Una cuestión de femineidad

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Fuente:www.politika.cl

Si algo caracteriza las emisiones de radio y TV en Chile, es la absoluta libertad para decir idioteces sin que un contradictor, o un periodista algo letrado, levante el dedo para señalar las incongruencias, las sandeces, las mentiras, las patrañas, cuando no -derechamente- las invenciones. Guisela Parra no quiere dejar pasar una de esas manifestaciones de la ignorancia que, esta vez, toca a las mujeres. Alabao…

¡A cultivar la femineidad llaman…!


Mujer, si te han crecido las ideas
de ti van a decir cositas muy feas…

Gloria Martín


Escribe Guisela Parra Molina


Al conocer las opiniones de Teresa Marinovic sobre las mujeres, los hombres y el 8 de marzo, difundidas por Radio Bío Bío a través de un video, tuve varias reacciones. La primera fue sorpresa: jamás imaginé que una mujer –ni un hombre- pudiera tener la patudez de hablar tantas sandeces juntas, fundamentadas con argumentos tan burdos y superficiales, mostrando una ignorancia casi incomparable. Me pregunté dónde habría estudiado filosofía esta “filósofa”: en alguna universidad privada rasca, me imaginé. Más tarde leí por ahí que había sido en la Universidad de Los Andes, que se había sacado un 7 en la clase de su abuelo y que después se doctoró en la UC, lo cual, con todo respeto, le hace un flaco favor a esa universidad.

En segundo lugar, pensé en la libertad de prensa y recordé aquella vez cuando me llamó la atención, no muy gratamente, que un periodista de la misma Radio Bío Bío, en un reportaje sobre un accidente de tránsito, dijera que los heridos eran “tres personas y una mujer”. En ese momento pensé que un medio de comunicación como ése –que siempre me pareció serio y bastante confiable– no podía permitirse caer en tales descuidos discursivos; pero decidí hacer la vista gorda.

Sin embargo, hay una cierta diferencia entre una frase desafortunada –un lapsus, quiero pensar– de un periodista nervioso y apurado, y una mujer que, dándoselas de sabihonda, se permite denostar a medio mundo. No sólo a nuestro género: tampoco vamos a decir que es muy respetuoso tratar a los hombres de “pelotudos” (¿o es su “piropo sin chabacanería” para machos?). En realidad, lo que hace es esparcir descalificaciones como si fueran heces en un ventilador: ¡si hasta a los hippies les llegó!

Yo me temo que la postura filosófica de Teresa (no es la única, en todo caso) está algo obsoleta. Le vendría bien alguna lectura en el área del conocimiento y de la experiencia llamada Estudios de Género, que probablemente aún no conoce. Eso podría ayudarle a entender, por ejemplo, que los cánones de belleza son subjetivos y forman parte de estereotipos culturales que mujeres y hombres llevamos impresos desde antes de nacer. Vislumbraría quizá que las bases del humor tipo Coco Legrand y Chiqui Aguayo también están determinadas por esos mismos estereotipos; incluida la idea de que las mujeres son veleidosas, sacan de quicio al marido hasta que lo convierten en el tan mentado “macabeo” y que las jóvenes “liberadas” andan desatadas por ahí, buscando “minos” para tener sexo y pasarlo bien de esa manera, con desparpajo y frivolidad, como si eso saldara la inequidad (para qué hablar de las pobres suegras, vilipendiadas hasta el hartazgo).

Quiero aclararle a Teresa, y a todo aquél que aún no lo sepa, que género es un significante con un significado bien preciso, y distinto de sexo: podríamos resumirlo como la diferencia entre cultura y biología. Ahora, si existe alguna filosofía que postule que estos dos aspectos de los seres humanos son uno solo, me declaro incompetente.

A modo de ilustración: el famoso postulado de que “los hombres no lloran” no obedece a ningún tipo de malformación cerebral que impida la producción de lágrimas en personas de sexo masculino. Otro ejemplo: lo sexista y discriminador del discurso de Teresa, su estilo autoritario patriarcal y lo “pelotudo” de sus afirmaciones (para usar su mismo léxico) no significa que quien habla en el video de Radio Bío Bío sea una persona de sexo masculino vestida de mujer; se debe a que ella, siendo mujer, no se ha desprendido de preceptos y paradigmas propios de la cultura patriarcal, como el de asociar asados, cervezas y fútbol al género masculino, o belleza femenina a características tales como tamaño de las pechugas y de otras partes del cuerpo. Su expresión “cultivar la femineidad” se refiere, supongo, a este rasgo, sumado a la sumisión, la maternidad, etc.

