AURORA ROJA. Edición N° 23‏

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En un intento de imponerse por sobre el escenario de la crisis política que caracterizó el 2015 e iniciar el año electoral al alza, el Gobierno decidió poner presión sobre la agenda legislativa estival. La apuesta buscó tanto abordar temas sensibles para la “opinión ciudadana” (seguridad ciudadana, transparencia y financiamiento de la política, colusión) como dar pronto cierre a focos de conflicto previos al discurso del 21 de mayo (reforma laboral, carrera docente, educación superior, reforma de la reforma tributaria).

Mientras tanto, teniendo como telón de fondo el desfile de casos de políticos empleados por la plutocracia nacional, el choque público entre las dirigencias del Partido Comunista y la Democracia Cristiana primero, y la abierta proclamación de Ricardo Lagos por el Partido Por la Democracia después, han dado inicio en el oficialismo a la temporada de elecciones 2016 – 2018.

Si bien restan algunos días antes del cierre del período legislativo, es ya evidente que la apuesta del Gobierno ha sido un fracaso. Asuntos tan sensibles como la reforma laboral, carrera docente, proyecto anticolusión y la enésima Agenda Corta Antidelincuencia de la Concertación no verán su conclusión sino hasta iniciado el mes de marzo y representan ya potenciales focos de conflicto. A su vez, la hegemonía conservadora del conglomerado oficialista ha logrado convertir la agenda populista en foco de relevantes críticas transversales y de diversos organismos nacionales e internacionales. Un verdadero talento para el gatopardismo que con ancha sonrisa reformista logra entre otros, reinstalar la detención por sospecha, mantener los aportes anónimos a la política y el reemplazo en huelga.

El Gobierno ha perdido la oportunidad de tomar la iniciativa. Ni el período de vacaciones (tan temido en el seno de los movimientos sociales) ni el descalabro judicial en la derecha chilena le han servido para dar conducción a una crisis que se arrastra por ya más de un año.

Sobre este escenario caótico, la (re)emergencia de actores sociales capaces de cultivar focos de disputa con el régimen es un imperativo. El ejemplo de los trabajadores de DIBAM y de ABCDIN resulta señero en este sentido. Los primeros, levantando un movimiento alegal, unitario e independiente que no sólo demanda mejores condiciones de trabajo para sí, sino que además interpela la administración de la cultura en el país. Y los segundos, en su primera huelga en 30 años, imponiendo a la patronal del retail la exigencia de igualdad de trato a los trabajadores de la empresa.

Unidad, independencia y solidaridad son la clave para este primer semestre 2016.

En el plano internacional, la década de Gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS) nos sorprende en medio del debate sobre el balance del “ciclo progresista” en Nuestra América, que AR viene reproduciendo desde hace algunas ediciones atrás. El MAS de Morales y Linera es sin duda la fuerza política regional que ha construido la mejor posición de fuerza sobre la base de la bonanza de las materias primas y el surgimiento de nuevos equilibrios internacionales.

Sin embargo, MAS enfrenta ahora el desafío de verse más sólo que nunca en el concierto regional en medio de la crisis económica y política a que han arribado tras diez años las políticas neodesarrolistas del continente.

La dicotomía es clara. O el MAS logra consolidar un liderazgo regional capaz de conducir a sus vecinos en medio de la tormenta o queda reducido a un interesante proceso de modernización nacional. Como bien recoge Karg de Linera en su columna aquí publicada, “para avanzar, no hay que retroceder”.

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