ALCA Y CAFTA: Entre el disenso político y la protesta social

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Por Carlos A. Abarca Vásquez

INTRODUCCIÓN

El impacto de las políticas económicas neoliberales en las formaciones sociales de América Latina, ha producido en los últimos cinco años una densa literatura económica y sociopolítica. Algunas razones que han motivado los estudios más recientes, portan una observación en común: a saber, la ofensiva diplomática de los Estados Unidos para que se aprueben los “tratados de libre comercio” conocidos por las siglas en inglés CAFTA y ALCA. No obstante la seriedad y el rigor académico de la mayoría de los trabajos elaborados, observo dos rasgos que predominan en los enfoques.

Por un lado, hay una intención informativa y cognoscitiva que focaliza en aspectos técnicos según los diversos temas que abordan los tratados. Por otra parte, hay un excesivo énfasis sobre los efectos específicos de los textos normativos, en cada uno de los países y en las áreas de la producción y comercio.

En otras palabras, casi todos los estudios carecen de una referencia histórica que reuna las condiciones de unidad, contextualización y coherencia interpretativa, acorde con las urgencias sociales y políticas del presente y el futuro de América Latina en sus interrelaciones con el resto de países de la región y del mundo. En tal caso, la noticia o la opinión juiciosa no facilitan la aprehensión de los acontecimientos que transcurren paralelos a las discusiones, los cuales están configurando procesos históricos de mayor envergadura; están insertos en estrategias geopolíticas y económicas, y contienen relevantes contradicciones que generan disputas de intereses y conflictos sociales.

De ahí que, con estas notas pretendo los siguientes objetivos:

1. Ofrecer la ubicación histórica más próxima que permita comprender las propuestas originales de los tratados de libre comercio, como estrategias geopolíticas e imperialistas de los Estados Unidos sobre América Latina.

2. Delinear el perfil de la coyuntura histórica en la que se inscribe la evolución y los cambios en esas estrategias, para articular los acontecimientos particulares a los procesos de integración mundial o globalización.

3. Incorporar al análisis de los tratados de libre comercio las nociones de unidad, proceso, contradicción y evolución histórica no lineal, para comprender las diversas reacciones sociopolíticas a la propuesta unilateral norteamericana de reintegración de estos países al capitalismo mundial, bajo el modelo neoliberal.

Desde el punto de vista metodológico, subrayo lo siguiente. Primero: he privilegiado las fuentes de diferentes páginas de internet, sobre los análisis que han editado especialistas de las ciencias sociales en libros, textos especializados, revistas, informes oficiales, seminarios y foros académicos. Ensayo con ello la reflexión histórica sobre el presente, sustentada en tres décadas de actividad en la enseñanza y la investigación universitaria.

En segundo lugar, propongo resúmenes y conclusiones personales y de otros autores con la intención de que puedan servir a estudiantes e investigadores a la hora de formular sus hipótesis de trabajo. Las interrelaciones de estos tratados con las diversas expresiones de la actividad ciudadana y política en las sociedades latinoamericanas, sin duda que representa un nuevo campo para futuras investigaciones.

En tercer lugar, omito precisiones sobre los alcances teóricos de los diferentes conceptos aquí utilizados. Estoy consciente de que con ello minimizo el rigor científico, pero, espero que a favor de una disertación cuyo discurso se sitúe al alcance del mayor número de lectores.

Me he esforzado para que el texto configure un núcleo integrado de dos temas que, en mi opinión, sintetizan la unidad que caracteriza las propuestas de integración de la región a la economía mundial mediante los Tratados de Libre Comercio; pero con sus contradicciones en relación con los intereses de otros Estados y sujetos históricos.

