La Educación en los Tiempos Modernos‏

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La reforma de la Educación se limita a la forma contable. ¿Quién hace el cheque? Y desde luego a la extensión del dominio de los beneficiarios: sostenedores y comerciantes de un saber transformado en mercancía. La Educación no es eso. Lo sabían en el siglo XIX. En Sévérac-le-Chateau, pueblo medioeval del sur de Francia, Luis Casado encontró un libro luminoso. Publicado en el año 1895, sus enseñanzas son infinitamente más modernas que los discursos de Adriana Delpiano y las intenciones de Michelle Bachelet.

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La Educación en los Tiempos Modernos


“Acuso toda violencia en la educación de un alma
tierna que es formada para el honor y la libertad”

Montaigne


Escribe Luis Casado


Corría el siglo XVII cuando la palabra Educación entró en el lenguaje corriente para designar el arte de criar, o formar a la niñez. Hasta entonces se le “instituía”, o se le entregaba un “alimento” espiritual. Como lo entendemos ahora, la educación es propia del hombre. ‘Adiestramiento’ conviene para los animales. ‘Cultivo’, para las plantas.

Porque es apto a gobernarse por sí mismo, a devenir una persona moral, el hombre es susceptible de ser educado. Para lograrlo, necesita la razón, la reflexión. Como a su nacimiento carece de ellas, es la razón de otros hombres la que lo educa.

Lo que precede proviene de un manual de Pedagogía del siglo XIX que encontré, –junto a un viejo texto sobre historia de literatura griega, latina y francesa–, en Sévérac-le-Château, pueblito medioeval del sur de Francia (Aveyron). Elbouquiniste me cobró 50 centavos de euro, unos 400 pesos.

El manual sostiene que existe una ciencia de la Educación, precisando que “es un arte, una habilidad práctica que no se limita al conocimiento de algunas reglas, que requiere de experiencia, cualidades morales, una cierta calidez del corazón y una verdadera inspiración de la inteligencia.” ¡Wow! O si prefieres, ¡Guau!

Me parece ver a mis maestros de la escuela pública, laica y gratuita –esa que nos legó Pedro Aguirre Cerda– que vivió hasta que la asesinaron en dictadura y la enterraron en Concertación.

El autor del manual pretende –con razón– que “La Educación no existe sin un educador, como la poesía no existe sin un poeta”. Ese educador “le da vida, por medio de sus propias cualidades, a las leyes abstractas y muertas de los tratados de Educación”. No sé tú, pero a mi me parece un buen comienzo.

La Educación tiene dos protagonistas principales, –educador y alumno–, que suelen ser olvidados, excluidos, despreciados e ignorados en medio de un patético cacareo relativo a la ley de la oferta y la demanda y a la insustituible labor de los ‘sostenedores’.

Un ‘sostenedor’ en Francia es un cafiche, un proxeneta, un chulo, un macarra, un fiolo. En Chile es un empresario que busca maximizar su utilidad, –el lucro–, como cualquier otro empresario.

La prohibición del lucro en la Educación actúa como un catalizador de su codicia, del mismo modo que la prohibición del alcohol en los EEUU (1920-1933) estimulaba las ansias de una buena curda. Venerables familias estadounidenses –como los Kennedy– construyeron su fortuna en el tráfico de alcohol, actividad tanto más lucrativa cuanto más cercana a la mafia. La similitud con algunas familias chilensis es sobrecogedora.

El manual que te cuento aconseja no confundir Pedagogía y Educación, visto que la primera es la teoría de la segunda, y la segunda la práctica de la primera. Conviene saberlo porque algunos pedagogos –que ostentan el título de “expertos”– elaboran teorías onanistas con el objetivo de satisfacerse a sí mismos. A los educadores y a los alumnos les pueden dar morcilla.

Donde el tema se pone peliagudo, es cuando comprendes que la Educación es una acción premeditada, intencional, que la voluntad de un hombre, de una institución o de una empresa, ejerce sobre el niño, o el alumno, con la intención de instruirlo o formarlo. Definir pues la Educación, sus contenidos y sus formas, así como sus objetivos, adquiere una importancia primordial. Comenzando por el sujeto, –el niño, el alumno–, y sus necesidades. No las del mercado, ni las que pergeña un “experto” en nombre de la infancia.

Jules Simon, filósofo y hombre de Estado francés, tenía su opinión: “La educación es una operación por la cual un espíritu forma un espíritu y un corazón un corazón.” Otra definición pretende que “La educación es un conjunto de acciones intencionales por las cuales el hombre trata de elevar su prójimo a la perfección”. Menudo programa. Kant rogaba educar los niños sin buscar su éxito en el estado presente de la sociedad humana, sino en vistas de un estado mejor, posible en el futuro, de acuerdo a una concepción ideal de la humanidad. Por su parte, James Mill –padre de John Stuart– era apenas más pragmático cuando escribía: “La Educación tiene por objeto hacer del individuo un instrumento de felicidad para sí mismo y para los otros.”

Y todo eso… ¿se cobra cuanto? Buena pregunta. De eso se ocupan los sostenedores, los empresarios de la Educación y el Mineduc –el Estado– cuya labor se resume a distribuir el billete. En todo caso, los pensadores del siglo XIX ni siquiera mencionan un eventual papel del mercado en la Educación, y aún menos una eventual ‘rentabilidad’ que lograría el alumno invirtiendo en la suya propia.

A Rodrigo Valdés, que se inquieta del coste de la ‘gratuidad’, habría que ofrecerle el consejo de Derek Bok, ex presidente de Harvard (1971-1991): “Si Ud. piensa que la Educación cuesta caro, pruebe con la ignorancia”. Derek Bok es conocido por sus importantes iniciativas contra la mercantilización de la educación y las desviaciones de la función educativa de la universidad.

