Cervantes en cautiverio‏

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El 22 de abril se cumplieron cuatrocientos años de la muerte de Miguel de Cervantes, aniversario que marca el comienzo de un año excepcional para la celebración de la lengua y la literatura castellanas. En este contexto, Ariel Dorfman recuerda aquí una más que singular experiencia de lectura de Don Quijote de la Mancha: fue durante los días de 1973 posteriores al golpe de Pinochet, encerrado en la Embajada Argentina en Santiago de Chile junto a otras personas que esperaban un salvoconducto para salir del país y salvar así sus vidas. Leer el Quijote frente a un auditorio de asilados latinoamericanos, entre la violencia y la tristeza, marca un paralelo con la vida del propio Cervantes y una obra que, como el Quijote, también empezó a gestarse en cautiverio.

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Don Quijote y Sancho Panza en dibujo de Picasso

Cervantes en cautiverio


Por Ariel Dorfman – Publicado por Página 12 – Argentina


De las muchas y diversas veces que, desde la adolescencia, me he puesto a gozar de Don Quijote de la Mancha, hay una, extraña y arquetípica y colectiva, de cuyo alcance no me quiero olvidar. Esa lectura, hace más de cuarenta años, junto a un grupo desesperado de hombres y mujeres cautivos, importa especialmente hoy cuando la conmemoración del cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes nos obliga a preguntarnos por la vigencia de su obra, si tiene ese escritor insigne, más allá del inmenso placer de leerlo, algún recado urgente y especial para nuestro turbulento siglo XXI.

Por cierto que Cervantes mismo, si resucitara para sólo ello, no habría imaginado a lectores más afines y perfectos para comprender la relevancia imperecedera de su literatura que aquellos que estaban hacinados en uno de los amplios salones de la Embajada Argentina en Santiago, a mediados de octubre de 1973. Afuera, a pocos pasos de nuestros cuerpos vulnerables, la muerte rondaba la ciudad. Un mes antes, el 11 de septiembre, los militares habían derrocado al gobierno democrático de Salvador Allende, inaugurando un reino de terror.

Durante el mes después del golpe, había vivido yo en la clandestinidad, apenas librándome de ser apresado por los servicios del General Pinochet, hasta que la Resistencia me ordenó pedir asilo en la Embajada Argentina. Una vez que logré trasponer dificultosamente la barrera de soldados y policías que trataban de impedir que los perseguidos encontraran amparo, me encontré con un espectáculo alucinante: casi mil hombres, mujeres y niños acampando desastradamente en habitaciones destinadas, hacía poco, a cócteles donde selectos y prístinos invitados eran agasajados. La escena rayaba en lo apocalíptico. Un jardín otrora opulento arrasado por la presencia desbordante de huéspedes indeseables. Cuerpos malolientes haciendo cola ante baños arruinados por el sobreuso y perpetuamente hambrientos debido a que la cocina era incapaz de alimentar tantas bocas ávidas. Y, sobre todo, un ambiente sofocante, sobre todo el hedor de la desolación y el miedo.

Leer Don Quijote era parte de un plan para combatir esa atmósfera deprimente durante las eternas semanas a lo largo de las cuales tendríamos que esperar salvo-conductos que las autoridades militares, por supuesto, tardaban en otorgar. Habiendo enseñado esa novela en la Universidad, amén del Persiles, la Galatea y las Novelas Ejemplares, había ofrecido hacer de guía de quienes quisieran explorar las bulliciosas aventuras del ingenioso hidalgo y su escudero, con la perspectiva de que sirvieran como antídoto a la tristeza y el duelo “en ese lugar donde toda incomodidad tiene su asiento y todo triste ruido su habitación”. ¿No era posible que cada uno de nosotros fuéramos, como quiso Cervantes, “movidos a risa”, y extrajéramos también alguna esperanza de un héroe que recorre con tenacidad los caminos de su España en pos de viudas que defender y huérfanos que auxiliar, sin que lo desalentaran los golpes que le llovían a raíz de sus deseos insanos de reanimar los ideales que su sociedad ya no valoraba?

Para obtener una copia del libro tuve que pedírselo al desagradable y fascista funcionario a cargo nuestro en la Embajada Argentina, de cuyo nombre definitivamente no quiero acordarme. El tipo comentó, en forma displicente, que deberíamos haber leído aquella novela antes de lanzarnos al estéril intento de liquidar la injusticia social en Chile. “Arremetieron contra molinos de vientos,” se burló, “y las aspas les dieron una merecida paliza, aunque dudo de que la gentuza asilada acá sea capaz de aprender otra cosa que huir como ratas.”