I. El CAFTA y el ALCA: CONTINUIDAD DEL “CONSENSO DE WASHINGTON”.

Hace 20 años la imagen del mundo lucía deslumbrada. Millones de seres invernaban y morían, postrados ante los alquimistas del progreso capitalista. El saldo de retroceso social fue resultado de los “desarrollos desiguales del capitalismo” y del nuevo carácter de las crisis económicas que inauguró la depresión económica de 1973-1975, reiterada entre 1979-1983.Ello implica, según Samir Amín (2003), que la comprensión de la coyuntura histórica actual que ha condicionado la integración latinoamericana a un mundo globalizado, debe incorporar el análisis de los ciclos recientes de la economía y los efectos de las competencias intermonopólicas. Ambos rasgos devienen límites estructurales del crecimiento sostenido, y han sido recurrentes en las fases de auge o decadencia de las economías de los países centrales del capitalismo.En el mismo período de 1975-1985, las corporaciones financieras internacionales impusieron, apoteósicas, las reglas de la economía neoliberal. Según Renán Vega (2003) y las denuncias del Tribunal Dignidad, Soberanía y Paz contra la Guerra (2005), en el ángulo político el régimen norteamericano -remozado con las ofensivas militares contrarrevolucionarias de los gobiernos de Ronald Reagan- imprimió la otra cara del dólar, como condición imprescindible para el lanzamiento de una estrategia de expansión económica y militar.

De tal manera que el reverso del proyecto neoliberal e integral norteamericano, tuvo un supuesto de filosofía política: las libertades de las burguesías transnacionales deben predominar “para siempre” sobre las libertades de los trabajadores, las poblaciones y las naciones del resto del mundo. En consecuencia, en casi todos los países, los Estados acentuaron los controles sobre la participación en la vida ciudadana y restringieron las garantías de los derechos sociales. Según Alvater (2003) la supeditación de los esos requisitos a la economía y a los principios decimonónicos del liberalismo, vuelven incompatibles los valores de la democracia con los del mercado.

En el nivel de la conciencia social el discurso de gobernantes, políticos e intelectuales acríticos elaboró en esos años las ideologías del fin de la historia, la posmodernidad y la globalización; resurgieron los fundamentalismos religiosos, el existencialismo hedonista, el racismo y la xenofobia. Lechner, Schimdt & Echeverría (1991).

Así, de acuerdo con el estudio de Larraín (1999) presumimos que, cuando en 1989 el economista inglés John Williamson usó por primera vez la expresión “Consenso de Washington”, percibió los experimentos monetaristas de los Chicagos Boy?s en Estados Unidos, Inglaterra, Chile y Argentina; observó la crisis del endeudamiento en América Latina que explotó en 1982; e incorporó a su visión económicista del desarrollo las privatizaciones de los bienes públicos que desde 1983 impusieron en América Latina el FMI, el BM y el Departamento del Tesoro mediante el Plan para la Cuenca del Caribe, y, dos años después, con el Plan Backer.

El consenso de los gobiernos latinoamericanos con la propuesta neoliberal inducida desde Estados Unidos y refrendada por las agencias financieras mundiales, estableció las pautas de crecimiento económico que hoy el gobierno norteamericano quiere perpetuar mediante el CAFTA y el ALCA.

Fuera de la “órbita” del capitalismo, las instituciones económicas del socialismo estalinista se estaban derrumbados desde la depresión económica de 1973-1975. Simbólicamente, con el muro de Berlín, también cayó en 1989 la legitimidad política del comunismo del período de entreguerras. Ese cambio, ligado al despliegue del neoliberalismo y a las estrategias no aislacionistas de la Casa Blanca, influyó para que los gobiernos de los Estados Unidos diseñaran un nuevo orden internacional unipolar; el cual fue consentido sin discusión en los foros políticos y económicos internacionales.

Las transformaciones anteriores configuraron una imagen de hegemonía y dominio de los Estados Unidos sobre el resto del mundo y, por ello, desde el último lustro, la noción de “neoimperialismo” o “imperialismo” a secas es utilizada, también, para englobar el conjunto de los fenómenos que indican las transformaciones y los desafíos políticos de la época. Aunque, sin aislarse de esa discusión, es pertinente reflexionar, que vivir hoy con una conciencia del pasado que exalte los supuestos logros del neoliberalismo del período 1985-1995, puede conducir al engaño, la inmovilidad y al espejismo que propagandizan las dichas de unos pocos. En ese contexto, el sociólogo francés Pierre Bourdeiu (1998) -fallecido recientemente- llamaba a los intelectuales a luchar contra el derrotismo económico, y a razonar sobre el socialismo: una opción contestaria al “pensamiento único” neoliberal y a su propuesta de organización social, calificada por él, de inhumana.

