Aurora Roja N° 25

0
361

1. INTERNACIONAL. Estados Unidos: Insoportable levedad sobre la vulgaridad , por Slavoj Zizek.

2. INTERNACIONAL. Bolivia: Derrotas y victorias, por Álvaro García Linera

3. INTERNACIONAL. Cuba: A qué viene Obama, por Atilio Borón.

4.  NACIONAL. La contrarrevolución neoliberal chilena y la construcción política estratégica para el hoy . Prefacio al libro “Las fisuras del neoliberalismo chileno” de Franck Gaudichaud, por Rafael Agacino.

5.  NACIONAL: La CUT y su complicidad con la Reforma Laboral neoliberal, por Javier Pineda.

N°25, Lunes 22 de marzo de 2016

EDITORIAL

Las últimas semanas han seguido marcadas por la descomposición de la “clase política”. Pablo Longueira, líder del gremialismo chileno, ya no sólo es acusado por boletas ideológicamente falsas, sino lisa y llanamente por cohecho. Patricio Contesse le habría pagado a Longueira para que lograra en el Congreso una Ley de Royalty a la medida de Soquimich y así evitar millones de dólares en impuestos. Sumado a lo anterior, se abre la veta de un probable cohecho en la tramitación de la Ley de Pesca también.

Pero la corrupción no solo es una cuestión de la derecha tradicional. Sobre ME-O están recayendo las sospechas de corrupción, por habérsele sido facilitado un jet para su última campaña presidencial por el empresario XX, dueño de la gran empresa de construcción del Brasil, investigada por casos de corrupción en dicho país. Asimismo, se han levantado críticas de diversos sectores por la falta de formalización de militantes de la Nueva Mayoría en el caso SQM, pues son personajes que han suministrado boletas ideológicamente falsas al igual que otros políticos ya formalizados.

A pesar de la corrupción y el desprestigio de la clase política, siguen gobernando tranquilamente. En las últimas semanas aprobaron en el Congreso las indicaciones presentadas por el Ejecutivo, en las cuales se retrocede aún más en la reforma laboral. Lo que en un momento habría constituido el “corazón” de la reforma, hoy se desvanece. Una de las indicaciones aprobadas contempla la facultad del empleador de realizar las

“adecuaciones necesarias” en caso de huelga, por lo cual se legaliza el reemplazo interno (prohibido en reiterados fallos de la Corte Suprema), restando toda eficacia al derecho fundamental de huelga de los trabajadores. Ante esto, después de más de 1 año y medio de complicidad, las dirigencias de la CUT convocan a una paralización de un día, como parte

del teatro armado para aprobar la neoliberal reforma laboral. En esta edición se analiza el rol de la CUT en la tramitación de la Reforma Laboral.

Otro tema latente estos días ha sido la discusión del aborto. Si bien la Cámara de Diputados aprobó el aborto para sólo 3 causales (terapéutico, embriopático y crimonogénico), aún está en duda su aprobación dentro del Senado, pues los Senadores conservadores de la Democracia Cristiana han manifestado su rechazo a la iniciativa. Salir del medioevo aún es una disputa en Chile.

En cuanto a la discusión internacional, la derecha comienza a rearmarse en Latinoamérica después de los triunfos en Bolivia, Argentina y Venezuela. En esta edición, el Vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, analiza las causales de la derrota en el referéndum para determinar la posibilidad de reelección de Evo Morales, las cuales no solo serían a la “campaña del terror” de la derecha, sino también habrían causas internas. Ante el personalismo de los procesos revolucionarios bolivarianos, Raúl Zibechi reflexiona sobre esta discusión en el siguiente artículo: http://www.jornada.unam.mx/2016/03/04/opinion/018a1pol.

En cuanto a las primarias presidenciales de Estados Unidos, luego de los dos supertuesday, los candidatos que se alzan son Hillary Clinton por los demócratas y Donald Trump por los republicanos. En esta edición Slavoj Zizek reflexiona sobre el discurso de este último y la pérdida de la moralidad, que permite decir impunemente atrocidades que no hubiesen sido toleradas hace unos años.

Finalmente, en esta edición se publica una reflexión de Atilio Borón sobre la política internacional de Obama, quien realizó una visita histórica a Cuba este lunes 21 de marzo.

INTERNACIONAL. Estados Unidos: Insoportable levedad sobre la vulgaridad 1

Estas reglas se están desintegrando: lo que hace un par de décadas era simplemente impronunciable en un debate público se puede expresar ahora con impunidad.

Hace un par de meses, Donald Trump fue comparado, de manera poco agradable, con un hombre que defeca ruidosamente en la esquina de una sala en la que tiene lugar una recepción… ¿Hay algún candidato republicano a la Presidencia de EEUU mejor? Probablemente todos recordamos la escena de El fantasma de la libertad, de Buñuel, en la que varios comensales se sientan en sus inodoros alrededor de la mesa, en una grata conversación, y, cuando quieren comer, preguntan discretamente al ama de llaves «¿dónde está ese lugar, ya sabe usted?», y se escabullen sigilosamente a una pequeña habitación en la parte de atrás.

¿No han sido los debates entre los candidatos republicanos, por estirar la metáfora, como esa reunión de la película de Buñuel? ¿Y acaso no puede predicarse esto mismo de muchos dirigentes políticos de todo el mundo? ¿Es que no estaba Erdogan defecando en público cuando, en un reciente arrebato paranoico, descalificó por «traidores» y «agentes extranjeros» a los críticos de su política sobre los kurdos? ¿Es que no estaba Putin defecando en público cuando amenazó con la castración médica a un crítico de su política sobre Chechenia? ¿Es que no estaba Sarkozy defecando en público cuando, allá por el 2008, le espetó a un agricultor que se negó a estrechar su mano «¡piérdete, maldito imbécil!».

Y la lista continúa. En un discurso ante el Congreso Mundial Sionista celebrado en Jerusalén en 2015, el primer ministro Netanyahu dio a entender que Hitler sólo había pretendido expulsar a los judíos de Alemania, no exterminarlos, y que, más bien, había sido el palestino Haj Amin Al Husseini, el Gran Muftí de Jerusalén, quien, de algún modo, convenció a Hitler de que, en vez de eso, los matara. Inmediatamente, muchos de los investigadores del Holocausto pusieron de relieve que la conversación entre Al Husseini y

1 Slavoj Zizek, filósofo esloveno. Columna original publicada en El Mundo, España.

Hitler no puede verificarse y que los asesinatos masivos de judíos europeos a manos de los matarifes de las SS ya estaban en marcha con carácter generalizado cuando los dos hombres se encontraron. Declaraciones como las de Netanyahu son una clara señal de la degradación de la esfera pública. Acusaciones e ideas que hasta ahora estaban confinadas al inframundo de la obscenidad racista están ganando presencia en el discurso oficial.