En cuanto a las “tergiversaciones delirantes del feminismo”, de ese “movimiento histérico” a que alude, no me queda muy claro cuáles son: ¿se refiere tal vez a que se han tergiversado las estadísticas de casos de violencia intrafamiliar y femicidio, y el número es mayor? Me parece muy plausible. ¿O considera un delirio –o rasgo de histeria, que también es un término harto obsoleto- denunciar y rebelarse contra tales agresiones? Tal vez las justifique basada en su sentencia de que las mujeres “son idiotas y no saben lo que quieren”. O quizá quiera decir que entre los “algunos aspectos” del “tipo de superioridad” que, según ella, deberíamos “aceptar y constatar” en los hombres se incluya cierta habilidad para golpear y matar mujeres.

Me extraña que pese a tanto estudio de filosofía aún no se entere de que para “constatar” necesita hechos “objetivos” (un término de suyo dudoso, pero en fin…); algo concreto, comprobable. Por ejemplo, en el caso de una mujer agredida por su pareja se puede “constatar lesiones” de manera más o menos objetiva: cuántas son, en qué partes del cuerpo, si se trata de golpes de puño o de cuchilladas, si le han sacado los ojos, etc. También se puede constatar que una niña adolescente golpeada por el pololo está muerta, como ocurrió recientemente. Pero no sé cómo podría Teresa Marinovic “constatar” el grado y la calidad del sentido del humor de los ingleses o el que las mujeres venezolanas sean “más buenamozas que las chilenas”. ¿Cuál es el criterio de evaluación que la lleva a concluir tal cosa? Reitero: los estereotipos culturales que ella no cuestiona, a diferencia de las feministas, y de los feministas, que como aclara José Pedro Cornejo en su artículo publicado en El Mostrador, también los hay, lo cual valoro y me da esperanza.

Al mismo paradigma patriarcal obedece el que las mujeres sueñen con la maternidad y el matrimonio. Son los sueños que, a través de una especie de método Pavlov, se nos van grabando a lo largo de la infancia. El mismo método con que los hombres –y no porque sean “pelotudos”- aprenden a no mostrar emociones; a creer que la mujer que es su pareja es también su propiedad; a sentirse machos en directa proporción al número de mujeres que seducen (por decirlo con delicadeza); a ser proveedores y de lo contrario sentirse mal; etc. De ahí que escuchar que Fulana “anda con el vestido de novia en la cartera” sea un clásico; aunque recuerdo otro dicho, que probablemente Teresa no haya oído y que me parece harto más saludable: “anda donde quieras con un condón en la cartera”.

Fue acuñado por el movimiento feminista hace unos 30 años, no sólo con el objetivo de promover el uso de este instrumento para el control de la natalidad y la protección de enfermedades de transmisión sexual; sino, fundamentalmente, para transmitir a las mujeres la convicción de que cuidarse el cuerpo y el alma es responsabilidad propia. Sin duda, a esta filósofa algo así no le parecerá apropiado, ya que una costumbre como ésa no se condice con las tradiciones cristianas, además de que le habría dificultado la posibilidad de tener nueve hijos y una historia como cuento de hadas, que supongo es la que tiene, con príncipe azul y todo, de acuerdo con la literatura y las rondas de nuestra infancia, como La Cenicienta, el Arroz con leche y la Niña María, donde si la pobre niña no baila, castigo le darán: una enseñanza para nunca olvidar, so riesgo de quedarse sin ojos o con el cráneo partido en dos.

Algunas de las muestras de la ignorancia léxico-histórica de Teresa ya han sido aclaradas por otras columnistas, como la diferencia entre celebrar y conmemorar, y el origen del Día Internacional de la Mujer. Quisiera aclararle también que quienes conciben a los hijos somos las mujeres: los hombres los engendran. Ahora bien, no veo qué relación puede tener lo que llama “supuesta y famosa liberación femenina” con que un hombre se desentienda de sus hijos. El hecho de que una mujer que ha concebido una creatura quiera decidir su propia vida es totalmente independiente de la responsabilidad o irresponsabilidad de quien engendró a dicha personita.