Esa invitación racionalista tiene fundamento histórico. Con frecuencia se olvida, que el consenso de 1990 fue objeto de shocks y cirugías. Unos, propuestos por el ideólogo original; otras por economistas como Wolfensohn, Burki, Perry, Kuczynski y Dani Rodrik. (Bustelo 2003). La crítica más acre e influyente al neoliberalismo económico, la formuló en 1999 el Premio Nobel de Economía y vicepresidente del Banco Mundial, Josep Stiglitz; actitud que provocó su salida. Las “disfunciones” señaladas desde entonces y que se someten a consideración y ajuste periódicamente, contemplan las quiebras violentas de la estructura social; crisis de la educación; ingobernabilidad; atasco institucional y de la gestión pública; corrupción en la clase política y clerical; desatención a los pobres; rupturas ecológicas y violaciones a los Derechos Humanos.

Esos desequilibrios no pueden interpretarse entonces, como resultado de meras ineficiencias administrativas o de gestión política; porque son productos de la misma aplicación del decálogo de Washington. Además, tales regulaciones extra económicas han funcionado como verdaderas cadenas de transmisión de las ganancias monopólicas; pues el lucro y la acumulación en esta fase neoliberal exige reducciones arancelarias con subsidios a las inversiones, privatizaciones, contracción del gasto social, relaciones desiguales de intercambio comercial, crisis fiscal incontrolada, devaluaciones monetarias, fijación caprichosa de los réditos y trasiegos demagógicos de la deuda externa. (Joan Prats, 2004; Martínez, 2000; Vargas 2003).

Incluso, las razones de las peripecias “reformadoras” neoliberales se conversan con cinismo; y no se oculta que la nueva expansión jurásica del capital implica miseria y pobreza, estancamiento y desempleo estructural, libertinaje, enajenación y agitación social. Por lo tanto, el consenso con Washington u orden neoliberal, tampoco puede ser sinónimo de entendimiento de los pueblos y sus gobiernos. Más bien permite entrever otra fase de la expansión de los intereses imperialistas norteamericanos en el marco de las tensiones y competencias intermonopólicas a escalas intercontinentales.

Pero, además de los supuestos desajustes funcionales del modelo neoliberal, es prudente considerar, que la aplicación del modelo neoliberal desde mediados de los años 80, no estuvo exenta de luchas sociales y de liberación de los pueblos en Asia, África y América Latina. Aunque casi todas las rebeliones fueron violentamente reprimidas, controladas o cooptadas.

En ese dramático escenario, el sociólogo Eduardo Saxe (s.f.) ha puesto en evidencia, cómo una vez más se produce la estrecha alianza de las burguesías y las oligarquías latinoamericanas con los socios de las empresas multinacionales y de las corporaciones transnacionales, en tanto condición estructural que sostiene a las clases opulentas de la economía norteamericana, europea y latinoamericana. Ello ha sido una constante en la historia social de estas naciones, y por lo tanto, el concepto de imperialismo arraiga en la situación de dependencia política de los Estados latinoamericanos.

El triunfalismo economicista del Consenso de Washington fue bien festejado hasta 1995. No obstante, según Gigliani (s.f.) en adelante, tuvo un comportamiento marcado por ciclos depresivos y restauraciones poco durables. Pronto la bonanza del capital encalló en las crisis recurrentes del enriquecimiento desaforado, las guerras de rapiña y la apropiación de capital por las vías de la corrupción y el parasitismo. Según Santiago Díaz (2003 ) el derrumbe monetario se presentó en 1994 en México, Asia del Este en 1997, Rusia en 1998 y Brasil en 1999. “Entre 1994 y 1999, 10 países en desarrollo de ingreso mediano experimentaron crisis financieras que deterioraron los niveles de vida, y en algunos casos hicieron caer los gobiernos y empobrecieron a millones de personas” -apunta Jeremy Cliff (2003)-. La depresión del 2001 puso en aprietos el centro del capitalismo, condimentada con los sucesos del 11 de Setiembre, y al año siguiente estallaron la crisis financieras en Turquía y Argentina.

