Y las clases sociales‏

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Fuente: politika.cl

No, ABC1 no define ninguna clase social. La noción, en el pensamiento de Marx, tiene que ver con el papel que cada cual juega en un modo de producción determinado. Marta Lucía Fernández, profesora de filosofía, colombiana, aborda críticamente no sólo la noción de clase social, sino también el lenguaje que se impuesto en el último tiempo, sin haber sido sometido al filtro de la crítica. Una invitación a usar las meninges…

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Y LAS CLASES SOCIALES


Por Marta Lucía Fernández Espinosa


La aparición del concepto Movimiento Social en oposición a Lucha de Clases, parece conducir los análisis desde el ámbito económico al ideológico y despojar al concepto de realidad al dejarlo sin una base material; lo cual equivale a Idealismo sin más adjetivos. Desagregar las contradicciones sociales de sus bases materiales, es intentar, por la vía de las ideologías, hacer desaparecer el antagonismo de clase y por ende la lucha de clases.

Según Marx las clases sociales solo desaparecerían con el comunismo. Si las clases sociales se nos aparecen como inexistentes, se hace innecesaria la lucha de clases y deseable intentar auxiliar al único modo de producción posible: el capitalismo.

La autopoiesis de Maturana resulta bien próxima y coincidente con las nociones de Emprendimiento promovido en los últimos tiempos por los gobiernos latinoamericanos: “Sobreviva como pueda”… “Invénteselas para no morir de hambre”… ¿Sea competitivo aunque no sea competente?, una falsa ilusión a la que no se accede por los caminos de la rectitud. Un artesano compitiendo con la desenfrenada producción tecnológica, un pequeño campesino contra la gran maquinaria agrícola y los grandes terratenientes… ganancia del llamado capital financiero y pérdida del soñador que juega al capitalismo.

Si bien no puede llamarse clase social a cada subgrupo humano que “se las inventa” para sobrevivir, valga decir: no llamamos clase social a los matones a sueldo, ni a los que se dedican a la prostitución, ni a los futbolistas, ni a los extorsionistas o a las modelos o presentadoras de noticias, a los encuestadores, a los vendedores de drogas, armas, a los que, bajo su propio riesgo, se arrojan a las calles a vender cualquier cachivache o a reparar calzado, sombrillas, ollas a presión y demás.

Todos ellos capaces de sobrevivir por fuera del modelo industrial y en consecuencia por fuera del amparo prometido por el capitalismo… sin embargo no todos ellos trabajadores y en cambio en su mayoría una especie de lumpen admitido a la mesa del rey.

Lo cual parece eliminar las relaciones directas de explotación entre ricos y pobres y sustituir la necesidad de transformación social por la vía de la lucha de clases, por una nueva relación pacífica que concentra todos sus esfuerzos en la lucha política.

Una clase social no podría ser identificada por fuera de una base material que la defina, unas condiciones materiales de vida que determinan su lugar en la sociedad; pero por sobre todo, por su relación de propiedad con los medios de producción generadores de la riqueza.

El fin del trabajo como generador de valor

Que pueda hablarse hoy del fin del trabajo, parece tener por cómplice en primera instancia a todos los economistas y analistas sociales que, incluso como Marx, desconocieron el trabajo en una acepción amplia, y se dedicaron a hacer la apología del trabajo asalariado. El marxismo, incapaz de evolucionar y atado cómodamente a una noción que negó la condición de TRABAJO a la producción más importante de la humanidad: el parto y la crianza, es capaz de llegar por la vía del análisis conceptual a las abominaciones contemporáneas en donde, sin superar las contradicciones sociales, juega a satisfacerse a sí mismo con conceptos sin asilo en la realidad.

Esta suerte de amparo conceptual en donde el trabajo sería eminentemente el trabajo asalariado, atado a una producción específica: la industrial; excluyó los elementos necesarios para hacer una interpretación exhaustiva de ese modo de producción llamado capitalismo y sus previsibles fracasos.

Padecía de muerte fetal y ha correspondido a la humanidad cargar con este mortinato modo de producción. Incapaz de deshacerse del modo de producción feudal, desdeña tomar en cuenta al trabajo doméstico, al cual califica de no productivo. La relación entre trabajo y capital está dada por una economía directa en la cual la inversión en trabajo propicia el aumento del capital. Lo cual conduce a que se asuma que el trabajo en el capitalismo solo hace alusión al trabajo asalariado. El trabajo gratuito, aquel que no conduce directamente a engrosar el capital queda por fuera del tintero.

Es el caso del trabajo doméstico. Este sesgo impide ver a plena luz la realidad. Al parecer está bien que más de la mitad de la humanidad (las mujeres) se conserve dentro del feudalismo, para bien del capitalismo. No duró el tiempo en que la familia nuclear fuese la base de la sociedad, y los escasos análisis marxistas en los que la mujer parecía estar incluida bajo el cobijo del concepto de “familia obrera”, ya no cubre la realidad femenina.

