UNA TORPE PROPOSICION PARLAMENTARIA

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MANUEL ACUÑA ASENJO

Resulta difícil saber, a menudo, si ciertas expresiones, intervenciones o actitudes de nuestros gobernantes constituyen o no proposiciones serias o son, simplemente, humoradas o bromas de mal gusto. Las reflexiones precedentes se nos vienen a la mente a propósito de una proposición que ha planteado la flamante diputada Camila Vallejo, a nombre de la organización que representa en el Parlamento, en virtud de la cual se propone la supresión de la frase con la cual se abren las sesiones de esa Cámara ‘en el nombre de Dios’.

Entre los fundamentos que se entregan para justificar tal iniciativa se señala, por una parte, que ella constituye un ‘anacronismo’; por otra, que es inconstitucional pues la propia Constitución establece la ‘laicidad’ del Estado chileno.

Dejemos de lado la referencia a la constitución pinochetista, que suponemos una humorada de la parlamentaria, y preocupémonos del ‘anacronismo’ que sí lo es y de lo cual no cabe la menor duda. Poco o nada vale la pena discutirlo. Lo que sorprende, sin embargo, es que dicho anacronismo no sea el más importante de todos los que existen en nuestro entramado legislativo. De hecho son más graves otras normas de relaciones sociales emanadas, precisamente, del Parlamento del cual Camila Vallejo forma parte pues ellas robustecen la división de clases en nuestra sociedad. A manera ejemplificativa podemos señalar el trato dado a los ‘honorables’ diputados y senadores, a sabiendas que, por regla general, poco o nada tienen de ‘honorables’. O el tratamiento dado a las Municipalidades —‘ilustres’— y a las autoridades municipales. O, a los jueces (‘usía’, ‘su señoría’), a las Cortes de Apelaciones y a ‘su Señoría Ilustrísima’ que es la Corte Suprema, tratamientos que no sólo son honoríficos sino ponen de manifiesto la profunda división que nuestra sociedad establece entre quienes mandan y quienes son mandados. No parece necesario recordar aquí el trato de ‘Excelentísmo’ señor (o señora), dado al presidente de la República. Y así podríamos seguir.

Personalmente, me cuesta entender lo que ha pretendido nuestra flamante legisladora con esa proposición. Porque el momento en que ella ha sido formulada no es el mejor para la escena política de la nación, campo espacial cuya permanencia en el tiempo debería estar ella defendiendo por sobre todas las cosas en su carácter de actor político frente al fantasma cierto de la abstención.

En efecto, la población creyente del país no está solamente conformada por la religión católica sino, además, por el protestantismo en sus diversas calidades, por el judaísmo, por el islamismo y, quiérase o no reconocer, por la masonería, cuyas referencias al Gran Arquitecto del Universo GADU son de sobra conocidas. Crear un eventual conflicto artificial con todas esas creencias en los momentos en que el pacto Nueva Mayoría se encuentra seriamente amenazado por las rencillas internas de poder, constituye, por decir lo menos, un desatino. Eso, en primer lugar.

En segundo lugar, porque constituye la mejor manera de entregar a los sectores que representan naturalmente a las clases dominantes (pacto ‘Chile Vamos’) armas para destruir las alianzas de quienes se supone deberían representar el interés de las clases dominadas. De hecho, gran parte de la bancada demócratacristiana ya ha manifestado su molestia con la iniciativa, al igual que representantes de la UDI y de otras organizaciones políticas.

Y bastaría ese hecho para calificar la propuesta como una torpeza. Sin embargo, existe algo más grave aún: evidencia un criterio, una idea motriz que antepone las actuales necesidades del país y las retrotrae a una época anterior en donde la discusión entre materialismo e idealismo era el tema obligado de la juventud ilustrada, debate inactual, que ya no ocurre, y que, por lo mismo y por los avances de la ciencia, ha sido arrojado al tacho de la basura.

Es comprensible que una persona con ideas diferentes a las que ilustraron a quienes incorporaron semejante práctica en nuestros institutos legislativos pueda proponer suprimir esa costumbre reemplazándola por otra diferente cual es hacerlo en nombre de la Patria, de las organizaciones populares o de ese sujeto extraño ( el ‘pueblo’) del cual el propio Karl Marx —más preocupado de emplear el concepto de ‘clases sociales’ en sus enseñanzas— hacía mofa1.

Cuando la física, en pleno siglo 21, nos habla de las partículas elementales (quarks, bariones, mesones, bosones, fermiones, gluones, gravitones, leptones, neutrinos, positrones, entre otras), y con ello nos enseña la difícil línea que divide lo material de lo espiritual, incorporar como problema importante del país la creencia en una divinidad o, lo que es igual, discutir si acaso la apertura de las sesiones del Parlamento han o no de hacerse ‘en el nombre de Dios’, nos parece, más bien una tomadura de pelo.