Estamos ante el problema de lo que Hegel llamó sittlichkeit [moralidad]: las costumbres, el denso sustrato de normas no escritas de la vida social, la sustancia ética maciza e impenetrable que nos dice lo que podemos y lo que no podemos hacer. Estas reglas se están desintegrando: lo que hace un par de décadas era simplemente impronunciable en un debate público se puede expresar ahora con impunidad. Puede parecer que esta desintegración se contrarresta con la expansión de la corrección política, que prescribe exactamente lo que no puede decirse; sin embargo, una observación más atenta deja inmediatamente claro que las normas de lo políticamente correcto participan de ese mismo proceso de desintegración de la sustancia ética. Para probarlo, basta recordar el punto muerto de la corrección política: la necesidad de ésta surge cuando las costumbres no escritas ya no son capaces de regular eficazmente las interacciones cotidianas; en lugar de hábitos espontáneos practicados de manera no reflexiva, aplicamos reglas explícitas (negro se transforma en afroamericano, gordo se transforma en persona con sobrepeso, tortura se convierte en técnica mejorada de interrogatorio, y, por qué no, violación podría transformarse en técnica mejorada de seducción). El punto clave está en que la tortura, esto es, la violencia brutal practicada por el Estado, se volvió públicamente aceptable en el momento mismo en que el lenguaje público se volvió políticamente correcto con el fin de proteger a las víctimas de la violencia simbólica. Estos dos fenómenos son las dos caras de una misma moneda.

Podemos apreciar un fenómeno similar en otros ámbitos de la vida pública. Cuando se anunció que en el sudoeste de EEUU iban a tener lugar de julio a septiembre de 2015 unos grandes ejercicios militares, los Jade Helm 15, hubo de inmediato sospechas de que las maniobras formaban parte de un plan federal para declarar la ley marcial en Texas, una infracción directa de la Constitución. Nos encontramos participando en una gran paranoia

conspiratoria. El más disparatado de todos, el sitio web All News Pipeline, vinculó estos ejercicios al cierre de varios grandes almacenes de Walmart en Texas: «¿Se utilizarán dentro de poco estos enormes almacenes como centros de distribución de alimentos y para albergar el cuartel general de tropas invasoras de China, y a continuación para desarmar a los norteamericanos, uno a uno, antes de que Obama abandone la Casa Blanca, como prometió Michelle a los chinos?». Lo que hace que este asunto resulte inquietante es la reacción ambigua de los dirigentes republicanos de Texas: el gobernador ordenó a la Guardia Estatal que supervisara los ejercicios militares y el senador Ted Cruz exigió detalles al Pentágono.

Trump es la más pura expresión de esta tendencia a la degradación de nuestra vida pública. ¿Qué hace para robar protagonismo en los debates públicos y en las entrevistas? Ofrece una mezcla de vulgaridades políticamente incorrectas: navajazos racistas contra los inmigrantes mexicanos, sospechas sobre el lugar de nacimiento de Obama y su licenciatura universitaria, ataques de mal gusto a las mujeres, agravios a héroes de guerra como John McCain… Se supone que todas estas ocurrencias de mal gusto ponen de manifiesto que a Trump le traen sin cuidado los modales impostados y que expresan sin rodeos lo que él (y mucha gente corriente como él) piensa. En resumen, Trump deja claro que, a pesar de su inmensa riqueza, es un tipo vulgar y común, como cualquier persona corriente.

Sin embargo, estas vulgaridades no nos deberían engañar: Trump no es un peligroso antisistema. En todo caso, su programa es incluso relativamente moderado (reconoce muchos logros de los Demócratas, su postura ante los matrimonios homosexuales es ambiguo,…). La función de sus provocaciones y arranques de vulgaridad es precisamente enmascarar lo normal y corriente que es su programa. Su verdadero secreto es que si, por un milagro, ganara la Presidencia, nada cambiaría, en contraste con lo que ocurriría con una hipotética victoria de Bernie Sanders, el demócrata de izquierdas, cuya ventaja clave sobre la izquierda liberal académica, políticamente correcta, es que él entiende y respeta los problemas y los temores de los trabajadores y los agricultores comunes y corrientes. El duelo electoral realmente interesante sería entre Trump como candidato republicano y Sanders como candidato demócrata.

Ahora bien, ¿por qué hablar de buena educación y modales públicos cuando hay problemas reales mucho más apremiantes? Pues porque los modales sí que importan; en situaciones de tensión, son una cuestión de vida o muerte, una fina línea que separa la barbarie de la civilización. Hay un hecho sorprendente en torno a las últimas explosiones de vulgaridades públicas que merece ser señalado. En los años 60, algunas vulgaridades ocasionales se asociaban a la izquierda política: estudiantes revolucionarios recurrían con frecuencia a un lenguaje ordinario para subrayar su contraste con la política oficial, con su refinada jerga. En la actualidad, el lenguaje vulgar es una prerrogativa casi exclusiva de la derecha radical, por lo que la izquierda se encuentra en la posición sorprendente de defender el decoro y las buenas costumbres públicas.

Es por eso por lo que la moderada derecha republicana racional se encuentra presa del pánico: ante el ocaso de la estrella de Jeb Bush, busca desesperadamente una nueva cara, jugando incluso con la idea de movilizar a Bloomberg. En este punto, lo que hay que hacer es plantearse una cuestión más básica: el verdadero problema reside en la debilidad de la posición moderada racional en sí misma. El hecho de que la mayoría no pueda ser convencida por el discurso capitalista racional y esté mucho más inclinada a apoyar una postura populista y anti-elitista no tiene que descontarse como un caso de primitivismo de clase baja: los populistas detectan correctamente la irracionalidad de este enfoque racional; está plenamente justificado que su rabia se dirija a instituciones sin rostro que regulan sus vidas de una manera nada transparente.

INTERNACIONAL. Bolivia: Derrotas y victorias2

Al final, la derrota del Sí ha removido la estructura general de las organizaciones sociales indígenas, campesinas, vecinales, juveniles, obreras y populares que sostienen el proceso de cambio. Y lo ha hecho para bien y en un momento oportuno. Momento oportuno porque quedan cuatro años por delante para corregir errores, ya que es una derrota táctica en medio de una ofensiva y victoria estratégica del proceso de cambio.

2 Álvaro García Linera, Vicepresidente de la República Plurinacional de Bolivia.

Cuando uno arroja una piedra a un vaso de cristal y éste se quiebra, a veces surge la pregunta ¿por qué se rompe el vaso? ¿Es por culpa de la piedra que lo impactó? ¿O porque el vaso es rompible y luego entonces la piedra lo fragmenta? Es una pregunta que solía plantearla el sociólogo Pierre Bourdieu para explicar que solo la segunda posibilidad era la correcta, porque te permitía ver, en la configuración interna del objeto, las condiciones de su devenir.

En el caso del referéndum del 21 de febrero, no cabe duda que hubo una campaña política orquestada por asesores extranjeros. Las visitas clandestinas de la ONG NDI, dependiente del Departamento de Estado, sus cursos de preparación de activistas cibernéticos, los continuos viajes de los jefes de oposición a Nueva York —no precisamente a disfrutar del invierno—, hablan de una planificación externa que tuvo su influencia. Pero así como la piedra arrojada hacia el vaso, esta acción externa solo pudo tener efecto debido a las condiciones internas del proceso político boliviano, que es preciso analizar.