A pesar de tales desaires, el diplomático, quizás agradecido de que no solicitáramos manuales para fabricar bombas o los diarios del Che Guevara, terminó por hacer entrega de una copia de Don Quijote y así pudieron conocer a fondo ese libro sorprendente e irónico unos treinta damnificados que hasta entonces solo lo habían frecuentado en forma esporádica y siempre de una manera superficial. Además de algunos chilenos, la mayoría de estos improvisados lectores había arribado a nuestro país desde las revoluciones fracasadas de otras tierras latinoamericanas – Uruguay, Bolivia, El Salvador, Colombia, Guatemala, Brasil y, naturalmente, Argentina. Aportaban a la novela, por ende, una riqueza de experiencia y madurez, y una profunda fragilidad, que no poseían, sin duda, los jóvenes que habían estudiado conmigo en la Universidad. Muchos de aquellos asilados habían pasado períodos extensos en la cárcel, habían sufrido tortura y opresión y exilio, habían tratado de mantener viva, adentro de la caverna de la derrota y el desconsuelo, una sed por la justicia con que Cervantes, estoy seguro, hubiera simpatizado. Capaz incluso, dada su admiración por la Utopía de Tomás Moro, no se hubiera extrañado de algunos de los sueños socialistas que abrigábamos. Como estos lectores de la Embajada, Cervantes había sido víctima de una encarnizada adversidad, y también como ellos, sintió el desafío, mientras escribía las dos partes de El Quijote, de nutrir, en un mundo cruel, una paciente creatividad.

De hecho, la experiencia que definió la vida de nuestro Miguel, que lo transformó en el hombre y el artista que terminó siendo, fueron los cinco años aterradores y formativos (1575-1580) que pasó el manco de Lepanto en los “bagnos” (es decir, cadalsos) de Argel como prisionero de los piratas berberiscos. Fue ahí, en la frontera fluctuante donde el Islam y el Occidente se enfrentaron y entremezclaron, que Cervantes aprendió a valorar la tolerancia hacia aquellos que son diferentes, y ahí, también, que aprendió que, de todos los bienes a los que puede aspirar un hombre, el mayor es la libertad. Mientras aguardaba el rescate que su familia indigente no podía pagar, inquietado por la muerte cada una de las cuatro veces que intentó fugarse, presenciando los suplicios y ejecuciones de otros esclavos cristianos, ansiaba una vida sin muros despóticos ni grillos que lo maniataran a un dueño arbitrario. Pero una vez retornado a España, un veterano de guerra mutilado al que ninguneaban aquellos que lo habían mandado a pelear, una vez que se halló sin trabajo ni reconocimiento, en la medida que el desencanto y las traiciones se amontonaban, llegó a la conclusión de que si no podemos determinar los infortunios que saquean nuestros cuerpos, somos capaces, no obstante, de dominar la manera en que reaccionamos ante esa malaventura, podemos comprometernos en la tarea más crucial de emancipar nuestra alma.

Don Quijote deriva de esa revelación. En el prólogo de la Primera Parte de esa novela (1605), el autor advierte al “desocupado lector”, que su obra se engendró en una cárcel. Como Cervantes estuvo preso en múltiples ocasiones en su vida, siempre en forma injusta, siempre perseguido por magistrados venales e ineptos, no sabemos a ciencia cierta qué ciudad española merece el insólito honor de albergar la prisión donde los iniciales resplandores del Ingenioso Hidalgo vieron la luz, pero aquella experiencia traumática de un nuevo encierro, que le forzó a revivir el calvario de Argel, tiene que haberlo enfrentado al dilema que resolvió asombrosamente, para nuestro júbilo: o sucumbir a la amargura del desaliento o echar a volar las alas de la imaginación, probando que los seres humanos disponemos de una capacidad infinita, diríase divina, para superar el presidio inmediato y materialista de esta Tierra. El resultado, eventualmente, fue un libro que iba a empujar los límites de la creación, desencadenando su escritura de las ligaduras y linderos de la literatura previa, subvirtiendo toda tradición y convención que Cervantes había heredado. Un milagro: en vez de una diatriba rencorosa contra una España que ya decaía y que lo había rechazado y censurado, Cervantes inventó un tour de force tan juguetón como multifacético, fundando los cimientos para todos los abigarrados experimentos ambiguos que el género novelístico iba a sondear en los siglos venideros, una fuente de la que han bebido desde entonces todos los narradores.

