Nuestro Canto… el canto nuestro‏

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El ‘pago de Chile’ es una tradición vernácula, más propia que las empanadas (que vinieron de afuera) o que el chacolí (que nos llegó del país vasco: txacolí). Hombres y mujeres arriesgaron el pellejo para salvar nuestro canto, la poesía popular, la libertad de expresión, nuestra cultura… Y cuando llegó la dizque ‘alegría’ fueron enterrados en vida. Miguel Davagnino demuestra que el canto popular goza de buena salud. Nos lo cuenta Luis Casado, en una parida un pelín musical… tikitikití…

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Nuestro Canto…


Escribe Luis Casado


Anda a saber por qué –sospecho que Vicho Larrea tuvo algo que ver–, Miguel Davagnino me distinguió con una invitación a la celebración de los 40 años de su emisión radial “Nuestro Canto”.

Hace unos días, se cumplió el cuadragésimo aniversario de una emisión cultural que nació en los momentos más duros de la dictadura, exactamente el 1º de mayo de 1976, en Radio Chilena, gracias al decidido apoyo del cardenal Silva Henríquez.

De ese modo se erigió, a las narices de un régimen sórdido y letal, un jardín en el que reflorecieron las voces acalladas. Hay instantes de la Historia en los que la expresión del pensamiento se hace peligrosa. Sócrates, Cervantes, Molière, Voltaire, Diderot, entre otros, sufrieron la experiencia.

En Chile, en medio de la noche oscura, hubo el faro.

Decimistas, cantores, payadores, puetas, escritores, músicos, compositores, ilustradores, creadores de todo tipo encontraron en Nuestro Canto la adarga quijotesca que les ofreció tribuna al tiempo que les servía de abrigo. Así pudieron surgir ‘peñas’, ‘picadas’ y otras manifestaciones de la cultura popular bajo ese frágil pero valiente paraguas.

En la antigua Galia, el escudo simbolizaba la soberanía y, levantado por dos o tres guerreros, le servía de tribuna al jefe de tribu que conducía la lucha contra el opresor. Eso, y mucho más, fue Nuestro Canto.

Hace lustros, en plena dictadura, al final de una acción solidaria en Strasbourg, el compatriota que me albergó me hizo escuchar un cassette con una emisión de Nuestro Canto. La recuerdo porque los versos de un payador se quedaron grabados en mis sinapsis neuronales:

En la escuela me enseñaron
En la escuela me enseñaron
Que somos seres humanos
Que somos todos hermanos
Eso me lo recalcaron…

La sala de la Corporación Cultural de Providencia estaba repleta el lunes, y Miguel Davagnino, conmovido, vio reaparecer ante sus ojos a los sobrevivientes de la aventura. El poder de convocatoria sigue intacto. Hubo quién tomó un avión desde Calama para no faltar a la cita. ¿Nombres? Harían falta muchas páginas. Digamos simplemente que el maestro Valentín Trujillo, precisando tener “43 años más que la emisión Nuestro Canto”, creó un maravilloso instante de placer e intensa emoción poniéndose al piano para recordar de lo que es capaz la creación popular.

Julio Pardo, destacado compositor argentino, mi amigo y maestro, me enseñó que la música es un lenguaje de derecho pleno, y que no vale intentar explicarla con palabras de otro lenguaje, con un idioma que juega en otras ligas. Pero la música suele ir acompañada de textos. Por eso las dictaduras desconfían. Del mensaje. Les inquieta el mensaje.

Si la fuerza y la profundidad del surco que cavó Nuestro Canto quedaron en evidencia por la presencia multitudinaria de los numerosos artistas y de los miles de auditores que siguieron la celebración en directo, su gigantesco poder ético y moral fue consagrado por la ausencia de quienes no estuvieron.

Se notó demasiado la inasistencia del mundillo de la política. No lo digo por la alcaldesa de Providencia, ni por el pinche ministro de la Cultura, ni por el distinguido areópago de parlamentarios que son a Nuestro Canto lo que una cámara de vigilancia al cine, sino por el despiste de la progresía revolucionaria tan inmune a la cultura. Mucho gritito, mucha consigna, pero a la hora del reconocimiento de quienes se jugaron la libertad y la vida cuando las papas quemaron… un vacío sideral.

Curiosamente, la Iglesia estuvo ausente, aún cuando fue un Cardenal quién tuvo la lucidez para adivinar que no se puede matar ni torturar el sentir popular, y el coraje para cubrir la resistencia cultural con el manto protector de su ministerio.

Las universidades no estuvieron. Los eminentes establecimientos de la dizque enseñanza superior mostraron su inferioridad. Nuestro Canto no tiene cabida en sus ‘emprendimientos radiofónicos’. La ‘academia’ no se mezcla con los picantes que no lograron diplomas. Cuando uno piensa que Víctor Jara fue acogido por la Radio de la Universidad Técnica del Estado que se transformó en el vector de su genio…

Las organizaciones estudiantiles, universitarias y secundarias, brillaron por su ausencia. Aún cuando tienen atenuantes, ocupadas como están, luchando para obtener lo que les niegan desde el advenimiento de la dictadura y, porqué no decirlo, desde la llegada de ‘la alegría’ que mató Nuestro Canto.

Que un representante de las FFAA hubiese venido a pedir perdón hubiese sido una gran sorpresa. No la hubo. No importa. Georges Clemenceau, que le enseñó al miliquerío francés cómo ganar una guerra –la Primera Guerra Mundial – decía que basta con agregarle el adjetivo militar a una palabra para que ella pierda su significación. Clemenceau daba dos ejemplos: Justicia y Música.

Un saludo de Palacio era aún más improbable, tomando en cuenta que la ocupante de turno es más proclive a rendirle homenaje a la ‘familia milicar’. La pequeñez está de moda en el campo de flores bordado.

Uno termina por pensar que no sólo las dictaduras temen el mensaje que envía Nuestro Canto, o si prefieres, el canto nuestro. ¿Cómo aseptizar los versos de Violeta Parra?

Linda se ve la patria señor turista,
pero no le han mostrado las callampitas…

Nuestro Canto vuelve a salir al aire, en Radio Cooperativa (93.3 Mhz FM), del 23 al 27 de mayo, a las 23:00 hrs. Su futuro depende de ‘los gentiles auspiciadores’, porque la apostasía que gobierna no tiene ni quiere cultura.

Entenderlo es fácil, mientras sigan tan terriblemente actuales los versos de Violeta Parra:

El minero produce buenos dineros,
pero para el bolsillo del extranjero…

Al medio de Alameda de las Delicias,
Chile limita al centro de la injusticia

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