Si se trata de desarrollar las facultades naturales de la niñez y de la juventud, los pensadores del siglo XIX estimaban necesario ocuparse de la inteligencia, de los sentimientos y de la voluntad, sin olvidar las capacidades físicas. Tú ya sabes,mens sana in corpore sano. Horace Mann, pedagogo estadounidense, agregaba:“La educación consiste, finalmente, en el desarrollo de los sentimientos morales y religiosos que, con la ayuda de la naturaleza y la Providencia, nos conducen a someter nuestros apetitos, nuestras inclinaciones y nuestros deseos, a la voluntad suprema.”

Evitar, o facilitar, la imposición de una determinada forma de visión filosófica del mundo, materialista o idealista, trascendente o inmanente, es una de las cuestiones mayores que plantea la Educación.

Allá por el año 1974, desde mi habitación del exilio en La Habana, cada mañana escuchaba a los niños de la Organización de Pioneros José Martí cantar el himno de Cuba antes de gritar al unísono el lema adoptado en el año 1968: “Pioneros por el comunismo… ¡Seremos como el Ché!”

Someter sus apetitos, inclinaciones y deseos a la voluntad de dios, o ser como el héroe de la Revolución Cubana, no constituyen, a priori, una facultad natural que hubiese que desarrollar. A menos que ‘elevarse a la perfección’ o ‘ser feliz’ equivalga a obedecerle a un dios, o a imitar un modelo icónico. El tema trae tela…

La Iglesia siempre jugó un papel no despreciable en la Educación. Louis XV (1715-1774) intentó vanamente limitar el monopolio ejercido por la Iglesia francesa con el apoyo irrestricto del Vaticano, con una fórmula que le otorgase un papel relevante al Estado, o sea a la monarquía absoluta. Si para Louis XV el monopolio eclesiástico representaba un desafío a su poder, las consideraciones financieras no eran ajenas a su impaciencia. Durante siglos la Educación ha sido fuente de ingentes recursos financieros y de poder, o de influencia en quienes detentan el poder. La Iglesia lo sabe, usa y abusa.

Lo que plantea abiertamente dos cuestiones ya presentes en las líneas precedentes:

a) ¿Quién ejerce –o debe ejercer– la acción premeditada e intencional de educación sobre el niño, o el alumno, con la intención de instruirlo o formarlo?,
b) ¿Quién debe cubrir los costos de la acción educativa?

La República, cuya versión moderna nació en el siglo XVIII, respondió de manera clara: el Estado, en tanto representante de la voluntad general y del interés general. “Después del pan, la educación es la primera necesidad del pueblo”afirmó Danton.

La Educación como un derecho, muy lejos de la visión piñerienta de la Educación como bien de consumo. La educación como una acción positiva, destinada a desarrollar integralmente las facultades naturales del ser humano, para abrirle la vía a su propia felicidad y a la de aquellos que se sitúan en su entorno.

Los pensadores del siglo XIX no olvidaron la otra forma de Educación, muy distinta a “la Educación general, esencial, que le conviene a todos”: la“Educación profesional, técnica, que prepara solamente a una profesión o un oficio determinado”. No obstante, a su juicio, los cimientos están en la llamada ‘Educación liberal’:

“Si los hombres son libres, libres moralmente en la conducción de sus acciones, libres políticamente por su participación en el gobierno de la sociedad de la que hacen parte, ¿no es evidente que tienen todos el derecho, cualquiera sea su condición, a una educación liberal que esclarezca y libere su espíritu y su voluntad?”

Educar ciudadanos o adiestrar productores, la alternativa no es nueva. Formar hombres libres, capaces de pensar y de reflexionar, de interpretar y de criticar, o programar una suerte de robot como el que interpreta magistralmente Charles Chaplin en Tiempos Modernos.

Ninguna de las cuestiones planteadas más arriba está presente en la “reforma de la educación” impulsada por el gobierno, que limitó su miserable ambición a las cuestiones de intendencia. La Educación es asimilada a una cuestión material, financiera, en la que el lucro puede y debe infiltrar su mal odorante trasero.

Quién paga es una cuestión que en el fondo no tiene sentido: directa o indirectamente los aranceles son cubiertos por una parte del PIB. Bajo la forma de salarios, pasando por los hogares, o bajo la forma de impuestos, pasando por el Estado. El tema se desplaza a la cuestión de saber quién paga impuestos. En Chile: los hogares, los asalariados.

Los educadores, simples ejecutores de las “políticas públicas”, deben cacarear fielmente los programas y consignas venidas de arriba, cobrar moderadamente por ello, y callar. En un esquema ‘educación-bien-de-consumo’, su papel consiste en cebar, hartar, cansar, justificar el pago del arancel. Olvidando que, como dice Michel Tardy, “La Educación no consiste en atiborrar sino en dar hambre.”

Así los maestros pierden su alma, su honor y su dignidad, así como el eminente papel que Louise Michel, eminente educadora, les asignaba en el siglo XIX:

“La tarea de los maestros, esos oscuros soldados de la civilización, es darle al pueblo los medios intelectuales para rebelarse.”

La versión chilensis invirtió los papeles, las misiones, los objetivos y por consiguiente los resultados. De poco ha servido –hasta ahora– marchar por las calles de Santiago, reclamar los derechos conculcados, invocar la razón. La ‘dura ley del mercado’ se impuso por encima de la ley de los hombres. La Educación es mercancía.

“Sería mejor en ese caso que yo fuese a prevenir la justicia. En ese caso, dijo con amargura el joven vagabundo, Ud. encontrará magistrados, pero no encontrará la justicia.” (Louise Michel. “La Miseria” – 1882).

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