Por otra parte, le informo a esta “filósofa” que la desprotección de las mujeres se debe, efectivamente, a una “estúpida ideología”; mas no a la feminista. De hecho, que yo sepa, aún no había feministas entre las mujeres de la sociedad feudal. Por si no lo sabe, grandes mujeres como Simone de Beauvoir, Flora Tristán, Virginia Woolf, Elena Caffarena o Amanda Labarca vivieron en el siglo XIX y XX. Fue estando inmersas y aplastadas en un sistema capitalista (como toda la clase trabajadora, aunque este término a Teresa le produzca escozor por marxista) que las mujeres logramos, por ejemplo, el derecho a voto. Tal vez el que no se permita a la mitad de la población decidir sobre el país donde vive no constituya opresión según su filosofía (bueno, no sería de extrañar: hoy no es muy distinto, sólo que en el sistema político que defiende no son sólo mujeres quienes no pinchan ni cortan).

Quizá no encuentre sentido en las palabras y el trabajo de quienes, como Gabriela Mistral, abogaron por la necesidad de educación para las mujeres. ¿Sabía usted, Teresa Marinovic, que en el sistema capitalista de la primera mitad del siglo XX, ni qué decir del XIX, habría sido bien difícil, si no imposible, que ostentara ese título profesional –y para qué hablar de un grado académico- del que hoy hace gala? ¿Se le ha ocurrido que si hubiera nacido 100 años antes no le habrían permitido escribir esa ridícula columna que le publican por todas partes? Es más, ¿acaso cree que hoy se la publican por su sensatez o el peso de sus argumentos? Creer aquello sería ser ilusa; aunque, en cualquier caso, no es necesario que nadie me diga que ilusa es quien cree en la verdadera libertad de expresión, porque ya lo sé. Lo tengo asumido.

Por cierto, sospecho que la razón por la que sus opiniones aparecen en los medios de comunicación no es lo que tiene real importancia para usted; que tiene clarito que en su tan admirado modelo capitalista, neoliberal o como se llame, lo que cuenta no es precisamente la consistencia discursiva, la libertad de expresión, la ética y patrañas como ésas. Al igual que en la farándula, lo que importa es cuánto vende. A mayor escándalo, mejor calificación del show, mayor “rating” y más posibilidades de supervivencia para el medio de comunicación. Así funciona el mercado, eso se sabe. De otro modo no me explico tanta difusión de una diarrea de ignorancia como ésa, por lo demás.

Y tengo plena conciencia de que al publicar este texto estoy contribuyendo a este objetivo y metiéndome de cabeza en el reality que pone de relieve absurdos como los de Teresa Marinovic; sin embargo, la “estúpida ideología” a la que adhiero –que se basa en observación, estudio y, sobre todo, vivencias propias y compartidas- me impulsa inevitablemente a hacer estas aclaraciones.

Mi tozudez se debe también a que mi elección laboral no fue la de gerente general de ninguna empresa (de lo cual me alegro mucho, a pesar de las desventajas financieras); sino un trabajo que exige la dedicación completa a que hace referencia la columnista: la docencia, un oficio que nunca termina. Por otra parte, pese a dudar ahora de que la maternidad fuera realmente una elección (al menos en mis tiempos mozos, dados los factores culturales que mencioné), fui y soy madre, una opción que también requiere ese “compromiso de largo plazo” al que alude esta opinóloga (este término me parece más pertinente).

Así como es propio del rol de madre y el de padre (creo yo) intentar contribuir a la conciencia y el albedrío de los hijos, es inherente a un profesor hacer lo mismo con sus estudiantes, lo cual a veces se hace extensivo y majadero hasta donde alcance. Supongo que eso es a lo que Teresa llama “lavado de cerebro”.

Poco me importa, porque si las mujeres en Islandia lograron un avance fundamental hacia la equidad salarial, quién sabe si podamos llegar a logros semejantes en Chile y en todo el mundo. Y por lo demás, parafraseando la respuesta ante la desesperanza que escuché de alguien a quien conocí hace unos días, los porfiados no podemos hacer otra cosa que seguir porfiando. Como quien dice, la que nace chicharra, muere cantando.

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