Ligado a esos procesos económicos, las invasiones a Afganistán y a Irak han acelerado las competencias entre las corporaciones de Europa y Estados Unidos, particularmente en torno a los intereses por la producción y comercio de petróleo, gas natural y resultado de las proyecciones geopolíticas sobre el continente asiático. En el campo de la competencia comercial y de inversiones, desde el 2003 la República Popular China ocupa el tercer lugar en el volumen mundial del comercio. Según el periodista Rosen Fred (s.f.) en ese contexto el FMI dejó de ser amo y árbitro de las economías. Y hace poco, el Senador E. Kennedy sentenció que “la actitud imperialista” de su país generaría más resistencias y enconos, que apoyos geopolíticos.

Decae, pues, el proyecto de dominación unipolar. Y las aspiraciones hegemonistas de los Estados Unidos hay que hurgarlas, después de la segunda guerra mundial. En cuanto a la formación de bloques económicos, desde mediados de 1950 ese país comenzó a construir el sistema de integración territorial por áreas de materias primas y mercados que les permitieran promover sus exportaciones con base en el principios de libre movilidad de mercancías, técnicas e inversiones de los monopolios. Sin embargo, hoy día el MERCOSUR ?creado en 1990 – la Comunidad Andina de Naciones (CAN) -consituida el 26 de mayo de 1969- y los convenios multilaterales que lideran Venezuela, Cuba, Bolivia ?ALBA- o Argentina y Brasil, todos con un buen margen de autonomía respecto a Estados Unidos, constituyen reversiones a la economía de mercados libres o no regulados que propició el Consenso de Washington.

Asimismo, fuera de América Latina, la Comunidad Europea -formada el 1 de diciembre de 1993- Japón, China y las iniciativas del Grupo de los 20 -“desprendido” de la OMC en setiembre del 2003- vulneran a diario la soñada hegemonía económica norteamericana.

Por ello, algunos analistas estiman que la actual crisis de los Estados Unidos generada por la prolongada guerra contra Irak, el alza en los precios del petróleo y el deterioro de las viejas alianzas con sello anticomunista, marcan otra fase en las pugnas por la pronta ejecución del TLC en Centroamérica y del ALCA en el ámbito latinoamericano. Gambina (2004); Gaetano & Pérez (2003)

II. DEL DISENSO LATINOAMERICANO A LA REBELDÍA DE LA ESPERANZA: 1995-2005

El acuerdo con Washington clausuró una etapa de la historia de los partidos políticos y del sistema de gobiernos representativos en América Latina. El decálogo de Williamson y sus discípulos sustituyó los congresos ideológicos, los programas electorales y la participación ciudadana que sustentaron el Estado de Derechos Sociales, hasta la crisis de 1979-83. O bien, tales mecanismos formales “de consulta” devinieron encuentros de grupos articulados a la clase política y económica, incluyendo a sectores intelectuales y técnicos profesionales.Cual detritus fangoso, el neoliberalismo asfixió los mecanismos participativos que dan sustento a la democracia; en particular según James Petras (s.f.) en los gobiernos de Carlos Menem en Argentina (1989-1999); pero también en los de Fernando Collor de Mello en Brasil (1990-1993), Alberto Fujimori en Perú (1990-2001), Carlos Andrés Pérez en Venezuela (1989-1994) y Carlos Salinas de Gortari en México (1988-1994). En Costa Rica fue telón y mampara de la década fétida -por corrupta y elitista- del bipartidismo del Partido Liberación y el Partido Unidad. Aún están pendientes los juicios contra los expresidentes Calderón Fournier, Figueres Olsen y Miguel A. Rodríguez. Algo similar ocurre en Nicaragua con Arnoldo Alemán, y en Guatemala con Osorio.Y en ese decenio de cojeras de la democracia, se forjaron otras efervescencias sociales que arraigan en el pasado reciente de los movimientos populares. Luis Dallanegra (2003) incluye, las luchas contra la impunidad de los represores en Chile, Argentina y Uruguay; la demanda de Derechos Humanos y protección de los recursos energéticos y de la biogenética; las luchas de las mujeres; la creación de hogares de indigentes; la formación de clubes de trueque; los grupos de presión antineoliberales. Más orgánicos, arraigados y políticamente decisivos, el movimiento neozapatista de 1994, el “cacerolazo” argentino de diciembre 2001, las luchas de Los Sin Tierra, en Brasil, y las de indígenas, campesinos y agricultores en Bolivia, Perú, México, Ecuador y Guatemala.

