Legislación del trabajo: la piedra en el zapato‏

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Human Resource Challenges - Compensation

La legislación del trabajo está en peligro en el mundo entero. Gobiernos a la orden de los patrones intentan hacer triunfar el trabajo precario, el cuentapropismo, la servidumbre que prevaleció en la Edad Media. Para ellos todos los medios son buenos, sobre todo las ‘reformas laborales’… De paso pretenden que la lucha de clases no existe… Luis Casado lo explica como siempre: con manzanas…

lucca brasi

Legislación laboral: la piedra en el zapato


El Banco de España pide menos protección para los empleos fijos
(Portada del diario El País – 4/06/2016)


Escribe Luis Casado


El mundo asiste impasible a las luchas sociales que sacuden la Francia de François Hollande. Sin embargo, lo que está en juego afecta a los trabajadores del mundo entero. El fondo de la cuestión es relativamente sencillo: ¿qué quedará de la legislación laboral que consagra los derechos de los asalariados?

La moneda única y los tratados que la Unión Europea impuso por encima de la soberanía y la voluntad de los pueblos europeos transformaron a los currantes en una simple variable de ajuste.

Para ganar ‘competitividad’ –confusa noción asimilada a lo barato– tienes que reducir la masa salarial y cepillarte los derechos alcanzados en siglos de luchas sociales. Reducir los impuestos aplicables a los beneficios corporativos también es plan. Las transnacionales asimilan la ‘atractividad’ de cada país a hacer lo que les salga de las narices.

La Ley del Trabajo, que el gobierno de Hollande aprobó por decreto al no lograr mayoría en la Asamblea Nacional, le pone fin a la semana de trabajo de 35 horas, limita las indemnizaciones por despido, y simplifica los despidos consagrando el interés económico de las empresas. Los herederos de Gavroche no se lo tragaron: el resultado es una vasta movilización social en toda Francia.

La ‘flexibilización del mercado del trabajo’ es la panacea contra el desempleo. El ideal sería hacer de cada currante un ente uberizado. Disponible siempre, a tarifas reducidas, sin derechos, sin horarios, sin impuestos ni cotizaciones sociales, desechable apenas su labor terminada.

Sin embargo, el desmantelamiento de los derechos laborales en Francia –comenzado en los años 1980– sólo ha logrado multiplicar por siete la masa de trabajadores sin empleo.

Las reformas que no osó realizar el gobierno de Nicolas Sarkozy, son ahora impulsadas por un gobierno dizque ‘socialista’. La derecha lo agradece empujando del lado del precipicio: mayoritaria en el Senado –en donde continúa el trámite legislativo– se apresta a endurecer el proyecto.

Los Iznogud que pretenden la candidatura a la elección presidencial del 2017 pujan pour péter plus néolibéral que el vecino. Es un anticipo de lo que harían si la derecha regresa al poder.

La Unión Europea –que debía aportar empleo, estabilidad, mejor nivel de vida, paz y seguridad– no hace sino precarizar a centenares de millones de europeos en el altar de la competitividad y la mundialización.

Coincidentemente, en Chile, el gobierno de Michelle Bachelet tiene su propio proyecto de reforma laboral. El tema es universal, como es universal la exigencia de rentabilidad del gran capital. Un elemento común une los dos proyectos: en ambos casos los sindicatos son la piedra en el zapato.

La gran empresa ve con malos ojos el ‘monopolio sindical’ en las negociaciones colectivas. En realidad no soporta las negociaciones. Que sean colectivas le genera sarpullidos. Francia y Chile buscan eliminar el ya reducido poder del sindicalismo.

Menos hipócrita, la derecha chilena lo proclama: cada asalariado debe negociar –individualmente– su salario y sus condiciones laborales. Es lo que llama ‘libertad de trabajo’. Las negociaciones colectivas por rama industrial –e incluso por sindicato– deben desaparecer. Precedidas por el derecho a huelga.

El razonamiento del primer ministro francés, el ‘socialista’ Manuel Valls, no anda lejos. Para Valls ‘la izquierda aún no se ha modernizado’. Le molesta el ‘arcaísmo’ de las centrales sindicales que no entienden los sacrosantos intereses del gran capital, ni las exigencias de la ‘guerra económica’, ni la dura ley del mercado.

Manuel Valls quiere hacer desaparecer ‘las barreras psicológicas’ que impiden la creación de empleo. Entre esas barreras está la legislación del trabajo. Para este tipo de genio la mejor legislación laboral es la que no existe.

Con sindicatos debilitados al extremo, sin leyes que protejan la mano de obra, con un discurso en plan win-win, sería fácil transformar la lucha de clases en una lucha entre los asalariados. Thomas Piketty ha teorizado el tema.

En el tercer capítulo de su libro “La economía de las desigualdades”, Piketty explica cómo y porqué la causa mayor de las desigualdades no reside en la injusta distribución de la riqueza entre el capital y el trabajo, sino en la desigual distribución de los salarios entre los asalariados.

Con abundancia de datos estadísticos y referencias históricas, Piketty intenta demostrar que la lucha de clases no sirve, no ha cambiado nada ni produjo ninguna modificación sustancial de la distribución de la riqueza. Ergo… más vale dedicarse a luchar por la pinche porción que el sistema le reserva a los asalariados.

Como lo pone el mismo Piketty: “hay que abandonar la idea de un mundo en donde se suponía que el trabajo es homogéneo y en el que sólo domina la desigualdad capital/trabajo”, para “analizar ahora la formación de las desigualdades de los ingresos del trabajo”.

Ya ves que las leyes que protegen a los asalariados salen sobrando. Son la piedra en el zapato, y por eso hace falta un Luca Brasi para hacer el trabajo sucio. La derecha y la dizque ‘izquierda’ comparten el diagnóstico, urbi et orbi.

Pero no será tan fácil: hay millones de trabajadores y miles de sindicatos ‘arcaicos’ dispuestos a defender las conquistas tan duramente ganadas. No obstante, la ausencia de solidaridad con la pelea que llevan adelante los trabajadores franceses augura muy mal del futuro de la legislación del trabajo en el mundo. Y de la simple posibilidad de acceder a un empleo digno, pagado decentemente.

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