El enemigo es el sistema‏

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Un tongo es una falsa pelea, incluso en el ámbito ideológico. Por eso no conviene equivocarse de enemigo. Arturo A. Muñoz dice que Alianza y Concertación no son sino las dos caras de Jano, detrás de las cuales se esconde el mismo dios, el del dinero.

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El enemigo no sólo es la derecha… es el sistema


El sistema no se toca… se puede atacar a la derecha, a la centro derecha y a la seudo izquierda oficial, pero el sistema es intocable…


Escribe Arturo Alejandro Muñoz


Si algo poderoso han logrado en estos veintiséis años de cohabitación gubernamental la Concertación (hoy Nueva Mayoría) y la Alianza, ha sido que en política la gente pierda el norte y extravíe el camino. Fueron hábiles, sin duda, pues supieron poner en la palestra una lucha de menor cuantía que hablaba de adversarios a derrotar, cuando en estricta realidad con tamaña argucia se protegía el asunto principal: la fortaleza de un sistema que es la fuente de sus ingresos.

Ni siquiera los jefes militares de la dictadura cívico-militar contaron con tamaña maravilla: apropiarse de los recursos e instituciones del país de manera ‘legal’, merced al andamiaje de un sistema estructurado ex profeso para el robo y la corruptela.

La reciente frase de José Miguel Insulza, apóstata del progresismo, viene como anillo al dedo para confirmar lo dicho: “Atacando todos los días a los ministros, en lugar de atacar a la derecha, estamos creándonos problemas”.

Para Insulza (no se equivoca en ello) los ministros son “parte viva del sistema”. Lanzarle dardos a la derecha es un eficaz distractor que engatusa a la ciudadanía con una teatral confrontación política que no es sino la obra bien armada y mejor actuada que conocemos como “democracia de los acuerdos”.

Supongamos que en los próximos comicios –parlamentarios y presidenciales– la derecha es derrotada por la actual coalición gobiernista. ¿Habría algún cambio de fondo, estructural, de peso, en el sistema económico imperante? No maquillajes varios ni pintura de reposición, sino medidas que vayan en franco beneficio del país y de su gente.

Por ejemplo (por nombrar algunas) la renacionalización del cobre y de todos los minerales, la recuperación del mar, el fin definitivo del actual sistema de pensiones reemplazado por uno solidario, legislación en beneficio de los trabajadores y su derecho a sindicarse para negociar por rama industrial, etc.

¿Lo haría el triunfador? Por supuesto que no. Desde el año 1990 la Concertación ha movido sus piezas para evitar decisiones de ese calado.

En palabras simples, la actual Nueva Mayoría (la vieja Concertación) siempre aspiró a triunfar en las eleccciones, pero cruzando los dedos para no obtener una victoria que significara contar con mayoría en ambas cámaras, lo que permite reformar la Constitución sin necesidad de los votos derechistas.

Nunca se trató de gobernar en beneficio de los chilenos y del país, sino mediante acuerdos que beneficiasen en lo principal a los viejos adversarios. Lo importante, lo único que interesaba, era oxigenar y administrar el sistema económico impuesto por los ‘chicago boys’ a través de un grupo de militares ignorantes en materias de Economía, pero dispuestos a seguir las instrucciones de los dueños del coso.

Más allá de los dimes y diretes tan propios de las discusiones estériles, ¿qué diferencias de fondo puede usted, amigo lector, señalar entre los programas de gobierno ofrecidos por la Concertación y la Alianza? ¿O entre lo realizado por Aylwin/Frei/Lagos/Bachelet con lo que siempre han propuesto Lavín/Piñera/Allamand?

Ejercicio inútil, tan inútil como sería buscar diferencias sustanciales –en lo económico, social y político– en los artículos publicados por EMOL y COPESA.

Si se lucha contra la derecha, sin atacar las raíces del sistema, se está consolidando este último. Lo mismo ocurre si se lucha contra la Nueva Mayoría. Ambas coaliciones son las dos caras de una misma moneda, socias en la depredación del país. Por eso son inmunes a las críticas públicas de sus altos niveles de corrupción, así como han salido –hasta ahora– indemnes de sus traiciones no sólo al electorado sino a sus propios principios.

Los candidatos de esos bloques hablan de “mejorar el sistema”, pero ninguno de ellos apunta a “cambiarlo.” Ni siquiera se atreven a ofrecer su concurso para derribar algunas de las más clasistas y predadoras normas del mismo. El sistema no se toca… esa parece ser la frontera de todo candidato y de toda autoridad actual.

Para emborrachar la perdiz y engañar al ciudadano de a pie con el cuento de “cuidar la democracia”, aplican el viejo y gastado truco cinematográfico del “policía bueno y el policía malo”. Bueno seré yo, malo será el otro… y jugaremos a las cambiaditas según quién se desee embaucar.

Eso explica la actuación de ciertos dirigentes de la Nueva Mayoría ante las reformas impulsadas por el Ejecutivo. Se alinearon, durante la campaña electoral, con el programa ofrecido por Michelle Bachelet con la mente puesta en determinados cargos y prebendas. Pero cuando las iniciativas de ley de La Moneda tocaron –tibiamente– reformas que eran prioritarias, esos mismos dirigentes comenzaron a echar pie atrás.

El sistema no se toca… se puede jugar al “rati bueno y al rati malo”, el tongo puede ser muy realista, pero el sistema es intocable, con él no se juega.

Eso fue lo que dijo José Miguel Insulza. Y si no lo dijo textualmente, es la lectura que conviene hacer de tales declaraciones. “El sistema no se toca”… Usted lo comprobará no bien comience a escuchar las ofertas, ofertones y promesas de la multitud de candidatos del duopolio para las próximas elecciones parlamentarias.

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