CLASES. 1. La nueva estructura de las clases sociales

Que en 10 años el 20% de la población boliviana haya pasado de la extrema pobreza a la clase media es un hecho de justicia y un récord de ascenso social, pero también de desclasamiento y reenclasamiento social, que modifica toda la arquitectura de las clases sociales en Bolivia. Si a ello sumamos que en la misma década de oro la diferencia entre los más ricos y los más pobres se redujo de 128 a 39 veces; que la blanquitud social ha dejado de ser un “plus”, un capital de ascenso social y que hoy más bien la indianitud se está consagrando como el nuevo capital étnico que habilita el acceso a la administración pública y al reconocimiento, nos referimos a que la composición boliviana de clases sociales se ha reconfigurado y, con ello, las sensibilidades colectivas, o lo que Antonio Gramsci llama el sentido común, el modo de organizar y recepcionar el mundo, es distinto al que prevalecía a inicios del siglo XXI.

Las clases sociales populares de hoy no son las mismas que aquellas que llevaron adelante la insurrección de 2003. Los regantes controlan sus sistemas de agua; los mineros y fabriles

han multiplicado su salario por cinco; los alteños, que pelearon por el gas, ahora tienen, en un 80%, gas a domicilio; las comunidades campesinas e indígenas tienen seis veces más cantidad de tierra que todo el sector empresarial; y los aymaras y quechas, marginados por su identidad indígena en el pasado, son los que ahora conducen la indianización del Estado boliviano. Hay, por tanto, un poder económico y político democratizado en la base popular, que modifica los métodos de lucha sociales para ser atendido por el Estado. Paralelamente, la urbanización se ha incrementado pero, ante todo, los servicios urbanos de educación, salud, comunicación y transporte se han expandido en las áreas rurales ampliando los procesos de individuación de las nuevas generaciones, diversificando las fuentes de información y de construcción de opinión pública regionalizada más allá del sindicato o la asamblea. Si a ello añadimos el hecho de que pasada la etapa del ascenso social insurreccional (2003-2009), inevitablemente viene un reflujo social, un repliegue corporativo que debilita a las organizaciones sociales y a su producción de un horizonte universal, entonces es normal un periodo de despolitización social, que disminuye la centralidad sindical como núcleo privilegiado de construcción de la opinión pública popular, para ampliarla a una pluralidad de fuentes como los medios de comunicación, la gestión estatal, las redes sociales, etc.

La comunidad nacional en lucha contra las privatizaciones, la comunidad nacional despojada de sus recursos y que reclama su reconquista, o la comunidad dolorosa de las víctimas de la matanza de octubre de 2003, que fueron la base del ascenso revolucionario entre 2000 y 2006, han dado lugar a otro tipo de comunidades reivindicativas más dispersas regionalmente, más afincadas en la gestión de proyectos de desarrollo o de expectativas educativas de carácter individual. Se trata de comunidades de tipo virtual o mediáticas que no solo modifican los métodos de lucha sino también los contenidos mismos de lucha, las percepciones sobre lo deseado, lo necesario y lo común.

En conjunto, la estructura de las clases sociales se ha modificado. La democratización en el acceso al capital económico, clave del modelo de desarrollo boliviano, ha permitido un rápido ascenso social de sectores pobres y una reducción de las distancias económicas con los sectores más ricos de la sociedad; la acelerada devaluación de la blanquitud como

capital étnico de consagración social, sumada a la conversión de la filiación sindical en un tipo de capital social y capital político revalorizado por el Estado para acceder a derechos, puestos y reconocimientos públicos, han modificado la composición material de cada clase social y la relación entre las clases sociales. El normal y previsible reflujo social después del largo ciclo de rebeliones (2000-2009), ha acentuado estrategias individuales de reenclasamiento social, pero también una especie de “desencantamiento” temporal de la acción colectiva, creando nuevos marcos de percepción cultural y disponibilidad política atenuadas. Y si, además, tomamos en cuenta que una parte importante de los cuadros sindicales van pasando a la administración pública (alcaldías, ministerios, asambleas legislativas, etc.), tenemos un escenario de debilitamiento interno y temporal de los niveles de dirección de las organizaciones sociales, que anteriormente habían concentrado la función política de la sociedad.

Estamos, por tanto, no solo ante una nueva estructura de clases, sino también ante nuevos marcos culturales de movilización y de percepción del mundo. Por todo ello, la convocatoria del sindicato o de la comunidad convertida en capital electoral en 2005 o en 2009, que irradió a sectores de la sociedad civil individuada, hoy no son suficientes para producir el mismo efecto electoral. Sin duda, el mundo sindical obrero, campesino-indígena y vecinal pobre continúa siendo el bastión más sólido y leal del proceso de cambio —y esto se ha verificado nuevamente en la última elección con gestos tan extraordinarios como la donación de una mita por parte del proletariado minero de Huanuni para la campaña—, pero ya no tiene el mismo efecto irradiador de antes. Han surgido otras colectividades sociales entre las clases populares y en las diversas clases medias de origen popular, más volátiles, por residencia, por estudio o por comunidad virtual, que se mueven por otros referentes e intereses, muchas veces de carácter individual. Como gobierno revolucionario habíamos ayudado a cambiar al mundo; sin embargo, en la acción electoral, en una parte de nuestras acciones, seguíamos aún actuando como si el mundo no hubiera cambiado. Acudimos a medios de movilización y de información insuficientes para la nueva estructura social de clases y, en algunas ocasiones, empleamos marcos interpretativos del mundo que ya no correspondían al actual momento social.

LIDERAZGO. 2. Hegemonía no es lo mismo que continuidad de liderazgo

La fortaleza de un proceso revolucionario radica en instaurar una matriz explicativa del mundo en medio de la cual las personas, las clases dominantes y las clases dominadas, organizan su vida cotidiana y su futuro.

Durkheim llamaba a esto las estructuras del conformismo moral y conformismo lógico de la vida en común. Y el bloque social dirigente capaz de conducir activamente estas estructuras se constituye en un bloque social hegemónico. El proceso de cambio creó una matriz explicativa y organizadora del mundo: Estado plurinacional, igualdad de naciones y pueblos indígenas, economía plural con liderazgo estatal, autonomías. Hoy, izquierdas y derechas se mueven en torno a esos parámetros interpretativos que regulan el campo de lo posible y lo deseado socialmente aceptado. Hoy, la gente de a pie construye sus proyectos personales y expectativas en torno a estos componentes potenciados hacia el futuro a través de la Agenda Patriótica 2025, y no tiene al frente ningún otro proyecto de Estado y de economía que le haga sombra. En ese sentido, hablamos de un campo político unipolar. El que el presidente Evo tenga una popularidad y apoyo a la gestión de gobierno que bordea el 80%, según las encuestas hechas en plena campaña por el referéndum, constata este hecho hegemónico.

Sin embargo, cuando a los entrevistados se les consulta si están de acuerdo con una nueva postulación, solo la mitad de los que apoyan la gestión responde positivamente. El apego al proyecto de Estado, economía y sociedad no es similar al apoyo a la repostulación o, si se quiere, hegemonía no es directamente sinónimo de continuidad de liderazgo.