Lo trágico es que una parlamentaria, elevada a ese rango por sus luchas en defensa de los derechos estudiantiles, haya planteado dicho tema como algo relevante en un período como el que atraviesa la lucha política de la nación nos parece, simplemente, un desatino.

El debate, no obstante, tiene algo especial. A nuestro entender, tiende un manto de oscuridad sobre los reales problemas del país y desvía la atención hacia cuestiones superfluas, como ocurriera cuando ciertos diputados quisieron regular a través de una ley la colocación de saleros en las mesas de los restaurantes.

¿No es, acaso, más relevante resolver los graves problemas que existen en el país y que no han sido resueltos por la coalición de la cual la flamante diputada forma parte? ¿No sabe que existe un estado de beligerancia en el centro de la nación con la etnia mapuche y que eso puede acarrear severas consecuencias de no ponérsele pronto atajo? ¿Acaso no hay otros problemas importantes que atender, como lo es el caso de los niños del SENAME, maltratados por el Estado y, en especial, por esa coalición de la que ella es miembro activo? ¿Ignora la parlamentaria que dos partidos de esa misma coalición se disputan el control y dirección del SENAME en tanto los niños chilenos en situación de abandono mueren apuñalados o ‘de tristeza’, como lo señalara eufemísticamente una de sus directoras? ¿No es importante que, en medio de la discusión acerca del término del régimen de las AFP nadie entre a debatir acerca del destino que deberían tener esos 175 mil millones de dólares que administran dichas instituciones a nombre de sus imponentes? ¿No es interesante debatir cómo hacerlo? ¿No es acaso más importante preocuparse del creciente endeudamiento del Estado chileno que, nuevamente, supera los márgenes de la producción? ¿O de la falta de presupuesto para llevar adelante el proceso constituyente prometido por la Primera Mandataria en su discurso de 21 de mayo de este año? ¿Y qué decir del puente Cau-Cau, en la región de Los Lagos?

Personalmente no entiendo a una parlamentaria que propone como noticia central de su agenda legislativa semejante bodrio.

Hace un tiempo atrás escribí acerca de las proposiciones de los parlamentarios hechas, presumiblemente, en sus momentos de ocio. Y digo, presumiblemente, porque no quiero pensar que estamos en manos de una jauría de desatinados. Porque ponerse a legislar sobre si es necesario prohibir o no en los restaurantes del

país el uso de los saleros, el aumento de las penas a quienes desafían a la autoridad, la conveniencia de dictar una ley que reprima las críticas a la autoridad vía Internet o ‘ley de represión de los memes’, el aumento las penas carcelarias (como lo hace el senador Harboe) por la comisión de delitos no parece una labor digna para personas que reciben por su trabajo tan altas remuneraciones y privilegios2.

Si cuesta creer que la proposición haya sido hecha a nombre de un partido como lo es el Comunista, tremendamente cuidadoso en sus relaciones con otros partidos y respetuoso de las creencias como hasta ahora lo ha demostrado, queda tan sólo suponer que la parlamentaria ha estado un poco ávida de publicidad, hecho que demuestra cuando comunica a través de las redes sociales su cambio de vida y su nueva pareja.

Proposiciones tontas como la señalada explican, pues, que la población chilena, en cada proceso eleccionario, vaya distanciándose cada vez más de la escena política de la nación para concentrarse preferentemente en la solución de sus problemas personales acentuando con esa actitud aquel rasgo de individualismo que buscara imponer la dictadura pinochetista. Porque con ese tipo de representantes que evidencia a cada momento su incapacidad de entender la función social que les compete parece difícil arribar a puerto seguro.

Tener la capacidad para descubrir lo que ha de realizarse en el momento y lugar precisos respecto del sujeto social también preciso es una de las condiciones básicas que debe mostrar un parlamentario en sus actitudes diarias de desempeño como tal. Cuando eso no ocurre, la persona elegida debe ser criticada. Y la crítica debe ser despiadada. Total, colocarse en la vitrina social no sólo implica ascender en el status de las remuneraciones sino, además, exige sacrificios.

Santiago, octubre de 2016 1 Véase, al respecto, el texto completo de la obra de Karl Marx ‘El dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte’ en donde las irónicas referencias al ‘pueblo’ se encuentran repartidas en numerosos de sus capítulos, invitando a no emplear esa palabra. 2 Véase, al respecto nuestro artículo ‘Una visión crítica de la autoridad’, de septiembre de 2014.

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