Hay que ser agradecido

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Fuente:www.politika.cl

Lo de ‘El pago de Chile’ no es la taza de té de Edmundo Moure, quien nos asegura que “Hay que ser agradecidos”. Sobre todo, habiendo tanto que agradecer. Como por ejemplo la payasada de la indemnización de la CMPC y de Eliodoro Matte por el delito de colusión y el robo caracterizado de una alza ilegal de precios. Y otros ‘favores’ similares…

Hay que ser agradecido


Un texto de Edmundo Moure – Abril 2017


Me lo recomendaba mi sabia abuela Fresia: -Hay que ser agradecido, hijo, de la vida y de todo lo que nos da el Señor. (Incluso de las cuentas mensuales, si tenemos con qué pagarlas).

Ya me has escuchado, benévolo lector, encomiar las enseñanzas de mi abuela nancagüina, a quien no me canso de recordar. Pero durante este fin de semana –weekend, dicen los siúticos–, me ha venido al magín, con renovada fuerza, su bondadosa exhortación.

Y es que un pariente, avisado y alerta, me notifica por wasap la feliz noticia de un depósito de $7.000 (siete mil pesos) que me será abonado en mi modesta cuenta Rut –al igual que a todos los chilenos mayores de dieciocho años–, por la mano munificente de Luis Matte Larraín, ex director gerente de la ilustrísima Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones, como justa compensación por el daño infligido a millones de consumidores de papel higiénico, toallas para romadizo y otros adminículos procedentes de los árboles que nos proveen de la bendita celulosa, entre ellos, las hojas de papel, las cuartillas en que escribimos los cronistas, los poetas, los narradores y toda la caterva de ilusos de este mundo (mundillo) de las letras; daño que provino, como ustedes bien saben, de la llamada “colusión del papel confort”, que fijó precios abusivos y monopólicos para estos productos de primera necesidad, como lo son las suaves e imprescindibles fojas con que nos limpiamos a diario el culo y otras partes pudendas, para no ir por la vida con la mierda en estado de pestilencia anal. (Me cabe la duda si los menores de edad no necesitan también limpiarse el trasero, porque los han dejado fuera del bono).

Aclaro, sobre todo para mis lectores más suspicaces –de haberlos los hay, Garay–, que no tengo nada contra las familias Matte ni Alessandri, a pesar de mi inequívoco lugar en el espectro político-ideológico, y social, por añadidura. Esto se debe, en primer lugar, a mis contactos remotos con la escritora Esther Matte Alessandri, hija de Arturo Matte Larraín y sobrina de Jorge Alessandri Rodríguez, Presidente de la República (1958-1964), quizá últimos exponentes, ambos, de la Derecha culto-civilizada, hoy saturada de pelmazos y nuevos ricos especuladores (Piñera y etcétera).

Pues bien, a instancias de Esther Matte y el entonces Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, destacado narrador y gestor cultural, Guillermo Atías (comunista), con el concurso de otros activos socios y socias, entre los que destacó Teresa Hamel, Jorge Alessandri cumplió, en 1963, el viejo anhelo de los escritores chilenos de contar con una sede propia, la Casa del Escritor, sita en Simpson 7, Providencia.

Como asiduo a esta Casa del Escriba, donde tanto se sufre y se goza, no puedo dejar de agradecer a quienes hicieron posible el inmenso logro, para un gremio de suyo pobre, a menudo menesteroso o de veras indigente. Cuando cada lunes me siento, en el Refugio López Velarde, a moderar nuestra tertulia literaria, suelo traer a mi memoria y, de paso, contar una vez más a los jóvenes inadvertidos, la repetida historia, lo que no agrada a algunos conspicuos izquierdistas que siguen zahiriendo a la estirpe Matte – Larraín – Alessandri, sin que les quepa en el ánimo ni un mínimo reconocimiento a las buenas acciones concretas, como la que narro y también a la posibilidad inminente de las siete lucas…

Ahora bien, he revisado el saldo de mi cuenta Rut, que alcanza hoy a $2.669. Por ninguna parte figura el abono de los siete mil pesitos supuestamente compensados; con ellos esperaba yo comprar pan, jamón de pavo y mantequilla para el desayuno y algunas cervezas dominicales, que vienen de perilla como acompañamiento de algún partido de fútbol de las grandes ligas, lujo que suelo disfrutar el fin de semana frente a nuestra tele de cincuenta pulgadas, adquirida gracias a una oferta de los grandes almacenes de Hortz Paulmann, germano poderoso que aún no ha adquirido la prosapia de las grandes familias que acabo de mentar, aunque es cosa de tiempo, si consideramos que sus ancestros criollos no fueron otra cosa que oportunistas, especuladores y mercaderes sin escrúpulos. Así como ahora prevalecen en sus apellidos las erres, llegará un tiempo en que lo hagan las doble ene, ¡quién sabe!

-Pero si todo está coludido, me comenta mi vecino, -porque los grandes siempre se ponen de acuerdo, con el fin de que el reparto de beneficios y plusvalías no provoque conflictos entre cincuenta o cuarenta o treinta familias propietarias, es decir, en el seno de la cerrada tribu que administra sin misericordia esta larga y angosta hacienda. Y sonríe, resignado y algo complaciente: -Hay que agradecer lo que se tiene, no más… Ah, veo que compró cerveza… -Sí, pero me la anotaron, porque todavía no me llega el depósito de los siete mil… ¿Y a usted? –Tampoco, pero llegará, porque dicen que están los fondos dispuestos. –Nos vemos.

Cuando mi mujer estaba consultando su propio saldo de cuenta Rut (todos la tenemos; qué notable y equitativa es la democracia neoliberal), se me ocurrió inquirirle por el mentado depósito. Lo que me contestó es irrepetible en una crónica seria y compuesta.

Solo me cabe recordar ahora la expresión española, con su gracejo directo, sin eufemismos… Es que, más allá de los patronímicos y prosapias de cartón, a los chilenos que vivimos a costa del propio sudor “nos seguirán dando por culo”.

Y tan agradecidos.

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