Es posible que haya pesado la desconfianza normal hacia una gestión muy larga; también es posible que algunas personas pensaran que en el referéndum volvían a reelegir a Evo, creyéndolo innecesario después de ya haberlo elegido en 2014. En todo caso, sobre ese espacio de votantes que daban su apoyo a la gestión de Evo, pero no a su repostulación, se centró toda la artillería de la campaña, tanto de la oposición como del partido gobernante. La oposición se montó rápidamente en una matriz de opinión larvaria, pero trabajada desde hace años con el apoyo de agencias internacionales, referida a que los gobiernos de izquierda revolucionarios son “autoritarios”, “abusivos”, quieren “eternizarse”, etc. Y, entonces, la repostulación fue rápidamente ensamblada a la lógica de una manifestación que confirmaba el “abuso”, el “autoritarismo” etc. Algunos izquierdistas de “cafetín” se sumaron a este estribillo y, por consiguiente, la irradiación fue más extensa. En tanto que el partido de gobierno tuvo que hacer una doble labor explicativa. Primero, enfatizar que quienes no querían la repostulación eran los de la vieja derecha privatizadora y, luego, que la repostulación garantizaba la continuidad del proceso de cambio. En esta dualidad explicativa es donde se perdió la fuerza de la simpleza de una consigna electoral, frente a la matriz discursiva imperialmente labrada que repercutía más fuerte justamente por su simpleza.

REDES. 3. Las redes: nuevos escenarios de lucha

Recientemente estuve en San Pedro de Curahuara, un municipio alejado, cercano a la frontera con Chile. Los mallkus y mama t´allas nos recibieron con cariño y bien organizados; habían decidido en su asamblea los temas a tratar y los oradores. Pero también vinieron a recibirme los jóvenes del colegio. Todos los estudiantes de la promoción tenían un smartphone similar al mío, y si bien no habían participado de la asamblea comunal, se habían enterado por teléfono o WhatsApp que estábamos llegando al municipio. Aquello que vi en Curahuara se repite en toda Bolivia. El internet y las redes han abierto un nuevo soporte material de comunicación, tan importante como lo fueron otros soportes materiales de comunicación en el pasado: la imprenta en el siglo XVIII, la radio a principios del siglo XX, la televisión a mediados del siglo XX. Se trata de medios de comunicación cada vez más universales, que han llegado para quedarse y que no solo modifican la construcción cultural y educativa de las sociedades, sino la forma de hacer política y de luchar por el sentido común.

La masificación y novedad de este nuevo soporte material de comunicación ha generado una sobreexcitación comunicacional que ha sido bien aprovechada por las fuerzas políticas de derecha, que dispusieron recursos y especialistas cibernéticos al servicio de una guerra

sucia como nunca antes había sucedido en nuestra democracia y que ha vertido toda la lacra social en el espacio de la opinión pública.

Está claro que las redes no son culpables de la guerra sucia; es la derecha, que no tuvo escrúpulo alguno para esa guerra sucia unilateral, la que apabulló el medio. Y que, además, logró crear una articulación en tiempo real entre medios de comunicación tradicionales (periódico, televisión y radio), con redes sociales, de tal manera que una información o denuncia —por ejemplo, vertida en la radio— instantáneamente contaba con un pequeño ejército de activistas profesionales para replicarla, ampliarla y convertirla en memes, llegando así a miles de seguidores que, antes del noticiero de la noche o el periódico de la mañana, ya se habían enterado de ella y estaban buscando mayor información. Del mismo modo, una falsedad creada a partir de las redes podía encontrar de manera planificada su correlato escrito al día siguiente, alargando así la vida social de una “noticia” que, de otra forma, se hubiera diluido en la existencia efímera propia de las redes sociales. Nosotros atinamos a una defensa artesanal en un escenario de gran industria comunicacional. Al final, esto también contribuyó a la derrota. A futuro, está claro que los movimientos sociales y el partido de gobierno deben incorporar en sus repertorios de movilización a las redes sociales como un escenario privilegiado de la disputa por la conducción del sentido común. Hay que democratizar más aún el acceso popular a este soporte material de comunicación, lo que permitirá quitar el monopolio actual de la conducción del debate de las redes a la clase media tradicional que, a lo largo de esta década revolucionaria, siempre ha tenido una actitud conservadora y, ahora, aparece como la constructora de la opinión pública en las redes sociales.

OPOSICIÓN . 4. Oposición unida

A lo largo de los últimos 15 años, las batallas electorales han contado con un bloque conservador de derecha fragmentado. Desde las elecciones de 2002 hasta las de 2014, la derecha política ha presentado varias candidaturas que han dispersado el voto de esas derechas. En oposición a ello, la izquierda política ha contado con una única candidatura y,

encima, respaldada por un único bloque de izquierda social (sindicatos, comunidades, juntas de vecinos).

El 2016 este panorama se ha modificado. Aun con sus divergencias, toda la derecha pudo articularse en torno a una sola posición, la del No; e incluso tuvo la capacidad de arrastrar a los fragmentos del “izquierdismo deslactosado”, que antes había acompañado a Gonzalo Sánchez de Lozada en su gestión de gobierno.

La antigua fragmentación de la derecha claramente mejoraba la posición electoral del MAS, que se presentaba como la única fuerza con voluntad real de gobierno. Sin embargo, al unificarse aquélla para el referéndum, se anularon temporalmente las fisuras y guerras internas que debilitaban a unas frente a otras y a todas ellas frente al MAS. Así, el “todos contra el MAS” permitió que entraran, en una misma bolsa, desde los fascistas recalcitrantes y los derechistas moderados, hasta los trotskistas avergonzados. Y, en un memorable grotesco político, la noche del 21 de febrero se abrazaron quienes, pocos años atrás, estaban agarrando bates de béisbol para romper las cabezas de campesinas cocaleras, y algunos ex izquierdistas que, alguna vez, pontificaron desde su escritorio los derechos indígenas.

Al final, la derrota del Sí ha removido la estructura general de las organizaciones sociales indígenas, campesinas, vecinales, juveniles, obreras y populares que sostienen el proceso de cambio. Y lo ha hecho para bien y en un momento oportuno. Momento oportuno porque quedan cuatro años por delante para corregir errores, ya que es una derrota táctica en medio de una ofensiva y victoria estratégica del proceso de cambio. Y, para bien, porque las repetidas victorias de los últimos diez años han generado una peligrosa confianza y pesadez para un escenario de lucha de clases siempre cambiante, que requiere lo máximo de las fuerzas, lo máximo de la inteligencia y lo máximo de la audacia del movimiento popular. Y es que las revoluciones avanzan porque aprenden de sus derrotas o, en palabras de Carlos Marx, las revoluciones sociales “se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado para comenzar de nuevo desde el principio, se burlan concienzuda y cruelmente de las

indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que solo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: ¡Aquí está Rodas, salta aquí!”.

INTERNACIONAL. Cuba: A qué viene Obama3

Como lo recordaba el gran historiador Eric Hobsbawm estamos viviendo tiempos interesantes, tiempos de “cambios de época”, con un signo político positivo, de progreso hacia un mundo mejor. Pero en la tradición china, decía Hobsbawm, si alguien quiere maldecir a otro le desea que viva “tiempos interesantes”, es decir, signados por la inestabilidad y la violencia. El tiempo dirá cual de las dos versiones es la que nos espera.

El punto de partida de cualquier análisis sobre la visita de Barack Obama a Cuba y Argentina es la constatación de las derrotas sufridas por el ocupante de la Casa Blanca tanto en el ámbito doméstico como en el internacional. En el primero, Obama fracasó en sus tres más ambiciosas tentativas de reforma: la financiera, la migratoria y la de salud. Para empeorar las cosas la economía no termina de recuperarse de la crisis estallada en el 2008 y la suma de la deuda pública más la de los particulares superó durante el mandato de Obama el monto del PIB de los Estados Unidos. O sea, el país debe más de lo que produce en un año.

