El retorno del boomerang‏

0
278

La lucha contra el terrorismo en Francia y en Europa se inclina hacia las leyes liberticidas. De ahí que se alcen voces para recordar que la democracia y las libertades son las mejores armas contra el oscurantismo. Sin olvidar la pesada responsabilidad de la política exterior francesa en el desastre que estamos sufriendo.

Gmirage2000-index

El retorno del boomerang


Escribe Jean-François Bayart – Profesor del IHEID (Ginebra) Director de la facultad de Estudios africanos comparados (UM6P, Rabat).


15 de noviembre de 2015


Los orígenes de este 13 de noviembre deben ser buscados también del lado de la política extranjera de Europa y de Francia durante estos últimos 40 años.

La dimisión de Europa sobre la cuestión palestina, la ocasión perdida con Turquía que se hubiese podido tan fácilmente arrimar a la UE, la alianza de Francia con las petro-monarquías… son otros tantos errores que no han hecho sino agravar el desastre y alimentar los rencores y la radicalización en el Medio Oriente.


El retorno del boomerang


Más allá de la polémica electoralmente interesada, y bastante indigna, sobre las medidas de seguridad tomadas, o mal tomadas, por el gobierno, la clase política, los medios de prensa, incluso la opinión pública, debiesen interrogarse sobre sus responsabilidades de larga data en el desastre que vivimos.

Esto es el fruto venenoso de un encadenamiento de errores que hemos cometido desde al menos los años 1970, y que hemos validado democráticamente en las urnas a intervalos regulares.

La dimisión de Europa sobre la cuestión palestina, puesto que su diplomacia comenzaba allí donde se detenía los intereses israelíes, instaló el sentimiento de “dos pesos dos medidas”, propicio a la instrumentalización y a la radicalización del rencor anti-occidental, e incluso anticristiano y antisemita.

La alianza estratégica que Francia anudó con las petro-monarquías conservadoras del Golfo (Pérsico. N del T), en particular por razones mercantiles, comprometió la credibilidad de su apego a la democracia, tanto más cuanto que al mismo tiempo clasificaba como organización terrorista al Hamas palestino, inmediatamente después de su victoria electoral incuestionable.

Peor aún, a través de esa asociación, Francia avaló –desde los años 1980– una propaganda salafista fortalecida por sus petrodólares, en un momento en que el desmantelamiento de la ayuda pública al desarrollo, en un contexto neoliberal de ajuste estructural, pauperizaba a las poblaciones, debilitaba al Estado secular y le abría una vía principesca al islamo-Welfare en materia de salud y educación en África y el Medio Oriente.

Su alianza con las petro-monarquías árabes también condujo a Francia a apoyar diplomática y militarmente la guerra de agresión de Irak contra Iran (1980-1988) y a aislar a este último país, cuando Irán representa, con Turquía, el único átomo de estabilidad de Estado en la región, y que posee una de las llaves de la resolución de la mayor parte de sus conflictos, como lo descubrimos ahora en el Líbano y en Siria.

La misma desenvoltura presidió la política de Francia hacia Ankara. En lugar de arrimar Turquía a la construcción europea, Paris la despreció, arriesgando perder toda influencia ante ella, de favorecer su «putinisación» y de abandonarla a sus peligrosas relaciones con los movimientos djihadistas.

No sin cinismo, France jugó durante décadas la carta del autoritarismo en Argelia, en Túnez, en Egipto, en Siria y en Irak, por ver en él una garantía de estabilidad, acomodándose de la polarización etno-confesional en la que –a menudo– reposaban esos regímenes, esperando que los pueblos se resignarían eternamente al despotismo que se estimaba congénito en tierra del Islam, y dejándole a este último el monopolio de la disidencia, haciendo así inevitablemente caóticas las sucesiones autoritarias.

Nunca es bonito ver la explosión de una olla a presión. Después de haber confortado las dictaduras, Francia se lanzó con puerilidad en la aventura democrática sin ver a qué punto habían sido heridas las sociedades por décadas de sometimiento, y subestimando la fría determinación de quienes detentaban el poder.

Luego, para resolver con un bombardeo mágico los problemas que había contribuido a envenenar a lo largo de años, Francia entró en guerra suscitando nuevas enemistades sin tener los medios de preservarse de ellas.