Las mujeres y sus hijos sin padres, conforman las familias cada vez más abundantes en la humanidad. El trabajo doméstico sigue allí sin lugar en el discurso, como un concepto vacuo e inane dentro del capitalismo. Tal vez se haga necesario hoy, cuando todos los caminos conceptuales se han cerrado sobre sí mismos y parece ajustarse el hilillo al cuello de cada intelectual que pretenda redefinir el concepto de clase social, volver sobre aquellas sombras negadas desde el principio.

Para definir una clase social habrá que ir más allá de Marx y de la miopía de sus tiempos pretéritos; hay que ir más allá de todo resentimiento feminista; hay que atreverse a ver la imperfección absoluta de un modo de producción incapaz de dar cobijo a la humanidad. Hay que mirar racionalmente y sin fervores al capitalismo.

Todos aquellos autores contemporáneos que han querido sustituir el análisis económico por el análisis político e ideológico, trasiegan en contra de la realidad, sacando la vida material de los terrenos económicos, para santificarla en los territorios de la política. Hay que aclarar que todo análisis de este orden es idealista y no ayuda en modo alguno a la comprensión de la realidad.

El mismo análisis marxista nos conduciría a pensar que trabajo es todo aquello que genera un nuevo valor de cambio, y que sólo hay trabajo en la medida en que exista la mediación del salario. Sin esta condición no puede hablarse de explotación y en este escenario es donde tienen nacimiento las dos clases sociales antagónicas del capitalismo: el capitalista (burgués) y el asalariado (proletario).

¿El fin del trabajo asalariado es también el fin del capitalismo?

Se nos aparece el presente como un tiempo mítico en el que la ruleta parece girar y nuevos ricos podrán volver a la “acumulación originaria” y subirse al mundo de los exitosos. Nuevos adoradores del capitalismo proclaman en la plaza pública y prenden velas en su santuario personal. Mercachifles comediantes venden bagatelas en conferencias “no seas un resentido, no envidies a los ricos, ellos son exitosos, imítalos… blablabla”.

Buhoneros venden ungüentos, talismanes, oraciones, rituales; todos quieren venderle el alma al diablo. Un escenario medieval de sucios comerciantes en sus carromatos tintinea promesas, detrás del capital financiero se escucha la carcajada “que todos vengan a mí y se paguen su sueño”.

El antagonismo de clase se ha consolidado, unos pocos poseen todo y las mayorías nada. He allí la justificación material para la lucha de clases. El fundamento de este antagonismo no es la envidia.

Por suerte la historia, que no es un relato moldeable, está allí para contarnos cómo empezó esta historia. Para recordarnos que lo que tiene un comienzo también tiene un fin. Esa era la razón de los medievales para negar el origen de dios, la eternidad es la negación del origen, pare evitar el pronóstico del fin. Pero el capitalismo es joven, comenzó hace poco y no ha parado de vivir en crisis, ni ha podido deshacerse del feudalismo. Es un modo de producción enclenque que no sobreviviría sin la ayuda de los inventores de conceptos.

El trabajo asalariado genera capital, esa es la fórmula que se nos enseñó. No hay riqueza que no provenga del trabajo. Pero ahora no hay trabajo, la clase obrera no está aumentando las ganancias, y la riqueza no para de crecer en manos de unos pocos. ¿Qué sucedió con la plusvalía?

De la acumulación originaria del capital a la concentración absoluta de la plusvalía, la tecnología representa la acumulación del trabajo humano y el tiempo socialmente necesario para producir un bien. A lo que debería sumarse la inversión social, los deterioros globales, los desgastes naturales y demás inversiones consideradas bienes de la humanidad, que se deprecian en la producción de bienes generadores de bienestar a una sola clase social.

Si nos atuviésemos a los análisis marxistas, bien podríamos reclamar el usufructo del tiempo libre remunerado para todos, en virtud de la vasta acumulación de plusvalía obtenida del trabajo y el tiempo socialmente invertido por la humanidad para el alto desarrollo de las fuerzas productivas y los medios de producción, todos ellos heredados ancestralmente desde la invención de la rueda y el fuego, sobre los que no cabe “derecho de autor individual alguno” y por lo tanto, sus beneficios no podrían concentrarse en una sola clase social.

Si nos atuviésemos solamente a las sensaciones del hombre sencillo, que vive atemorizado y acomplejado por la exclusión absoluta del mundo, todo él mediado por el valor y el capital financiero, diríamos que algo huele mal, cuando nos dicen que los ricos son simplemente exitosos, bendecidos por la buena suerte; lo extraño es que sostienen ejércitos nacionales, policías, y bandas de matones a sueldo, todo con el fin de que los privilegios les sean conservados a unos pocos.

Parece que no es la lucha de clases, sino la envidia lo que los economistas deberían dedicarse a estudiar e ingresar todos a una santa cofradía, una de esas basadas en las órdenes de Benito y de ese modo sanear el mundo y volverlo a una paz mítica que el mundo no ha conocido.

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