En el ámbito internacional la suerte no le fue menos esquiva: la retirada de Irak fue más que nada un gesto demagógico, para consumo interno, que terminó sumiendo a ese país en un caos de gigantescas proporciones que al poco tiempo rebasó las fronteras iraquíes e incendió la reseca pradera del resto del Oriente Medio; el apoyo diplomático, financiero y militar a presuntos “combatientes por la libertad” en la región alimentó la hoguera del fundamentalismo jijadista y terminó por engendrar a un monstruo como el EI, que está

3 Atilio Borón, Publicación original en Rebelión.org.

haciendo metástasis en África y Europa, aparte del Oriente Medio. La misma Hillary Clinton reconoció esta realidad al declarar, hace poco, que “nos equivocamos en la elección de nuestros amigos”. Mientras, la situación se descompone en Europa Oriental con la crisis de Ucrania, potenciada por la intervención de Estados Unidos en donde la mismísima Victoria Nuland, Secretaria de Estado Adjunta para Asuntos Euroasiáticos, asistía a las bandas de neonazis que acampaban en la Plaza Maidán y les ofrecía botellitas de agua y galletitas, azuzándolos para que tomaran el poder por asalto, cosa que hicieron poco después en medio de sangrientos episodios. La respuesta de Rusia ante la descarada ofensiva de la OTAN fue apoyar a los sectores rusófilos del este de Ucrania y en una fulminante operación militar recuperar nada menos que la península de Crimea, ante lo cual Estados Unidos y sus compinches europeos no les quedó otra que demostrar su impotencia y rumiar su frustración. Y no le va mucho mejor a Obama en el Extremo Oriente, donde en el Mar del Sur de la China, cuyo lecho submarino contiene grandes reservas de gas y petróleo disputadas por el gigante asiático y por Japón, ha puesto a estos dos países en pie de guerra.

En consecuencia, tanto en lo interno como en la arena internacional Obama es un presidente urgido por recibir buenas noticias que le permitan abandonar su cargo con algunos lauros que lo instalen en un lugar relativamente honorable en la historia. Poco probable que las obtenga en alguno de los dos frentes; pero en el internacional le queda una carta en la cual podría anotarse algunas victorias significativas. El exasperadamente lento y laborioso desmontaje del criminal bloqueo a Cuba, aún en vigor, sería uno de sus logros. De hecho, con la liberación de los tres luchadores antiterroristas cubanos que seguían presos en las cárceles del imperio envió una señal importante pero aún insuficiente. El camino por recorrer para “normalizar” de verdad la relación entre Cuba y Estados Unidos es todavía muy largo y empinado, pero con su visita a la isla –la primera de un presidente norteamericano desde el triunfo de la Revolución- sus credenciales se ven fortalecidas. Dependerá mucho de qué es lo que ofrecerá a los cubanos, en términos concretos, para comenzar a desmantelar un bloqueo que ha sido condenado unánimemente por la comunidad internacional. En momentos como estos los discursos y la retórica huérfanas de iniciativas concretas se parecen demasiado a una burla o a una maniobra demagógica. Pese

a las leyes del bloqueo aprobadas por el Congreso las atribuciones presidenciales para moderar sus alcances siguen siendo significativas. Pero, hasta ahora, Obama no las ha hecho valer sino en cuentagotas. Mal se puede hablar de “normalización” de las relaciones bilaterales cuando un país persigue, hostiga y bloquea a otro, o cuando declara que el objetivo irrenunciable de la política de Washington hacia Cuba es promover “el cambio de régimen”, sólo que por otros medios. La ilegalidad e inmoralidad de esta política salta a la vista. Hasta ahora esos “otros medios”, supuestamente distintos al bloqueo, están por verse. En Cuba Obama tendrá también una segunda oportunidad: impulsar vigorosamente el Diálogo de Paz entre el gobierno colombiano y las FARC, doblegando las últimas resistencias que se oponen al acuerdo. Sólo el tiempo dirá si tiene las agallas suficientes como para enfrentar exitosamente ambos desafíos.

El complemento de su periplo cubano es la inesperada visita que decidió hacer a la Argentina, un gesto de apaciguamiento para los trogloditas dentro de Estados Unidos que lo han escarnecido por su decisión de visitar Cuba y también una clara retribución por los servicios prestados por el presidente Mauricio Macri al asumir, con mucha más legitimidad que Álvaro Uribe (enlodado por sus vínculos con el narcotráfico y el paramilitarismo) el papel de punta de lanza en la escalada destituyente de la Revolución Bolivariana. Como es sabido, el objetivo estratégico inmediato de Washington es doble: acabar con el chavismo y recuperar el control de Brasil. Macri puede ser una pieza valiosa para materializar estos planes al atacar al gobierno venezolano e intentar aislarlo vía su eventual exclusión del Mercosur; y al acordar con la derecha golpista brasileña en la necesidad de redefinir, en clave ultraneoliberal, al Mercosur y poner fin al “populismo petista”, al paso que, ya en el plano sudamericano, se asfixia económicamente y políticamente a la UNASUR y la CELAC. Pero Obama no se conforma sólo con eso y espera todavía algo más de la Casa Rosada: un apoyo fuerte y sin reservas a la Alianza del Pacífico (tres de cuyos gobiernos fundantes son caracterizados por los analistas internacionales como “narcoestados”: México, Colombia y Perú) y al Tratado Trans Pacífico, engendro de Washington para instalar un gigantesco ALCA en la Cuenca del Pacífico. Ambas iniciativas tienen un ominoso común denominador: la exclusión de China, la segunda economía del mundo o, según como se la mida, la primera. Precisamente con este país se ha producido días atrás un

gravísimo incidente: el hundimiento de un pesquero chino que se había internado ilegalmente en aguas territoriales de la Argentina. China es el segundo socio comercial después de Brasil, el principal comprador de productos agrícolas de la Argentina y uno de sus socios financieros e inversionistas más importantes. Poco o nada se ha dicho hasta ahora de este suceso por parte de Beijing pero no hay duda que las relaciones entre ambos países sufrirán inéditas tensiones. Casualmente el hundimiento del pesquero tiene lugar en vísperas de la llegada de Barack Obama a la Argentina, y hay algunas razones para especular que esta súbita “mano dura” de la Prefectura argentina, excepcional habida cuenta de los numerosos pesqueros que depredan las aguas territoriales de ese país sin ser molestados, podría ser otro gesto de “buena voluntad” de la Casa Rosada para con el visitante. Una inequívoca señal de que, pese a la robustez de los vínculos económicos con China, Buenos Aires se alineará incondicionalmente con Estados Unidos en su sorda lucha con China y Rusia. No queda claro, en cambio, cuáles serían los gestos amistosos y de colaboración de Obama para con quien se ha constituido en su vocero y principal operador en el marco de la política sudamericana y que ha ido tan lejos como para demostrar su amistad ametrallando y hundiendo a un pesquero chino. Como lo recordaba el gran historiador Eric Hobsbawm estamos viviendo tiempos interesantes, tiempos de “cambios de época”, con un signo político positivo, de progreso hacia un mundo mejor. Pero en la tradición china, decía Hobsbawm, si alguien quiere maldecir a otro le desea que viva “tiempos interesantes”, es decir, signados por la inestabilidad y la violencia. El tiempo dirá cual de las dos versiones es la que nos espera.

