente Amplio han optado por dirigir la movilización estudiantil hacia la participación co-legislativa o de incidencia radical, política que los obliga a seguir los tiempos y ritmos de la política institucional, a participar del juego mediático y la guerrilla del lobby que hasta ahora no nos ha entregado ningún resultado. El riesgo de esta tesis está en destinar todos los esfuerzos de organización popular construidos hasta ahora en aventuras electorales de corte populista, trasladando el ejercicio político relevante hacia caudillos ajenos al movimiento social que a diario suben y bajan como posibles candidatos a lo que venga por delante.

La desvergonzada relación entre dinero y poder y la actual crisis de legitimidad por la que están atravesando los partidos políticos tradicionales y sus juventudes ponen en evidencia la necesidad de que las demandas populares, el programa que las unifica y la estrategia que se diseña para lograrlas sean construidas con una estricta raigambre clasista.

Es bajo esta profunda convicción que se ha conformado al interior del movimiento estudiantil un sector de izquierda con intención revolucionaria que se ha identificado como parte de la clase trabajadora, buscando ser una herramienta útil para la organización popular. Esta corriente ha entendido los límites de la identidad sectorial, y avanza decididamente a superarla en dos grandes sentidos.

Dentro del movimiento estudiantil se han debatido proyectos de conducción que muchas veces nos ha desviado hacia una construcción política gremial, pensando siempre en cómo los y las estudiantes de Chile cambian la educación, incapaz de observar que las consecuencias del patriarcado y el capitalismo en los centros educativos alcanzan no sólo al estudiantado, sino a una multiplicidad de sujetos que también son víctimas sistemáticas de la explotación y la opresión. Pensar el conflicto educativo como propio de los estudiantes impide el desarrollo de un movimiento social integral, que tenga como programa una transformación completa de las relaciones sociales dentro de los colegios y universidades, logrando condiciones dignas de estudio y trabajo para estudiantes y trabajadores(as) de la educación. En este sentido, los sectores clasistas dentro del estudiantado han logrado ampliar el alcance de las críticas al sistema educativo, cuestionando la precarización laboral dentro de los planteles dentro y fuera del Estado, visibilizando la inestabilidad que significa para la clase trabajadora el régimen actual de subcontratación y el abuso a la contratación a honorarios, denunciado la doble explotación de la mujer trabajadora, logrando avances concretos para la organización sindical en el contexto universitario.

En un segundo sentido, la multisectorialidad se entiende como el punto de partida de un nuevo rol para el estudiantado frente a otros movimientos sociales. Es necesario entender que el momento protagónico que tuvo el conflicto educacional ha pasado. Frente a nosotros se comienzan a formar nuevos conflictos sociales que están actualmente pasando por etapas de consolidación orgánica y programática. Las experiencias de politización sobre la indignidad de las pensiones, el acceso y calidad a la salud pública, las experiencias de resistencia territorial y la masividad con la que el movimiento feminista se ha posicionado en la agenda política plantean nuevos desafíos para la izquierda de intención revolucionaria, presentándose como espacios fértiles para la construcción de la tendencia clasista.

Cada uno de estos conflictos sociales es una oportunidad para que la militancia estudiantil con intención revolucionaria participe activamente, contribuyendo al fortalecimiento de las plataformas de lucha que actualmente mantienen abiertos focos de enfrentamiento directo con el empresariado. En este punto es que es necesario hacer una consideración relevante. No basta con la mera adherencia a las demandas y convocatorias de estos otros sectores, el ejercicio realmente útil para la organización popular para por la transmisión de experiencias y aprendizajes que como estudiantes hemos obtenido de nuestra trayectoria de movilización, así como la apropiación de las herramientas críticas que muestran estas nuevas luchas populares. Esto significa abandonar la idea de que como estudiantes nos toca actuar como las juventudes de aparatos mayores, de jugar un papel accesorio en el vagón de cola de voluntades por fuera de la nuestra.

Para que el estudiantado cumpla realmente una función dinamizadora y constructora de un nuevo movimiento social clasista, es necesario que participemos como iguales dentro de las herramientas que actualmente sirven de vehículo para la organización de la clase trabajadora. Tenemos el deber de llevar nuestras formas de construcción, democráticas y feministas a todos los espacios donde nos encontramos, y procurar traer a nuestros centros educativos nuevas armas críticas con las cuales afrontar al bloque dominante.

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