En la base de la sociedad civil, los sectores populares recuperan desde 1995 sus roles cívicos y políticos. En la agenda de las luchas reivindicativas resurgen los temas que aluden al acceso al poder, y al control popular sobre los asuntos de Estado en relación con las necesidades e intereses de las mayorías. Los actos de protesta e inconformidad política han aumentado, y se muestran teóricamente rejuvenecidos. Levantan banderas remozadas con demandas proletarias, indígenas, de género y por la soberanía sobre las riquezas territoriales de las naciones. No es sólo el renacimiento de los ideales de Bolívar, Martí, Juárez, Zapata, Morazán, Sandino o del Ché Guevara. La conciencia de la dignidad como condición para ser sujetos de la historia ha anclado en los Foros Sociales Mundiales y, en ellos, las utopías implícitas en la idea, “otro mundo es posible”, acompasan los actos de desobediencia civil más detonantes desde 1945.

No es casual entonces, que en el último decenio los receptores de la autodeterminación de forjar el destino de las poblaciones, sean las mujeres y los hombres del mundo del trabajo. O que la ciudadanía increpe a los poderes públicos desde las calles y las plazas o en las urnas de votantes; cada vez más mancilladas, como en Estados Unidos, Costa Rica, Perú o México. Estos actores disidentes y sus escenarios recogen banderas históricas de justicia, equidad y solidaridad y las plantan en los edificios de los foros financieros y diplomáticos; menguados desde 1990 por la ofensiva imperialista. Y el eco de las esperanzas circunda los cinco continentes.

La atmósfera muestra al menos tres fases. Y con ellas, la dificultad para englobar el proceso en un temprano concepto de época transicional o en una categoría rigída de movimientos sociopolíticos. Veamos.

El 1ero. de enero de 1994 irrumpe el alzamiento zapatista: el día en que México ingresó al TLC con Estados Unidos y Canadá. Con esa rebelión comenzó el uso de las redes de internet en las estrategias de organización, movilización y difusión de los ideales de los oprimidos. El intervalo cierra el año 2000 con las marchas contra las Rondas del Milenio de la OMC -Montreal y Seattle-; el repudio al contubernio de las corporaciones financieras y los directores del FMI y el BM en Davos, Colonia y Praga; y contra la Cumbre Económica de Asia y el Pacífico, celebrada en Melbourne. El siglo XXI, al parecer, trajo también nuevos sujetos, razones, símbolos y metas de lucha en la perspectiva de forjar otros tiempos. Rovira (2001); Deneault (2002); Valverde (s.f.)

El rechazo a los neoliberales atrincherados en los organismos financieros y a los Estados promotores del “modelo” avanzó más reacciones. Las protestas resurgen en el 2001 en Génova; en la Cumbre de las Américas de Quebec; y desde Porto Alegre despegaron tres primeros Foros Sociales Mundiales. Este organismo internacional de representación de instancias populares está constituido por 42 organizaciones mundiales. Se rige por un Comité de Organización y cuenta con un Consejo Brasileño y un Consejo Internacional.

El 10 de julio de 2001 aprobó la Carta de Principios. En ella proponen articular a escala internacional a los movimientos, redes, ONG?s, sindicatos, grupos cívicos, organizaciones étnicas, de género, inmigrantes, ambientalistas y religiosas opuestas a cualquier tipo de imperialismo, al dominio global de los monopolios y a su economía de “libre” comercio. En el 2001 la agenda fue una reacción contra los Acuerdos de Davos; en el 2002 reclamó un sitio para todos en el mundo; en el 2003 se pronunció contra la guerra y a favor de una cultura de paz.

En la segunda fase, del 2001 al 2003, el movimiento contestatario reactivó las luchas ecologistas. La negativa de Estados Unidos y del “Grupo Paraguas” a suscribir el Protocolo de Kioto de 1997 alzó a los ambientalistas, unos grupos cuya actividad se remonta a comienzos de la década del setenta, retomando pronunciamientos de la ONU. Efectivamente, en la cumbre sobre Desarrollo y Medio Ambiente de 1972, se reconoció el alcance estratégico del nudo indivisible sociedad, naturaleza y economía. Esa declaración es importante, porque en diciembre de 1974 fue aprobada la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados para un nuevo orden internacional, que incluía la protección a la naturaleza y el ambiente humano. Pero desde 1985 casi ningún político pagado volvió a invocar el decálogo que refrendó el Estado de Derechos Sociales. Después de todo, la ONU nunca ha sido el paraíso de las tentaciones de la libertad de los pueblos oprimidos.