NACIONAL. La contrarrevolución neoliberal chilena y la construcción política estratégica para el hoy4. Prefacio al libro “Las fisuras del neoliberalismo chileno” de Franck Gaudichaud.

Y es éste el terreno al que nos conduce directamente y sin rodeos todo el trabajo analítico de Franck Gaudichaud: la construcción política estratégica para el hoy, crudo problema al que no en vano le dedica sus mayores esfuerzos teóricos y prospectivos en la última parte de su texto.

4 Rafael Agacino, Plataforma Nexos.

Como se sabe Chile ha sido un laboratorio para las elites dominantes y el imperialismo; aquí su intelligentsia, sus intelectuales orgánicos y la tecno-burocracia experta en gestión de conflictos, ensayaron el nuevo arsenal de reformas institucionales diseñadas para extirpar de raíz las conciencias y voluntades anticapitalistas.

El experimento chileno se llamó contra revolución neoliberal. Su punto de partida, su momento fundacional, arrancó de los escombros dejados por el golpe de estado de 1973 y se extendió hasta inicios de los años ochenta; luego sobrevivió a una severa crisis mundial recurriendo a ajustes heterodoxos, y ya entrada la década de los años noventa, recuperada y ufana, se vistió de democracia al cuidado de una coalición de ex golpistas y franjas de la izquierda conversa.

Su última etapa – la pax neoliberal como la denomina Gaudichaud – ha sido exitosa pues, además de superar en años a la dictadura, también terminó por reconvertir a la izquierda al credo neoliberal.

La guinda de la torta fue la incorporación de la dirección de PC, primero al parlamento en el año 2010, y luego, a la alianza de gobierno el 2014. Toda una hazaña de los ingenieros de las transiciones políticas.

Este extenso trayecto dura ya 42 años, y dado que las reformas estructurales tienen décadas de aplicación y sus relaciones sociales y subjetividades son usos y costumbres, nada tiene de extraño que la racionalidad individualista y de mercado sea el sentido común predominante. En el curso de las reformas neoliberales la sociedad chilena fue adelgazando el tejido de sus relaciones sociales aunque paradojalmente multiplicara su red de interacciones; todos cada vez más conectados pero a la vez más empobrecidos de sentido colectivo; átomos guiados según el interés de cada cual y compitiendo en las arenas de la institución neoliberal por antonomasia: el mercado.

Pero también a 42 años de la contra revolución, la utopía neoliberal muestra fisuras y aflora un malestar social inusitado, y en éste, un potencial de ruptura. A nivel de la política y lo político se están manifestando las contradicciones derivadas de un agotamiento crítico de la forma que tomó la sociedad chilena en el curso de cuatro décadas; se trata de las anomalías de la contra revolución neoliberal propias de su etapa de maduración.

Y eso lo saben, intuyen o vivencian casi todos los sectores en lucha latente o abierta. Por ello, tanto los de arriba como los de abajo, atribulados por la emergencia de las contradicciones estructurales, se agrupan y reagrupan entre la resistencia conservadora y la apertura al post neoliberalismo.

El texto que nos ofrece Franck Gaudichaud precisamente se pone en este borde histórico y sobre la base de una evaluación de la trayectoria reciente de la sociedad chilena, incursiona sobre las interpretaciones del momento actual y las posibilidades de algún tipo de alternativa política de carácter popular. Los ejes en que concentra su análisis – nombro solo los que me parecen principales – son la centralidad de la relación capital/trabajo, el carácter de los movimientos sociales y el peso de la subjetividad de masas que el propio modelo produce y reproduce, todo ello en el marco de la institucionalidad política y la estructura de clases que caracterizan en el presente al modelo neoliberal.

La combinación de dichos ejes y la apelación a tales aspectos estructurales (lo político y las clases), conducen a una síntesis que, a mi juicio, constituyen el aporte central que ofrece el texto, pues permite una discusión sobre las alternativas políticas teniendo a la vista una hipótesis interpretativa del momento por el que hoy atraviesa la sociedad chilena.

En este sentido, aprovecho esta nota para acentuar algunos aspectos en relación a los ejes que nos propone Gaudichaud; éstos comentarios ya han sido expuestos en otros lugares, pero creo viene al caso retomarlos aquí dado el tipo de análisis que nos presenta el autor.

En primer lugar destacar que las recientes movilizaciones de trabajadores han tendido a desbordar las formas organizativas y de acción tradicionales, y por ello mismo, a la propia

institucionalidad sindical conservadora. Este año 2015 tenemos a la vista la huelga de los subcontratistas del cobre – que incluso costó la vida del trabajador Nelson Quichillao a manos de la policía militarizada –, el largo conflicto de los profesores que rebasó la política conciliadora de una parte de la dirigencia del Colegio de Profesores, y finalmente, la lucha de los trabajadores públicos del Registro Civil que han debido enfrentar al gobierno y al despliegue de todos los dispositivos del poder: la ley, la presión política, la campaña mediática e incluso la conducta desleal si no francamente aleve de la dirigencia de la CUT y de la izquierda parlamentaria.

Estas movilizaciones confirman la profunda crisis del sindicalismo clásico pero a la vez abren posibilidades para un nuevo movimiento de trabajadores que rompa con los límites ideológicos y objetivos impuestos hasta ahora por el sindicalismo conservador. En efecto, si éste nuevo movimiento logra madurar, lo hará a partir de bases totalmente diferentes. Por ejemplo, desprendiéndose de una concepción que considera al sindicalismo tradicional y sus sindicatos legales, propios de la etapa desarrollista industrializadora, como la única y más efectiva forma de organización de los trabajadores.

Hubo antes formas mutualistas, sociedades en resistencia, mancomunales, etc., que en ausencia de una legislación laboral, organizaron grandes masas obreras que enfrentaron directamente al capital e incluso ofrecieron respuestas autónomas a las necesidades colectivas; los derechos codificados en la legislación laboral, a cuyo amparo se desarrolló luego el sindicalismo clásico, es resultado de dichas luchas.

También comprendiendo que frente a un “capital extendido”, es decir, que somete a su racionalidad y dominio actividades sociales antes ajenas a la producción capitalista, es necesario del mismo modo, concebir de manera “extendida a la clase trabajadora”.

Si el capital convierte los servicios – antes públicos y sin fines de lucro – en actividad productiva de valor, o somete otras actividades no mercantiles, personales y/o comunitarias, a la lógica de la acumulación, entonces los que allí se desempeñan y vendan su talento productivo al capital, son igualmente parte de la clase trabajadora.

Así como las formas de pago o de contratación –directa o indirecta; parcial o completa; temporal o permanente – no importan para definir a la clase trabajadora, tampoco el carácter material o inmaterial del trabajo o de su resultado, son criterios correctos para dilucidar quiénes son o no parte de aquella. Lo central es la relación social entre capital y trabajo.

Y finalmente, entendiendo que hay luchas cuya escena no es ya el terreno de la empresa e incluso la rama, pues se trata de derechos colectivos que sólo pueden imponerse enfrentándose al conjunto del capital y el Estado.