Aclamado inauguralmente por su valor festivo y farsesco, los lectores gradualmente llegaron a reconocer que estaban viviendo, sufriendo, fantaseando en el mundo que Cervantes, por la primera vez en la historia de Occidente, había expuesto como digno de ser tratado con cuidadosa, minuciosa deliberación. Comprendieron que somos todos unos locos constantemente sobrepasados por la historia, seres frágiles poseídos por el espejismo de quiénes somos y de lo que deseamos y de la construcción y preconceptos que otros hacen de nosotros, amarrados a cuerpos que cumplen la condena maravillosa de tener que comer y dormir, defecar y hacer el amor y algún día morir, vueltos ridículos y a la vez gloriosos por las quimeras que albergamos. Cervantes, para decirlo sin rodeos, descubrió el vasto territorio psicológico y social de la modernidad, lo que significa ser cautivos de un mundo inexorable del que las víctimas bregan por escaparse con alguna semblanza de dignidad, aunque sea a través de ilusiones efímeras.

Aquellos que leíamos Don Quijote en 1973, en una Embajada que no podíamos abandonar, rodeados de militares prontos a transportarnos a estadios y sótanos y cementerios, respondimos visceralmente a esa obra desenfrenada concebida en circunstancias no enteramente disímiles a las que sobrellevábamos. Esa práctica y exaltación incesante de la libertad era una continua inspiración, la apuesta de que, por mucho que estuviéramos acosados por la realidad más sórdida, éramos, todos y cada uno, un experimento magnífico y progresivo que solo cesa con nuestro último aliento. Esta fe de que el espíritu humano no puede ser aplastado se reflejaba ejemplarmente en un pasaje de la Segunda Parte del Quijote (1615) que nos conmovió hasta las lágrimas.

Los frívolos Duque y Duquesa han hecho a Sancho Panza gobernador de una “ínsula”, donde el escudero demuestra más cordura y compasión que quienes quieren divertirse a su costa. Una noche, haciendo la ronda, se encuentra con un joven que se muestra un tanto impertinente. Y Sancho lo manda a dormir en la cárcel. Con descaro, el condenado insiste en que “no me harán dormir en la cárcel cuantos hoy viven” por cuanto “si yo no quiero dormir, y estarme despierto toda la noche, sin pegar pestaña, ¿será vuestra merced bastante con todo su poder para hacerme dormir, si yo no quiero?”. Escarmentado por este ejemplo de independencia y entereza, Sancho lo suelta.

Es un episodio que me acompaña señeramente desde entonces. Si lo rememoro ahora, es porque creo que contiene el mensaje esencial del Príncipe de los Ingenios para nuestra desanimada humanidad contemporánea.
Es cierto que la mayoría de los habitantes del planeta no están encarcelados, como lo estuvo tan a menudo Cervantes, ni se encuentran confinados, como aquellos revolucionarios de la Embajada Argentina, por murallas de temor. Y, sin embargo, vivimos, aún más que el autor de El Quijote en un mundo atónito de espejos y espejismos movedizos, cada vez más distantes un ciudadano del otro, somos una especie cautiva de la violencia y la desigualdad, de la codicia y la estupidez, de la intolerancia y la xenofobia y el fundamentalismo, náufragos en un planeta del que hemos perdido el control. Como si fuéramos lunáticos caminando a ciegas hacia el abismo.

Cervantes falleció hace cuatrocientos años y sigue, de todas maneras, enviándonos palabras, la sabiduría transmitida por ese muchacho amenazado por Sancho Panza, palabras que necesitamos leer otra vez y escuchar de nuevo y meditar a fondo antes de que sea demasiado tarde.
Nadie tiene el poder de hacernos dormir si no es por propia decisión.
Cervantes nos está diciendo que nuestra humanidad asediada, aturdida, cautiva no debe perder la esperanza de que podamos despertar antes de que sea demasiado tarde.


Ariel Dorfman es el autor, recientemente, de la novela Allegro, narrada por Mozart. Vive en Estados Unidos y Chile con su mujer Angélica.

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