Luego vino la invasión a Afganistán, Irak; seguida de la reacción militar norteamericana en Filipinas y Colombia. Esas ofensivas guerreristas catapultaron desde octubre 2001 el repudio antimperialista y enervaron las luchas por la paz. Estudiantes y mujeres -como el grupo Código Rosa- tiñeron el arco iris de las marchas pacíficas no exentas de disturbios. En el 2003 comienzan las grandes movilizaciones contra los convenios del ALCA y el TLC negociados por Estados Unidos con figuras escogidas por los gobiernos, a espaldas de los Parlamentos en América Central, en el grupo de países de la Triple Frontera, el MERCOSUR, CAN y en Colombia -por separado-. Esta vertiente del movimiento social se proyecta hasta hoy.

En los años 2004-2006 fueron convocados en medios de grandes manifestaciones y protestas contra las reuniones paralelas de los foros financieros internacionales, los Foros Sociales Mundiales de Mumbay, Porto Alegre y Venezuela. En el del 2004 se abordó la exclusión y los intocables; en el 2005 en Venezuela, la política y el poder en perspectiva liberadora. En esta fase, ya está constituidas actividades comunes en foros temáticos, por países y según agendas específicas de lucha en las capitales principales de los continentes del planeta. Los últimos tres FSM, transcurren en el contexto de viabilidad de revoluciones democráticas en América Latina. Con ellas crece la rebelión de las esperanzas, el antimperialismo, y el perfil orgánico de los pueblos oprimidos, como sujetos y protagonistas de la geopolítica contemporánea.

Además, en el año 2005, el Primero de Mayo adquirió el carácter de celebración mundial de los trabajadores, y las gigantescas manifestaciones de más de 2 millones inmigrantes en unas 35 ciudades de los Estados Unidos, recuperaron las arterias de trabajo y de dignidad proletaria que han hecho grande a la economía epicentro del capitalismo.

Un capítulo complementario, requeriría estudiar los procesos revolucionarios actualmente en transición en Venezuela y Bolivia; la continuidad de la lucha insurgente en Colombia, acosada por las estrategias de El Plan Colombia y la ofensiva norteamericana sobre los países de la Triple Frontera; o bien, las orientaciones reformadoras de los gobiernos de Brasil, Argentina y Chile. Todo ello configura un panorama, en el cual germinan hoy las nuevas esperanzas de los excluidos y marginados para reconstruir su historia del siglo XXI. Pero ello depende también, de la persistencia de un escenario mundial favorable a los ideales democráticos de las naciones.

CONCLUSIÓN

En la actual coyuntura es posible observar un proceso histórico unitario que tiene dos momentos. En ellos se inscriben los principales acontecimientos de la economía mundial y de las estrategias políticas de los países industrializados, y en conjunto configuran un único movimiento coherente de transformaciones que denotan las características macrohistóricas del primer lustro del siglo XXI, visto desde la perspectiva latinoamericana.Esas fases son, el período 1985-1995 y la década siguiente hasta nuestros días. En el primer intervalo se implanta el neoliberalismo como “modelo” económico en los países de capitalismo avanzado. En América Latina se inicia con los planes de ajuste estructural, y continúa con los proyectos de integración regional a la economía mundial por medio del CAFTA y el ALCA en el nivel económico y los intereses militares de Estados Unidos implícitos al Plan Puebla Panamá, el Plan Colombia y el Plan de la Triple Frontera.En el período 1995-2005 emerge un nudo integrado de contradicciones, generadas por aquellas experiencias de crecimiento económico y seguridad militar con visos de guerra preventiva. A ellas subyacen y corresponden procesos de disidencia política y abundantes muestras de desobediencia civil, lucha social y rebeldías populares. Asimismo, la exacerbación de contrariedades entre diversos sectores de las oligarquías y las burguesías latinoamericana. A tono con el carácter globalizante de la economía contemporánea, este proceso anuncia otra era de luchas por la liberación de los pueblos, las cuales arraigan en una tradición de resistencias a la explotación social capitalista. Por ello en este lustro ha renacido también la utopía socialista.

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