Un nuevo sistema de relaciones laborales, de salud, de transporte público o un sistema educacional, por citar algunas demandas más inmediatas, indefectiblemente son luchas por derechos generales y no derechos de un sindicato o federación; son luchas por los intereses globales de los trabajadores constituidos como sujeto colectivo autónomo y opuesto al capital.

En segundo lugar, es necesario resaltar la emergencia entre 2006 y 2011 de las movilizaciones sociales, pues, como bien muestra el autor, la abrupta explosión de “lo social” cambió severamente el panorama nacional: mostró las arrugas de una contra revolución madura y develó una suerte de incompletitud del teorema neoliberal.

En efecto, la institución mercado mostró sus insuficiencias para procesar todos los conflictos y disiparlos en meras contiendas entre partes privadas; el dispositivo de regateo entre privados (el mercado), incluyendo el recurso judicial para resolver las contiendas sobre obligaciones y derechos consignadas en los contratos, no alcanzó para contener y mantener los conflictos en la esfera civil, sobre todo cuando una de las contrapartes saltó de lo individual a lo colectivo.

El creciente malestar terminó por desbordar parcialmente el “orden de mercado” y la burocracia política y sus ingenieros en gestión de conflictos, desacreditados y perplejos, en

reiteradas ocasiones fueron superados por la dinámica de las luchas sociales. El conflicto por la educación es un caso paradigmático por muchas razones, pero una es crucial y se refiere al sentido menos visible de la lucha de los estudiantes secundarios.

Estos reclamaron por la gratuidad y mejores condiciones materiales, pero dejaron entrever en sus formas organizativas, en sus acciones y en su estética de lucha, un rechazo feroz a la propia comunidad escolar, a la escuela, como espacio invivible por su autoritarismo, mediocridad, por el colapso de los profesores, por su régimen de competencia individual y la presión por el éxito que enfrenta a unos jóvenes y adolescentes con otros.

Por ello, a diferencia de otros movimientos, los secundarios no eran fácilmente domesticables apelando a políticas redistributivas y clientelares: sus demandas no eran susceptibles de reducir a precios; y mirado desde otro ángulo, se trataba de la rebelión de los hijos del modelo neoliberal maduro cuyas lucha no consistía en resistir las reformas neoliberales sino en rebelarse contra el efecto de su funcionamiento pleno; en rigor, su malestar era consecuencia, resultado, de un modelo realizado y frente al cual venían reaccionando masiva, espontánea y sistemáticamente desde el “mochilazo” del 2001.

No es arriesgado entonces afirmar que fue el movimiento estudiantil secundario – y no el universitario – la base de las luchas sociales que lograron trizar los consensos de las clases dominantes y la paz social que los gobiernos civiles mostraban al mundo como el exitoso modelo chileno y la exitosa transición a la democracia.

Así las cosas, la incompletitud de la utopía neoliberal puede considerarse una anomalía crítica, una verdadera falla estructural, por cuanto la emergencia de las movilizaciones masivas y de los movimientos sociales expresan, tanto el fracaso del intento de diluir la “cuestión social” en la cuestión privada, como la ineficiencia del propio sistema político que diseñó el neoliberalismo, cuestión central a la hora de calibrar el momento actual de la política chilena. Detengámonos un minuto aquí.

En particular, el sistema de partidos políticos se ha mostrado estéril para anticipar, procesar y disipar los conflictos sociales que escalan por abajo, a la par que parece no ser capaz ya de ofrecer una representación eficaz del interés general de capital y gestionar sus conflictos fraccionales que se precipitan por arriba. Y esto es una debilidad crucial pues manifiesta los límites de “lo político” en el contexto de un modelo cuyas potencialidades se han realizado casi completamente.

En efecto, un régimen político debilitado, que pierde por abajo su capacidad de maniobra vía clientelismo frente a las luchas sociales, por default tiende a fortalecer sus dispositivos y formas policiacas de control del orden, mientras por arriba, si es capturado por el capital, tiende a convertirse en un cuasi cascarón jurídico-político dirigido desde fuera por un “poder dual burgués” que comanda a la tecno burocracia y sus políticas.

El régimen político y el Estado actuales en nada se parecen al ideal republicano liberal burgués, al Estado de compromiso y benefactor declarado por la Constitución de 1925 y aderezado a través de sus sucesivas reformas. El régimen político actual carece de su aura democrática y el Estado de su majestad como titular del bien común; incluso más, el mismo Estado corre riesgo de lumpenizarse.

Esta posibilidad no es ajena a los momentos en que se conjugan una fuerte concentración del capital con una debilidad estructural de la institucionalidad política burguesa, y en América Latina la asociación policiaco-mafiosa entre trasnacionales, capital monopólico, partidos políticos y ejército no son ninguna sorpresa.

Así, la contra revolución neoliberal chilena se encamina veloz hacia sus propios límites. Hoy son las instituciones de la “república” las que se trizan. El Estado subsidiario, el parlamento, los partidos políticos, las Fuerzas Armadas, el empresariado, la burocracia eclesiástica, y la Constitución Pinochet-Lagos que las resguarda, todos eslabones de una larga trenza de corrupción moral y material, ya han entrado en la zona de costos crecientes para sostener su hegemonía ideológica y política.

Y si bien todo esto aparece ahora sin claroscuros, que los velos han caído y la decadencia moral se muestra como simple síntoma del fracaso de la utopía neoliberal, no fue así hasta hace muy poco. Escasos meses atrás la mayor parte de la sociedad chilena vivía bajo el influjo de un modelo estable y triunfante y ni siquiera imaginaba el devenir reciente.

Fuera por cinismo, miopía o por ambos, las clases dominantes subestimaron las fisuras de esta contra revolución neoliberal madura, y una vez enfrentadas a las crudas circunstancias, han mostrado sorpresa y cierta perplejidad que ha retardado el diseño de una salida institucional.

Lo que se ha abierto en Chile es un periodo político de creciente pugna entre las fracciones conservadoras y reformistas de las elites dominantes, pugna en torno a cómo enfrentar y resolver los déficits estructurales del modelo.

Pero a la vez, un mismo ambiente tenso por arriba, ofrece a los “terceros excluidos” del teorema neoliberal, los trabajadores y sectores populares, enormes posibilidades para dar un salto y constituirse en una fuerza gravitante en los acontecimientos por venir. Y es éste el terreno al que nos conduce directamente y sin rodeos todo el trabajo analítico de Franck Gaudichaud: la construcción política estratégica para el hoy, crudo problema al que no en vano le dedica sus mayores esfuerzos teóricos y prospectivos en la última parte de su texto.

Nada simple por cierto. Se trata nada menos que desentrañar las posibilidades de una política general que haga plausible la configuración del bloque de los de abajo, o lo que no es sino su contracara, una estrategia común capaz entrelazar la multiplicidad de luchas contra el capital que discurren actualmente por el país. Un desafió no sólo para el análisis político sino también para la propia práctica política inmediata.

NACIONAL: La CUT y su complicidad con la Reforma Laboral neoliberal5

La CUT llamaba a defender la Reforma y a confiar en el Gobierno. Aquí la suspicacia sobre el desconocimiento del proyecto por parte de las dirigencias de la CUT aumentaba: o no entendían lo que leían o simplemente no lo habían leído. No podía ser posible que sectores sindicales defendieran como una gran Reforma a una ley que profundizaba prácticas neoliberales y que en nada cambiaba las relaciones laborales.