Las situaciones inextricables de Afganistán, de Irak, de Siria, de Libia no son sino la resultante de esos errores de cálculo, o de cálculos miopes.

Sin duda ellas anuncian lo que nos reserva la restauración autoritaria en Argelia (desde 1991) y en Egipto (en 2014). A la ceguera y a las inconsecuencias, le agregamos el deshonor por el tratamiento que le reservamos a los refugiados que huían las guerras que nosotros (o nuestros aliados) habíamos iniciado, en Libia y en Irak, y los autoritarismos que habíamos apoyado.

En el plano interior, el balance también es abrumador. Mientras nuestras políticas económicas neoliberales producían un desempleo masivo y la desindustrialización, restringimos el debate público a ociosas cuestiones de identidad nacional corriendo detrás de la extrema derecha que hacía de ellas su miel electoral.

Ni un solo político, – fuera tal vez de Dominique Strauss-Kahn en 2006, durante su campaña por las primarias del PS – ostentó el lenguaje de la verdad sobre la inmigración desde hace lustros.

En vez de tomar ventaja del formidable triunfo que representa el biculturalismo de numerosos jóvenes franceses, lanzamos una parte importante de ellos, bien delimitada –a saber, los musulmanes– a la marginalidad, y dudamos de su pertenencia a la nación, lo que llevó a algunos de ellos a dudar de ellos mismos.

Presidentes de la Republica, ministros, altos funcionarios, han proferido en toda impunidad palabras indignas y anticonstitucionales, mientras los medios de prensa le abrían grandes sus antenas, sus pantallas y sus columnas a plumíferos racistas o ignorantes erigidos en pensadores.

La asfixia financiera de la escuela, de la Universidad y de la investigación pública, y el poujadismo (extremismo de derecha. N del T) anti-intelectual del que dio prueba contra ellas la derecha olvidadiza de que la República con la que se gargariza fue la de los profesores y los maestros a fines del siglo XIX, nos privó de los medios de comprender lo que nos cae encima.

Sin embargo, muchos analistas habían anunciado desde hace mucho que íbamos derecho contra el muro. Henos allí, aun cuando el muro, como siempre en la Historia, adquiera un rostro inesperado. Se impone un examen de conciencia a todos nosotros, porque esos errores, que nos golpean en plena cara como un boomerang, fueron cometidos por iniciativa de todas las mayorías (parlamentarias) que se han sucedido en el poder desde los años 1970. Si Sarkozy fue, sin duda, el peor presidente de la República que haya tenido Francia, Giscard d’Estaing, Chirac, Mitterrand y Hollande comparten la paternidad de la política que se ha seguido. Ahora bien, tenemos los dirigentes que elegimos, y la prensa que compramos. En resumen, somos todos responsables de lo que nos ocurre.

Sólo un cambio radical podría sacarnos de allí: el cuestionamiento de la financiarización del capitalismo que destruye el vínculo social, crea la miseria de masa y engendra los desesperados; una política de seguridad que privilegie la información humana de calidad y de proximidad en vez de la vigilancia sistemática, pero vana, de la población; el restablecimiento y la amplificación de las libertades públicas que constituyen la mejor respuesta al ataque a nuestra sociedad; la revisión de nuestras dudosas alianzas con países con los cuales no compartimos sino contratos de suministro; y sobre todo, tal vez, la lucha contra la idiotez identitaria, tanto aquella de una parte de nuestra propia clase política e intelectual como la de los djihadistas. Porque los Zemmour, Dieudonné, Le Pen, y Kouachi u otros Coulibaly (*) son realmente “enemigos complementarios”, para retomar el término de la etnóloga Germaine Tillion.

La alternativa es clara, a tres semanas de las elecciones (regionales. N del T), y ella es política, en el pleno sentido de la palabra.

O bien continuamos dejando a esos faros del pensamiento y sus expertos en seguridad guiarnos hacia el abismo, y nuestro próximo presidente de la República será un Viktor Orban (presidente de Hungría, neofascista. N del T), poco importa que sea de derecha o de izquierda, con tal que nos retracte identitariamente.

O bien conjugamos nuestra auto defensa con la conquista de nuevas libertades, como supo hacerlo, en una época aún más trágica, el Consejo Nacional de la Resistencia, durante la Segunda Guerra Mundial.

Tal sería la verdadera respuesta a los cretinos asesinos y a los payasos.

Jean-François Bayart

No hay comentarios