Estos días han estado marcados por la controversia sobre los que no apoyan y los que apoyan al paro de la CUT para este 22 de marzo, que tiene por objeto mejorar la Reforma Laboral.

En diciembre de 2014, el Gobierno presentaba en la Cámara de Diputados una propuesta de

“Nueva Reforma Laboral”, la cual tenía por objetivo “nivelar la cancha” y dejar atrás el Plan Laboral implementado en la dictadura y profundizado en los gobiernos post-dictadura. La CUT fue la primera en salir a defender dicha iniciativa. Ignorando el contenido, llamaban a los trabajadores a confiar en el Gobierno y le mostraban el “exitoso” trabajo que habría realizado la CUT para incluir esta “cuarta reforma estructural” del segundo gobierno de Bachelet, aún cuando no figuraba en el tan importante programa.

El entusiasmo de la CUT fue criticado por distintos sectores. Algunos le atribuían a la CUT no haber leído el proyecto de ley, porque por donde se le mirase no igualaba la cancha.

Mantenía sin modificación alguna a las “cuatro patas de la mesa” del Plan Laboral: la negociación colectiva seguía siendo permitido sólo a nivel de empresas y no se permitía negociar por rama o sector productivo; la huelga seguía siendo ineficaz, pues a pesar de que el Gobierno sostuviera que la prohibición del reemplazo era parte del “corazón” de la reforma, creaba la figura de los servicios mínimos; aún cuando se otorgaba la titularidad sindical para negociar colectivamente, seguían existiendo los grupos negociadores donde no hubiera sindicato y seguía existiendo la pluralidad sindical; y finalmente, los sindicatos

5 Javier Pineda, Militante del FAS y de la UCT.

seguían manteniéndose como “cuerpos intermedios” despolitizados, cuya única función es alcanzar el bienestar de sus trabajadores.

El 01 de mayo del 2015 quedó en evidencia la disputa que existía en el mundo de los trabajadores. El Comité de Iniciativa por la Unidad Sindical y otras organizaciones sindicales clasistas llamaban a rechazar la reforma laboral, porque sólo profundizaba el Plan Laboral, estableciendo medidas neoliberales como los pactos de adaptabilidad, que permitirán a los trabajadores renunciar a derechos mínimos como lo son la jornada semanal y las horas extras permitidas. Asimismo, llamaban a las y los trabajadores a movilizarse por un nuevo Código del Trabajo, que echara por tierra al Código pro empresarial actual. Por su parte, la CUT llamaba a defender la Reforma y a confiar en el Gobierno. Aquí la suspicacia sobre el desconocimiento del proyecto por parte de las dirigencias de la CUT aumentaba: o no entendían lo que leían o simplemente no lo habían leído. No podía ser posible que sectores sindicales defendieran como una gran Reforma a una ley que profundizaba prácticas neoliberales y que en nada cambiaba las relaciones laborales. Las grandes “ganadas” para las dirigencias de la CUT: la titularidad sindical y el supuesto fin del reemplazo a la huelga, que iba de la mano con los servicios esenciales.

Así comenzó a avanzar el año 2015 y la derecha tradicional en conjunto a la Democracia Cristiana lloraban diariamente con cartas al Director y editoriales en La Tercera y El Mercurio. Luego de tener buenos resultados con la Reforma Tributaria, querían hacer lo mismo con la Reforma Laboral: negociarla a espaldas del pueblo y favorecer aún más sus intereses.

Paralelo a esto, sectores sindicales honestos pero ingenuos, de la mano de una parte de la Unión Portuaria, querían hacer lobby en el Congreso Nacional para que se incluyera una indicación en la Reforma Laboral que permitiera incluir la negociación por rama. Sin embargo, parece que desconocían que el lobby lo realizan las empresas, financiado campañas. ¿O creían que los Congresistas financiados por Penta, SQM, Grupo Said y Cía. iban a cambiar de parecer por argumentos razonables y justos? Cuento final: se cerraron las puertas a esta posibilidad por secretaría, pues la Comisión del Trabajo de la Cámara de

Diputados, liderada en ese entonces por Lautaro Carmona, diputado del Partido Comunista, dijo que ni siquiera se podría discutir dicha propuesta por no ser parte del Mensaje (proyecto original) de la Presidenta de la República.

Las dirigencias de la CUT seguían defendiendo la reforma. Presentándose en cuanta sesión de la Cámara de Diputados y del Senado los convocasen iban armados con su Power Point. ¿Convocar a movilizaciones? ¿Para qué? Si la confianza en el Gobierno seguía intacta. Si el Partido Comunista ya había perdido en la Reforma Tributaria (que se enteraron por la prensa) y en la Reforma Educacional, era inadmisible que perdieran en la Reforma Laboral, que estaba siendo encabezada por Bárbara Figueroa, militante del PC y Presidenta de la CUT.

Sin embargo, la derecha tradicional y la Democracia Cristiana siguieron avanzando. Le impusieron (sin mucha resistencia) más de 100 indicaciones al Gobierno, que las presentó en la Cámara del Senado. Todas ellas en línea de hacer más neoliberal la Reforma. La novedad: una de las indicaciones permitiría a los empleadores realizar las “adecuaciones necesarias” con su personal interno en caso de huelga. Por tanto, ya no bastaba con los servicios mínimos ni una visión amplia de los servicios esenciales, ahora era necesario legalizar la figura del reemplazo interno, a pesar que la (conservadora) Corte Suprema había sostenido en reiterados fallos que dicha figura atentaba contra el derecho fundamental a la huelga, reconocido por diversos Tratados Internacionales ratificados por Chile.

Esto para la CUT pareció ser la gota que rebalsó el vaso. Ya no había reforma que defender. Lo único que quedaba era movilizarse para evitar un retroceso aún mayor en uno de los dos puntos que reivindicaban: la prohibición del reemplazo en la huelga. Para esto, esperaban que todos los trabajadores se movilizaran en su favor, al igual que toda la sociedad.

Sus juventudes en el movimiento estudiantil pidieron que la plenaria de la CONFECH se pronunciara sobre adherir o no al Paro. Debido a la gran cantidad de abstenciones finalmente no se adhirió. Ante esta situación, reclamaron a viva voz las contradicciones de

gran parte de las orgánicas de izquierda por no ser multisectoriales y no sumarse a los trabajadores. Sin embargo, es curioso ver que la tesis de multisectorialidad sólo la reviven cuando necesitan apoya para tensar a su propia coalición de Gobierno. La multisectorialidad y construcción con trabajadores y pobladores es una cuestión cotidiana, de día a día, cuyo norte estratégico es la construcción de poder popular. Dicha labor la realizan varias compañeras y compañeros militantes de diversas organizaciones, por tanto, sacar en cara la falta de apoyo a una CUT que ha sido errática en su conducción y cómplice del Gobierno es de una bajeza política total.

Las organizaciones de trabajadores clasistas siguen su rumbo al igual que al principio. Trabajando desde las organizaciones de base, luchando codo a codo con los trabajadores en huelga, buscando mecanismos e ideas para llegar a los trabajadores no organizados y preparando un nuevo 1 de mayo de lucha por sus derechos laborales, rechazando la actual reforma laboral y planteando un nuevo Código del Trabajo que tenga como centro los derechos de los trabajadores y no las ganancias de los empresarios.

No hay comentarios